Ya me lo decía mi madre: «hija, cuanto más fina quieres ser, más metes la pata». Y más razón que un santo, la mujer. Porque las cosas como son, el día que repartieron la elegancia y la agilidad a mí me pillaron echándome la siesta.
Creedme, he intentado por todos los medios dejar de ser un desastre, pero no me sale, porque una es como es y al final termina aflorando mi verdadero yo. Con el paso del tiempo he conseguido reducir considerablemente el número de caídas, manchas en la ropa, tropiezos y meteduras de pata, pero de vez en cuando mi torpeza sigue asomando la patita por debajo de la puerta. Y si no, que se lo digan a mi última cita.
Nos conocimos en el trabajo, una tarde en la que vino a comprar un regalo para su hermana y yo le atendí con mucho gusto porque el chaval estaba de muy buen ver. Con un perfecto español, me dijo que había venido de Francia por trabajo, nos pusimos a charlar sobre la suerte que tenía de vivir en París y me dijo que tenía que ir a conocerlo, porque me iba a encantar. Después de cobrarle, me preguntó mi nombre, me dio las gracias por haberle atendido tan bien y se despidió, dejándome sumergida en mi propio charco de babas. Y cuando creía que todo había terminado ahí, a los cinco minutos volvió y me dio una nota con su número de teléfono.
Por supuesto, cuando terminé de trabajar, después de lo que me pareció un siglo, le escribí un mensaje con manos temblorosas. Estuvimos hablando y tonteando durante horas, hasta que me propuso cenar juntos antes de volver a París. La cena fue perfecta. Tanto que empecé a acojonarme, porque el chico no solo era guapísimo, agradable, educado y súper inteligente, sino que tenía más clase que un instituto. A su lado, me sentía como un elefante en una cacharrería. A pesar de todo, conseguí no ponerme el vestido perdido de salsa de tomate ni tirar la copa de vino de un manotazo, así que podría decirse que la cita fue todo un éxito.
Cuando terminamos de cenar, yo ya estaba pensando en los nombres que les pondría a nuestros futuros hijos. Salimos del restaurante un poco entonados con el vino, pero con la idea de seguir la fiesta en algún sitio. Me pidió que hiciera de anfitriona y le llevase a tomar una copa a mi sitio favorito, ya que él no conocía tanto la ciudad. Mientras íbamos de camino, decidí que era una idea genial atajar por una placita con jardines con cactus preciosos. Una plaza de suelo pedregoso, yo en tacones, con unas cuantas copas de vino encima, nerviosa. ¿Qué podía salir mal? Efectivamente, todo.
No me preguntéis cómo sucedió. Solo sé que con tanta piedra por el suelo y yo caminando en tacones, se me torció el tobillo y trastabillé. Pero no fue un tropiezo normal, no. Me tropecé a lo largo de varios metros, en plan «me caigo, no me caigo, me caigo, no me caigo» mientras luchaba por mi vida. Por supuesto, al final terminé dándome la leche, pero con tan mala suerte que me caí de boca en una de las jardineras de cactus, que tenían unas espinas como agujas de ganchillo. Lo peor de todo no fue el dolor, sino mi pobre ego, que murió de vergüenza en aquella plaza.
Muerta de dolor y de bochorno, cuando conseguí levantarme gracias a su ayuda, vi que tenía los brazos y las piernas hechos un cristo, pero cuando el francés me vio la cara, se le escapó un «¡merde!». Resulta que tenía toda la cara llena de arañazos y de sangre. Cuando pude verme en el espejito del bolso, quería morirme. Parecía que me había estado peleando con una colonia entera de gatos.
Después de mi aparatosa caída, no me apetecía pasearme por ahí con la cara como si me hubiera besado con un rallador de pan, y mucho menos que él me viera así durante un minuto más. Le dije que me había hecho daño en el tobillo y que era mejor que me fuera a casa. Mi francés volvió a su país al día siguiente y, como era de esperar, no he vuelto a verle. Qué le vamos a hacer, si mi vida fuera una película de miedo yo sería la típica chica torpe que corre despavorida huyendo del asesino y se tropieza tres o cuatro veces por el camino con sus propios pies.
