Mi amiga Silvia y yo habíamos estado siempre muy unidas, pero en los últimos años, con los trabajos, la distancia física y la vorágine del día a día, nos habíamos distanciado bastante. Me alegré saber que había decidido emprender y cumplir su sueño después de tantos años explotada por otras personas. Ahora podría estar explotada, pero por sí misma, eso que llaman ser autónomos.

Con tiempo suficiente como para prepararme un fin de semana fuera de la ciudad, Silvia me avisó de la inauguración de su bar, que sería un sábado por la tarde con una sesión de música en directo y unos pinchos. Me parecía un plan muy de su estilo y me ponía muy contenta al saber que estaba pudiendo hacer las cosas a su manera, aunque hoy en día no estuviese al tanto de su día a día.

Volví a mi ciudad natal el sábado de la inauguración por la mañana, hice un par de visitas obligadas y pronto me fui para poder llegar de las primeras al bar de mi amiga.

El reencuentro fue muy emotivo, hacía tanto que no nos veíamos… Es una de esas personas que, aunque pase mucho tiempo y no hablemos, en cuanto nos vemos y nos ponemos al día de las novedades, todo sigue como si nada hubiese pasado. Pero ese día Silvia tenía muchas cosas de las que estar pendiente, muchas personas a las que atender y muchos nervios con los que lidiar como para poder dedicarme a mí sola el tiempo que necesitaríamos para ponernos al día.  No había problema, esa noche dormiría en su casa y hablaríamos entonces, ahora me tocaba a mí también saludar a toda la gente que llevaba tanto tiempo sin ver.

Poco tiempo después de haber empezado a socializar con mis antiguos vecinos, un chico con una guitarra se sentó en el taburete que había en una esquina del local y, ajustando el micrófono, nos saludó a través de los altavoces. En un principio, me pareció una buena decisión, ese rollito cantautor le pegaba mucho al estilo de local que Silvia había querido montar siempre, pero entonces aquel muchacho empezó a cantar y, lo que tan buena idea me parecía, se convirtió en desastre.

Frases sin sentido, rimas absurdas de poema de niño de primaria, versos exageradamente dramatizados y títulos absurdos antes de cada canción encajaban a la perfección con aquella guitarra desafinada que sonaba bastante mejor que la voz de aquel chico, tan fuera de lugar.

Pude ver a varios conocidos murmurando entre ellos comentarios ofensivos sobre el espectáculo lamentable de aquel “cantante”, pero nadie decía nada abiertamente, supongo que para no ofender al pobre chaval.

Yo era una gran amiga de la dueña, así que me veía en la obligación de advertirle, ya que ella seguía ocupada sirviendo vinos y cañas e intentando ser simpática con la gente que se agolpaba en la barra (supongo que intentando beber para olvidar los tremendos gallos desafinados que entraban por sus orejas y amenazaban con hacer estallar sus tímpanos).

Me acerqué sutilmente y, cuando hubo contacto visual, le dije: “espero que este chico no te haya cobrado mucho por lo que está haciendo hoy” y puse los ojos en blanco. Ella sonrió sutilmente y siguió sirviendo consumiciones. Algo más tarde, un par de cañas y varias canciones patéticas después, me acerqué de nuevo a Silvia, que se veía bastante preocupada. Decidí usar el humor para sacarle un poco de peso de encima. Fingí tocar una guitarra de mentira mientras, desafinando exageradamente, recitaba algún verso de la última canción, titulada “Lo que seré sin ti después de estar contigo”. Ella se rio, pero no tanto como yo esperaba. Cuando el muchacho tuvo a bien dejar de torturarnos con su “arte”, la gente entendió que la fiesta había terminado y empezó a vaciar el local. Me extrañó ver que el chico recogía los vasos de las mesas del fondo antes de irse, pensé que sería consciente que no se había ganado lo que fuera que Silvia iba a pagarle y que hacía méritos para poder cobrar. Me pareció incluso tierno.

Estando ya solas, mientras ayudaba a limpiar y recoger el local vacío insistí en que esperaba que no le hubiese pagado mucho, a lo que ella por fin me contestó de forma directa, mirándome a la cara muy seria: “No me cobra nada, le pago en especias, es mi novio y nos está esperando en casa”.

Creí sentir como la tierra se habría bajo mis pies y deseé que me tragase y no me dejase salir nunca más. Mi estómago rugió mientras se cerraba amenazando con echar fuera todo su cometido, mis piernas temblaron, mi cara se tiñó de color rojo fuego y me ardía como si estuviese saliendo del mismo infierno. Entendí por qué la gente hacía gestos de aprobación cuando ella se acercaba a comprobar si estaba todo bien, cuando segundos antes se tapaban los oídos o achinaba los ojos al no soportar los alaridos. La gente ya sabía quien era, solamente yo, la amiga ausente, se había perdido el capítulo del novio poeta.

Ella fingió que no había pasado nada y yo hice lo mismo. Al llegar a casa de Silvia y verlo allí de pie, sentí de nuevo mis mejillas arder. El me saludó muy amable y, besando a su novia, le dijo: “Creo que hoy ha sido un mal día para actuar”, mi amiga sonrió y acarició a su novio “Estábamos muy nerviosos”. ¡Qué buena es! (no así yo).

Pasaron los años y diré que somos bastante amigos. Es realmente majo, pero canta fatal y sus letras son vergonzosas, pero la hacía muy feliz y yo solo podía alegrarme de que mi amiga estuviera con alguien que le dedicase canciones, aunque fueran malas.

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

 (La autora puede o no compartir las opiniones y decisiones que toman las protagonistas).

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