Querido diario

La sinceridad sin empatía es crueldad

Nota: título sacado de una ilustración de @tales.of.una.merlence.

Siempre he disfrutado mucho escribiendo. Cuando era pequeña y mi abuelo murió, aprendí que el dolor se gestionaba mejor hablando de él, poniéndole cara, voz y palabras. Pedí a mi madre que me comprase un cuaderno de anillas tamaño A5 y empecé a escribir una historieta para mi abuela. Mis letras eran grandes y pronto llené la mitad de las hojas. Después las arranqué y las grapé con una portada bonita: un dibujo de mi abuelo en el cielo. Ese fue el inicio de mi romance con la escritura.

En clase de literatura era la niña repelente que pedía al profesor salir a leer sus poemas. No eran una obra maestra, pero tenían sentimiento -o al menos eso decía Alfonso, mi adorado profe, a mi madre-. “Esta niña se dedicará al arte, ya lo verás”. Con el tiempo la vergüenza creció y mis ganas de crear enmudecieron, pero un buen día cumplidos los 18 años reaparecieron.

Por aquel entonces yo había empezado a estudiar Psicología por amor al arte y a la ciencia, no sé muy bien en qué orden, pero tenía una espinita clavada por culpa de la musa de la escritura. Empecé a plasmar mis ideas en mi muro de Facebook y un buen día le envié un mail a Elena Devesa diciéndole que me apasionaría colaborar con WeLoversize escribiendo sobre Psicología. Mi profesor de lengua y literatura tenía razón, me dediqué al arte mezclando mis dos pasiones: la palabra y el comportamiento humano.

Por aquel entonces yo salía con un grupito de amigos a los que guardo gran cariño, aunque ya nunca quedemos (en parte porque crecimos, en parte porque me provocaron algún que otro disgusto -como toda pandilla de adolescentes, supongo-). Entre ellos había un chico tremendamente inteligente. Buenas notas, culto, elocuente y a ratos arrogante disfrazado de sincero, pero era tan grande mi necesidad de su aprobación que le perdonaba todo.

Durante todos aquellos años yo me sentí tonta por ser inocente y acabé repudiando esa parte de mí que luego aprendí a amar. Fui -y sigo siendo- crédula, ingenua y curiosa, y las cosas que él aprendía en un abrir y cerrar de ojos para mí requerían gran esfuerzo mental.

Anulé mis ambiciones hasta que retomé la escritura y con toda la ilusión del mundo compartí con mis amigos mi vieja recién estrenada pasión.

“He empezado a escribir.”

“Pues seguro que lo harás como el culo.”

Y todo lo que llevaba acumulando durante tanto tiempo salió. Él me dijo que lo hacía por mi bien, que sólo quería ser sincero. Yo le dije que la sinceridad mal usada es mezquindad. Acabó pidiendo perdón y prometió cambiar, pero yo no me quedé para comprobar si su promesa era real o palabras vacías.

Ahora, un lustro después, me creo sus buenas intenciones. Se creía salvador por decir verdades a medias construidas bajo su propio prisma. No había maldad en sus palabras, pero me hicieron mucho daño. Podría decir el típico tópico de “me convertí en lo que soy por toda la gente que me dijo que no podría”, pero en el fondo me duele pensar en todo aquello que dejé de lado por miedo a su sinceridad, su criticismo, su petulancia.

Sí, acabé escribiendo aquí y no he parado en todo este tiempo y me convertí en una mujer fuerte y asertiva, pero a costa de la autoestima de mi “yo adolescente”. Hubiese preferido no tener que demostrar a nadie que era válida. Hubiese preferido que nadie me hiciese de menos para haberme sentido no más que nadie, sino igual. Hubiese preferido una mano en el hombro que me apoyase y no en la boca para hacerme callar.

El típico tópico del que os hablaba me resulta falso y por eso lo reformulo: me convertí en lo que soy por que fui capaz de mandar a tomar por culo a la gente que me dijo que no podría.

Autora: @manrimandarina

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