Desde hace un tiempo abres cualquier red social en la que se puedan reproducir vídeos y te aparecen frutas llorosas, musculadas y ricas a las que les pasan todo tipo de cosas descabelladas y dramáticas con una balada pop rusa («Kamin», de Emin y Jony) de fondo y que te dejan a mitad del conflicto esperando el siguiente episodio. Las frutinovelas son este fenómeno viral y surrealista que, aunque ahora ya empieza a flaquear, durante su pico más alto de popularidad alcanzó los 30 millones de visualizaciones; la primera cuenta viral de este tipo de contenido ganó 30 millones de seguidores en nueve días.
¿Y por qué son peligrosas? Porque estas ficciones generadas con IA han funcionado como caballo de Troya moderno, en el que nos introducen ideas retrógradas y machistas tanto en sus tramas como en los estereotipos evidentes. Los protagonistas son elementos de frutería (aunque ya me han salido otras variantes con tecnologías, teléfonos, refrescos y un sinfín de objetos) antropomórficos e hipersexualizados: las mujeres siempre tienen cinturas ínfimas, caderas desproporcionadas y pechos de gran tamaño, y los hombres, si son de éxito (si no están marchitos), están hipermusculados.
Y hay temas que se repiten siempre: infidelidades (que, menos el famoso Banana Negra, suelen llevarlas a cabo mujeres), pruebas de ADN tras el nacimiento de hijos que no son el mismo tipo de fruta que su padre, mujeres traidoras, interesadas en el dinero de su pareja, chicas gordas que «no quieren adelgazar»… todos ellos repletos de maltrato físico o psicológico, celos, control absoluto… y un montón de miedos infundados sobre lo malas que somos en general las mujeres.
Y esto entra en el cerebro sin filtro ya que, al ser frutitas monas, no vemos todas las alarmas que existirían si estos dramas hiperbólicos los interpretasen actores humanos. Herederas efímeras (como todo hoy en día) de las telenovelas o series diarias que se popularizaron entre los 60 y 70, son mucho más retrógradas que las versiones actuales de estas, en las que no toleraríamos ser espectadores de algunas de las historias que se llevan a cabo en estas producciones caseras; pero simplemente bajas la guardia porque resulta un lavado de cara cómico e intrigante de las primeras y antiquísimas seriales de antaño.
Otra cosa que diferencia, y es clave en este subgénero, a los melodramas originales es la inmediatez: en las ficciones televisadas esperas tres meses delante del sofá al capítulo en el que María Laura le confiesa a Roberta que es su hija, mientras que en estos cuentos en formato reels va mucho más rápido: María Litchi le cuenta a Brocoliel que Freserta es su hija y esta no solo lo escucha tras una columna, sino que descubres que ya lo sabía y lleva meses robándole el que cree que es su dinero. La inmediatez es vital para que el cerebro libere dopamina y pueda ser aprovechada en el siguiente giro drástico de guion que te hace pinchar en la continuación. Genera adicción real.
Es otro contenido «brain rot» (literalmente «podredumbre cerebral»): hiperestimulante, absurdo, de baja calidad y que no requiere demasiada atención ni capacidad intelectual, por lo que, aunque no te aporte nada, te puede entretener incluso estando cansado. Contenido basura que te agilipolla y deja tu cerebro como una crème brûlée (o mejor traído: un potito o papilla para bebés).
La IA puede utilizarse como una herramienta valiosísima, pero estamos gastando recursos utilizándola para hacer este tipo de contenido que perpetúa estereotipos machistas. Bueno, y por supuesto, cero representación LGTBI+ si no es de forma negativa, y no puedo decir que haya otro tipo de discriminaciones porque son frutas, pero creo que esto tiene mucho jugo que sacar y analizar. Es una pena que esto sea un reflejo sintomático de nuestra sociedad. Invito a todos a que pelemos ese contenido que vemos para descubrir que está podrido y no por no tener éxito (que se le acabará pronto como otra moda frugal y de temporada), sino por ser tóxico y malo de cojones.
Dalia Suárez