Yo creía que estas cosas solo les pasaban a las personas que vivían en ciudades grandes, zonas problemáticas o en las películas, pero no, esto me pasó a mí y necesito contarlo porque es un trauma que me persigue y lo tengo dentro enquistado.

Vivo en una ciudad pequeña —o en un pueblo grande, según se mire— de poco más de 20k habitantes y he vivido ahí toda mi vida. Todos nos conocemos y siempre he vuelto a casa sola; incluso de adolescente, nuestros padres nos dejaban ir y volver de fiesta de madrugada y nunca había pasado nada. Pero hace un tiempo que el pueblo ha dado un cambio, hay más gente extranjera y ya no ves conocidos por la calle todos los días.

No quiero sonar racista, me da igual si pensáis que lo soy, pero nunca había pasado nada en mi pueblo y ahora no hay semana que no se hable de tirones en bolsos a las mujeres por la calle, personas que te siguen hasta casa, robos o redadas por drogas. Algo que, hace unos años, era ciencia ficción.

Yo trabajo en una tienda y hay días que salimos tarde porque nos quedamos haciendo inventario o etiquetando prendas. Igual, de las 8 que cerramos, pues salimos a las 10, porque nos hemos demorado un poco. No vivo muy lejos, 10 minutos a pie, pero, de un tiempo a esta parte, notaba que siempre había un hombre merodeando por la tienda a la hora de cerrar.

Al principio no le di más importancia, por lo que os digo de que es un pueblo tranquilo donde nos conocemos todos, pero me di cuenta de que siempre era el mismo hombre y siempre se esperaba a la misma hora merodeando fuera.

No quise parecer paranoica y no dije nada a mis compañeras, que no habían sido conscientes de que esta persona se paseaba por fuera bastantes días. Empecé a salir recelosa de trabajar, apretando el paso y mirando hacia todos lados. Un día, lo vi detrás de mí, me seguía a pocos metros: si yo paraba, él paraba; si yo apremiaba el paso, él apremiaba también.

Desvié mi ruta habitual para meterme por un parque que estaba más iluminado. Tenía la ansiedad por las nubes y unas tremendas ganas de llorar. Me acerqué a un barrendero que estaba trabajando en aquel momento y le dije que había un hombre que me estaba persiguiendo. Su respuesta fue «esas cosas pasan». Me quedé alucinada de lo normalizado que tenemos que a una mujer la persiga un hombre por la calle.

Llegué a mi casa con el corazón en un puño y con un ataque de ansiedad de campeonato. Miré por la ventana y observé que el hombre se había quedado dando vueltas por la zona. Llamé a la policía, que me tomó los datos, pero me dijo que, probablemente, el hombre iba en la misma dirección que yo y yo me habría pensado que me estaba persiguiendo.

Me sentí súper incomprendida e impotente. Por supuesto que no me lo había imaginado y me generó una sensación de inseguridad que me persiguió durante días. Me tuve que coger la baja un tiempo porque era incapaz de estar en el trabajo sabiendo que esa persona sabía dónde trabajaba, cuál era mi horario y dónde vivía.

Si alguien ha pasado por una situación similar me encantará escuchar su historia y por lo menos consolarme sabiendo que no estoy sola y que no son imaginaciones mías.