Era una cálida tarde de verano y el sol ya empezaba a caer. Mi mejor amiga y yo estábamos en un pub al aire libre, de estos que en verano funcionan casi como una discoteca en la provincia de Cádiz. Era nuestro sitio de confianza.

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Pese a ser uno de esos locales donde entrar cuesta veinte pavazos, nosotras siempre acabábamos colándonos gratis con la excusa de conocer al seguridad. A cambio, teníamos que ponernos un poco zalameras, pero oye, cada una sobrevive como puede.

El pub estaba atestado, había sesión de tarde de uno de los DJ’s más punteros del panorama nacional. Un grupo de bailarinas se contoneaban al ritmo de la música y mi Rives exótica con limón caía por mi garganta como si fuese agua. La vida millonaria, si me preguntan.

Mi amiga y yo bailábamos y reíamos sin despegarnos de nuestra mesa alta. Creedme si os digo que son pocas y muy cotizadas. Si te alejas, la gente viene como buitres a quitártela. No todo el mundo tiene el lujo de tener un trozo de madera donde dejar reposar el cubata mientras alzas tus manos como si estuvieras en Tomorrowland.

No todo el monte es orégano y mi vejiga en este tipo de situaciones siempre me juega malas pasadas, la muy perra. Soy una gran mujer, no os vayáis a creer, pero chica, las diosas también tenemos nuestro talón de Aquiles. El mío: una vejiga con una capacidad minúscula.

Y como toda chica de bien que se precie y expertas en fiestas, al baño hay que ir acompañadas. La cola de los baños siempre es el sitio con más marcha de cualquier fiesta. Una ristra de mujeres bailando para engañar a su propio cerebro de que se están meando como perras. Yo, una de ellas. Tras veinte minutazos de cola, por fin nuestro turno. Tras soltar tremenda meada, vuelta a la carga.

Como podéis imaginar, nuestra mesa ya había sido ocupada por buitres carroñeros, pero don’t worry, somos andaluzas. Tenemos la capacidad de empercharnos con arte en cualquier grupo de desconocidos. Y así lo hicimos.

Ya que nos habían quitado el sitio, decidimos elegir la mesa que, a nuestro parecer, era la mejor ubicada. Sus usufructuarios aquella tarde serían nuestro nuevo grupo de amigos.

A los dos minutos, mi amiga y yo éramos íntimas de todos ellos. Nos pasamos la tarde hablando, bailando y riendo, entre ronda y ronda de chupitos. Ya iba cayendo la noche y con ella, las ganas de un poco más. Una de mis nuevas amigas sacó un porro ya liado y lo fuimos rulando como quien comparte la pipa de la paz. Todos flotábamos al ritmo del techno.

La fiesta se iba alargando y yo, ya con unas copitas de más, estaba teniendo una charla que recuerdo que era bastante incoherente con uno de los chicos, lo que me hizo desconectar por completo de lo que pasaba en el resto del grupo.

De repente, me pasan de nuevo un porro y al tomar una calada supe que eso no era sólo María. Empecé a toser como una posesa, no sabía qué mierdas llevaba aquello, pero me costaba hasta respirar.

No soy ninguna experta consumidora de porros, más allá de alguna que otra calada. Pero ese sabor, ese olor, todos mirándome y riéndose, y la cara desencajada de mi amiga me hicieron darme cuenta de que el porro estaba adulterado. De repente, miro la mesa y veo una bolsa de polvos blancos. No puede ser. ¿Qué coño era eso?

Mi amiga y yo nos miramos: era momento de irnos a casa.

El camino a casa lo recuerdo como un infierno total: estaba muy mareada y con mucho malestar. La cantidad ingente de alcohol que había bebido tampoco ayudaba.

Mi amiga, muy preocupada, me invitó a su casa para que no me quedase sola en ese estado. Me preparó un sándwich de jamón y queso con salsa ranchera. Sin lugar a dudas, mi salvación.

Según mi amiga, no paré de decir incoherencias sin vocalizar bien y se me cayeron las llaves al suelo unas siete veces porque era incapaz de agacharme a cogerlas sin perder el equilibrio. Según ella, fue muy cómico. Según yo, menos mal que sigo viva para contarlo.

A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza infernal y una sensación rarísima en el cuerpo. Pero lo que durante la noche había sido preocupante terminó convirtiéndose en una de esas anécdotas surrealistas que, sinceramente, solo podían pasarnos a nosotras.

Moraleja de la historia: jamás aceptéis consumir algo de desconocidos. Nunca se sabe qué puede llevar el porro.