Hacerse un selfie de vez en cuando no le hace mal a nadie. Es más, hacerse un selfie es algo que va con nuestros tiempos, como fueron las hombreras con los años ochenta o los chiquitazos a finales de los noventa. Consideramos más «normal» a una persona que se hace veinte selfies antes de salir de fiesta que a otra que nunca jamás se ha hecho una autofoto. Pero todo en la vida ha de tener un término medio, y yo creía que formaba parte de él.

A mí el tema selfie, pues mira, ni bien, ni mal. Como todo. Podía ver la locura desatada a mi alrededor pero no la compartía. Aunque sí la entendía: si una imagen vale más que mil palabras, debería quedar mucho mejor comunicada una información con un gesto de nuestra cara que con un texto que explique cómo te sientes hoy. Eso por no abrir el melón de «si no lo fotografías no ha pasado», que hasta tenemos que fotografiar los kilos que perdemos para reafirmarnos a nosotros mismos que los hemos perdido. Yo me he hecho selfies, he compartido selfies en mis redes sociales, sí, pero con la superioridad moral que te da saber que no eres «la típica pesada de las selfies».

La llamo «típica pesada de las selfies» porque me aburre soberanamente. Esa persona a la que le debieron echar una maldición gitana que si no salía en todas y cada una de sus fotos, fueran cuales fueran las circunstancias, moriría de manera lenta y dolorosa, porque si no, yo no me explico cómo eres capaz de irte de boda y para contárselo al mundo tengas que hacerte una foto de tu cara tapando a los novios que se están casando.

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Me quedé muda LOOOOOOOL

Seguro que muchos de vosotros habéis pensado alguna vez como yo. Que todos conocéis a alguna pesada de las selfies. Pero, ¿alguna vez os habéis vuelto, repentinamente, locos de selfies? Porque yo, aquí donde me veis, muchas veces he dicho «anda que todo el día fotografiándose la puta cara, ¿pa qué? ¡que ya te la hemos visto!» hasta que un día (por suerte, y por ahora, solo ha sido un día) me volví loca de selfies.

Como si me hubieran echado la maldición gitana a mí, sentía en mi interior un fuego que no podía apagar, una insaciable necesidad de probar todos los ángulos de mi cara, todas las luces, todos los fondos, todas las posturas, sonriendo, sin sonreír, mirando hacia aquí, mirando hacia allá, entreabriendo los labios, levantando una ceja… una ansiedad que me obligaba a seguir haciéndome fotos hasta dar con lo que yo quería: la fotografía que mostrase lo increíblemente perfecta que me habían dejado. Fue el día que me sentí tan guapa que NECESITABA que el selfie estuviera a la altura.

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Si sois Loversizers de corazón sabréis que hace ná que nos volvimos de una Gordicon2 llenita de sorpresas. Una de esas sorpresas fue que teníamos que pegarnos un madrugón porque se nos iban a presentar en casa tres chicas muy majas para sesión de peluquería, maquillaje y fotografía. Nos dejaron a todas PRE CI O SAS. Pero a mí más, la verdad. Yo no le había pedido a la peluquera nada en especial, solo le había dicho «hazme algo así muy exagerado» y cuando me vi con el maquillaje estupendo y ese peinado countrycool me quedé tan muerta que no pude articular palabra. Solo pude coger mi móvil y empezar a hacer fotos. 

¿Sabéis ese piropo de mierda que dice «qué guapa estás, no pareces tú»? Pues así me sentía yo: que no me sentía yo, vamos. Será por eso que, al no ser realmente yo, perdí el control de mi dedo y me hice unas cien selfies en media hora. Me poseyó el espíritu de la pesada de las selfies y me fotografié en cada rincón de la casa en la que estábamos, en todas las posturas que me fue posible. Es que no podía parar de mirarme, y quería que el resto del mundo hiciera lo mismo: que me miraran y vieran lo guapa que me habían dejado.

Y como vino, se fue. La maldición gitana desapareció y una hora después de haberme descubierto así de repeinada y pintada me acostumbré a mi belleza, porque al fin y al cabo a todo se acostumbra uno, y dejé de hacerme selfies. Volví a la normalidad, volví a la humanidad, porque durante esa hora de locura es que ni hablé con la gente, solo quería mirarme. Menos mal que no había por allí un riachuelo y por querer besar mi reflejo en el agua acabé ahogada como Narciso. Porque podría haber pasado.