Mi perro es mayor y se está quedando paralítico. Tiene una lesión en la columna de difícil operación y está perdiendo la movilidad de las patitas de atrás. Ya le están haciendo una silla de ruedas a medida para él, pero hasta que esté lista, yo lo saco en un carro.
Uno de eso cuadrados multiusos que están tan de moda ahora. Son súper prácticos la verdad, sirven para ir a la playa, para llevar la compra, y hasta para sacar al perro. Yo meto a mi perro dentro y lo llevo allí hasta que llego a un parque y lo saco para que haga sus cosas.
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La historia es que cada vez que salgo de mi portal con el perro montado en el carro, soy el objetivo de todo tipo de miradas y de preguntas. Yo salgo de casa y ya sé que dos o tres personas me van a preguntar que por qué llevo al perro ahí, otras cuantas van a mirar a mi perro con lástima, y muchas se van a reír.
Porque la gente es así. Te ven con un perro metido en un carro y en vez de pensar que igual el animalito está mal, te miran a ti como si estuvieras loca.

Que yo soy la primera que cuando veo a la gente en el centro comercial con un carrito parecido al de los bebés, con un perro dentro, o incluso un gato vi una vez, pienso que les falta un tornillo.
Pero mi perro es mediano tirando a grande, no lo llevo de paseo a ver tiendas como si fuera un muñeco, lo llevo al campo a hacer sus necesidades. Y esto provoca todo tipo de reacciones: desde risitas burlonas a mi paso, hasta gente que me para, súper compungida, a preguntarme por el estado de salud de mi perro.
Y con esto me pasa igual que con la maternidad: todo el mundo tiene un consejo para darte que jamás le pediste.
No hay día que no me pare alguien a preguntarme por el animal. Yo les explico, que no sabemos, que cree el veterinario que es algo degenerativo, que no se puede operar… pues si una cosa tengo clara es que mi veterinario, que es de plena confianza, no tiene ni idea. El veterinario al que va la señora de turno que ese día se paró a hablarme y era la primera vez en mi vida que la veía, es buenísimo y tengo que llevar a mi perro allí porque seguro que dan con una solución mágica.
Que me fui aquel día hasta con el teléfono de su veterinario apuntado y una promesa de meñique de llamarles.

Da igual que les explique que ya he llevado a mi perro a tres clínicas distintas y en todas me han dicho lo mismo, tengo que ir a una cuarta. Da igual que les cuente que la operación tiene muy pocas garantías de salir bien, tengo que operar al perro, porque me lo dice el señor que vive en la calle de allá abajo.
Me han llegado a decir hasta que si no tengo dinero para operarle que haga un crowdfunding.
Que a ver, no me sobra la pasta, pero no es un problema de dinero. El animal tiene 10 años y prefiero que me dure otros tantos en una silla de ruedas, antes que someterlo a una operación de la que igual ni sale.
De verdad, yo sé que la gente lo hace con su mejor intención, pero es agotador sacar a mi perro tres veces al día y escuchar como diez o doce opiniones diferentes, que yo ni he pedido, de gente random.
Lo mejor es que muchas veces ni siquiera esperan a que les cuentes nada. Ya vienen con el diagnóstico hecho, el tratamiento decidido y hasta la alimentación que le tengo que dar, porque seguro que lo que le estoy dando ahora no es bueno para su salud.
Y claro, ahí es cuando me doy cuenta de que esto es exactamente lo mismo que cuando llevaba a mi hijo en el carrito. Cambia el pasajero, pero la escena es la misma.
Que si “ese niño va muy tapado”, que si “no lo cojas tanto en brazos que se acostumbra”, que si “la lactancia materna es mejor que el biberón”. Pues ahora es igual pero en versión canina: que si “pobrecito el perro”, que si “dale esta comida que es natural”, que si “eso no es vida para el animal, que es mejor sacrificarlo”.
Sí, sí, también hay gente que, con la misma alegría que te dice que los animales son parte de la familia y que dan mucha compañía, te suelta que igual deberías sacrificarlo. Maravilloso todo.

Y mientras tanto, mi perro va feliz dentro de su carro, mirando el mundo como si fuera la reina de Inglaterra saludando desde su coche oficial. Llega al parque, lo bajo, hace sus cosas con toda la dignidad que le queda, y luego vuelve a su trono con ruedas.
Porque al final, entre tanto experto canino y tanta mirada despectiva, se nos olvida lo básico: que cuando quieres a un animal, y a veces se los quiere más que a las personas, lo cuidas y lo acompañas hasta el último de sus días.
Así que sí, llevo a mi perro en un carrito. Y sí, la gente me mira como si estuviera zumbada. Pero si estar loca es empujar un carro para que mi perro pueda seguir oliendo el césped un rato más cada día… pues bendita locura, la verdad.