Moverse en transporte público debería ser lo más fácil y barato del mundo… pero últimamente parece una experiencia premium, pero sin los beneficios de serlo. Siempre nos han dicho que usemos el transporte público, que es más ecológico, más práctico y más barato. Lo que no nos dijeron es que también se estaba convirtiendo en un lujo.
Porque lo de que es más asequible que el transporte privado cada vez es más discutible. Los billetes sencillos son un atraco a mano armada, para que compres el bono. El bono es más barato, pero cada vez menos, ya que sufren subidas de precio constantes. Tanto es así que el transporte está dejando de ser un servicio «público», la verdad. Y las tarjetas fallan más que una escopeta de feria. Y recargarlas a veces parece misión imposible cuando los cajeros no funcionan o la app se cuelga.
Te lo venden como la opción cómoda porque te puedes relajar sin ir pendiente de la circulación y no tienes que buscar aparcamiento o pagar una plaza de parquin cerca de tu trabajo. Pero la realidad es otra y es que de cómodo no tiene nada.
Usar el transporte público se ha convertido en un viaje inmersivo en la realidad urbana. Cada vez está más masificado porque la frecuencia se reduce para que salga a cuenta. Faltan asientos y los trayectos se hacen eternos. Entre que vas de pie y que van lentos, es una agonía llegar a tiempo a tu trabajo. Y qué decir de la temperatura ambiente. El aire acondicionado tiene dos modos: congelador o sauna. Nunca sabes cuál te va a tocar, pero sabes con certeza que cómodo no será.
Mención aparte merecen los retrasos que sufren en los horarios, que hacen que cada día que lo usas para ir al trabajo no sepas nunca cuándo ni cómo vas a llegar. Y si es que vas a llegar. Menos mal que mi jefe es bastante comprensivo, pero no sé cuántos justificantes llevo presentados en el último año. Y no importa lo que madrugues para intentar evitar posibles incidencias, las vas a encontrar igual. Averías, vías cortadas, robo de cables, huelgas… Es una opción ideal, siempre que no vayas con prisas y quieras vivir aventuras.
Lo que está provocando es que el que se lo puede permitir va en coche propio o en taxi. Y el que no, pues en un transporte público cada vez más saturado y con un servicio de pena. No todo el mundo puede permitirse no usar transporte público, pero tampoco todo el mundo puede asumir lo que implica usarlo a diario. Y es que no es una opción para todo el mundo. Para muchos es la única.
Además, últimamente tengo la sensación de que debo invertir una cantidad cada vez mayor de mi tiempo, de mi día a día, en el transporte. Me pego madrugones que no harían falta si la cosa funcionase mínimamente bien. Tengo que hacer combinaciones absurdas cuando hay cortes de línea o de carretera. Pierdo tantas horas al final de la semana que más que un transporte lo estoy empezando a considerar una inversión de mi tiempo vital.
Vamos, todo son ventajas, hasta que te toca vivirlo. Al final, lo público debería ser accesible, no una prueba de resistencia diaria. Porque si usarlo empieza a parecer un lujo, algo no estamos haciendo bien.