Cuando nos sobrevuela la negatividad del mundo en el que vivimos —todas las malas noticias, la fe perdida en la humanidad, la inestabilidad— intento aferrarme a un pensamiento recurrente que tengo por las experiencias vividas: hay muchos más padres y madres conscientes de la educación y la influencia que pueden ejercer en sus hijos (al menos en mi entorno).

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Porque parece una tontería, pero cuando una ha vivido desde pequeña rodeada de comentarios sobre su peso, al final termina muy mal y en actitudes peligrosas que le impedirán sentirse a gusto y cuidar algo tan primordial como es nuestro cuerpo.

Yo, desde pequeña, he sido, soy y seré gorda. No pasa nada. Me ha costado mucha terapia admitirlo, pero antes no lo llevaba con la naturalidad con la que hay que llevar nuestra constitución. Y eso se debía, principalmente, a mi familia.

No quiero decir que el daño lo ejercieran de forma consciente. Ni siquiera creo que supieran la influencia que sus palabras tendrían el resto de mi vida. Quiero decir que tener un cuerpo normativo, muchas veces, te salva de comentarios “bienintencionados” o “consejos para la salud”, que no son más que eufemismos para decirte a la cara que necesitas —por tu bien, según quien opina— perder peso. Y mientras más, mejor.

Aunque seas una niña de ocho años.

Yo vivía, casi todas las semanas, el episodio de que una tía lejana le recomendara a mi madre “dietas infantiles” porque “algo tenía que hacer conmigo”. Vivía, en cada celebración (bodas, bautizos y similares), recomendaciones de que no comiera tal o cual cosa porque “eso, cariño, solo lo pueden hacer las delgadas”.

Vivía que los cuñados infinitos me advirtieran de que, o me ponía a dieta, o ningún hombre querría “esos jamones”.

Podéis imaginaros la ansiedad que me provocaba todo esto, hasta el punto de que ni siquiera tenía ganas de que llegaran las Navidades. O en los cumpleaños, cuando me apartaban, en un gesto de solidaridad con mi madre, el trozo más minúsculo que hubiese, como si yo no me diera cuenta.

El momento que marcó un antes y un después fue en la boda de mi hermana mayor.

Todas las damas de honor iban a lucir un precioso vestido rosa y yo, a mis diecinueve añitos, no quería ser menos. Me hacía muchísima ilusión que mi hermana, mi ejemplo a seguir, quisiera contar conmigo de esa forma en el momento más importante de su vida.

Quedamos para probarnos los trajes en casa y, cuando la primera chica lo hizo, mi madre me miró angustiada y me dijo que necesitaba perder unos kilitos para eso.

Yo hervía por dentro y temía que las lágrimas escaparan al perder el control, pero hice gala de una sangre fría que nunca he sabido de dónde vino en aquel momento y le dije:

¿Sabes qué, mamá? Creo que si es mi talla adecuada, no tengo por qué perder ni un solo gramo. Es lo que llevo intentando hacer toda mi vida y nunca ha funcionado, así que será mejor que me aceptéis así, ¿no crees?

Recuerdo cómo el salón se quedó en silencio sepulcral.

Lo rompió la cuñada de mi hermana, con un aplauso que, aunque no siguieron todos, fue un apoyo que casi me emocionó en aquel momento.

Y a partir de ahí, respondí con la misma parsimonia a todas las observaciones que hicieron de mi cuerpo, siempre y cuando no fueran ataques directos y conscientes. En ese caso, me faltaba cortesía.

Nunca nadie me pidió perdón por el daño infringido, pero aprendí a vivir con ello y, lo más importante, aprendí a poner límites con los que demostrar el respeto hacia mí misma.

Porque ese es el punto de partida para que comiencen a respetarte los demás.