Soy una gran lectora desde siempre. Leo de todo y no le hago ascos a ningún libro de los que cae en mis manos. Eso sí, si un libro no me engancha, lo abandono e intento darle otra oportunidad cuando creo que es el momento. Si otra vez pasa lo mismo, lo descarto.

Hay dos tipos de lectores: los que son incapaces de dejar un libro a medias y a los que no nos importa abandonar una relación que, en principio, parecía aportarnos más bien poco. 

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Estos últimos meses mis hormonas y yo nos llevamos mal. Precisamente por ello, han decidido dejarme tiempo para leer por la noche. El insomnio es una mierda, pero, gracias a él, estoy leyendo más que en los últimos años. Ya se sabe: no hay mal que por bien no venga (y espero que ni cien años dure, como decía mi abuela). 

 

  1. Cien años de soledad de Gabriel García Márquez

 

Hace años me lo leí, me gustó y lo disfruté. Me volvió a llamar la atención para ver la serie de Netflix, pero antes, como soy de las de “the book was better”, tuve que volver a coger el libro. Esta vez, más de 15 años después, me he empapado, he saboreado cada palabra y sé que es mi libro favorito. Márquez es sublime y su Nobel está más que merecido. Tiene una forma de decir las cosas tan poética y tan sutil, que parece que te deja, como lector, la elección de la forma deseada. 

Macondo está tan bien creado que es imposible que lo hubiera hecho mejor. Es una obra redonda, hasta literariamente hablando: todo empieza y acaba ahí. 

 

  1. Hamnet de Maggie O´Farrell

 

Hamnet ficcionaliza la vida de Shakespeare desde una perspectiva tan humana que, a veces, duele. Duele sobre todo si eres madre, y no doy pistas por si alguien quiere leérsela. La protagonista es Agnes, mujer del autor inglés y madre de sus tres hijos: Susanna, Hamnet y Judith. 

El relato es una delicia en el que la autora se adentra en los entresijos de la pérdida y de cómo se afronta. Te hace querer releer a Shakespeare para tomarlo desde esta perspectiva tan humana que se desprende de la obra. 

 

  1. El adversario de Emmanuel Carrère

 

Cada vez que mi amiga Ana me recomienda un libro, no lo dudo ni dos segundos. Me pasó con Hamnet y cuando me habló de El adversario, fui como una loca a por él. Se basa en la historia real de Jean-Claude Roman, que mató a su mujer, hijos y padres e intentó suicidarse después. 

 

Si te vas a leer el libro, sabes que va a pasar desde el principio y, aún así, te engancha la agilidad de Carrère para narrar la historia y su pulcritud. Busca la imparcialidad y que sea el lector el que juzgue, te da las riendas de la psiqué del personaje y deja en tus manos la resolución. Es duro, crudo, brutal, escalofriante. Es necesario.

 

  1. Planeta invernadero de Rafael Navarro Castro

 

Este libro me salió recomendado en una web literaria. No tenía muchas esperanzas, pero me equivocaba. Una defensa contra el cambio climático no me parecía de lo más literario y, sin embargo, no me lo ha podido parecer más. 

Rafael Navarro pone voz en primera persona Sara, una ingeniero agrónoma especializada en agricultura intensiva. La novela empieza con una parte tan prosaica como la operación de pechos de la protagonista y, sin embargo, esta sirve para reivindicar, a lo largo de su evolución, una imagen personal más nuestra y menos social, una que no esté constreñida por la imagen ideal sino la auténticamente desada por todos y cada uno de nosotros. 

 

Es un libro con una gran base teórica, pero también con una historia muy humana en la que el desprestigio a las mujeres hace patente que tenemos que tomar carta en dos asuntos: el cambio climático y la masculinización de muchos sectores.

 

  1. Los nueve reinos de Santiago Díaz

 

Las novelas históricas para mí son siempre un acierto. Pero sé que hay gente que no las puede leer. Para gustos, los libros. 

Cuando vi que se publicaba una novela sobre la conquista de Tenerife, allá que fui. Nunca había leído nada de Santiago Díaz, pero soy una apasionada de la historia de Canarias. Sus islas son mi lugar de paz y tengo muchos libros de sociología e historia del archipiélago (de hecho, mi hija lleva un nombre guanche). 

 

Me quedaba un mes para volver a Tenerife cuando la publicaron. Me la compré inmediatamente y, dada su extensión y mi limitación de tiempo, pensé que iba a ir justita. En menos de una semana de insomnio me la había devorado. 

 

No es la típica historia condescendiente sobre la conquista. Bueno, un poco: les da a los guanches durante lo que muchos años se les ha negado. Dota al pueblo de una dignidad perdida tras una cruenta conquista. Y lo hace bien, con delicadeza y muchas historias que bien podían haber sido ciertas. Hay base histórica, pero no pierde la frescura porque la parte ficticia está ahí y está tan bien engarzada que no sabe dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad.

 

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