Ay, amigas, ojalá fuera lo que estáis pensando y lo tuviera en carne viva por pasarme el día dale que te pego con una cita tras otra, pero no, nada más lejos de la realidad.
Todo empezó hace más de seis meses, a principios de verano.
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Un día me levanté con cierto malestar y escozor, que seguro que muchas conocéis, en mis partes pudendas. Como estoy acostumbrada a que me pase esto por lo menos unas tres veces al año, no le di mayor importancia y pensé que se trataría de la enésima candidiasis de 2025, así que la traté como siempre hago.
Sin embargo, no se me curó y cada vez iba a peor. Decidí acudir a mi médico de cabecera para que me pidiera un exudado y además dio la casualidad de que tenía programada una citología para unos días después, así que me las prometía muy felices. Todo se solucionaría en un momento.
Total, que me hicieron el exudado, pero a los dos días me vino la regla y no pudieron hacerme la citología. Como seguro que todas sabéis cómo está la sanidad pública, no os sorprenderá saber que la siguiente cita que me dieron fue para dos meses más tarde. Pero no me preocupé, porque al final era una citología rutinaria y mi problema más acuciante se solventaría sin ninguna duda con el exudado.
¿Qué pasó? Que no me dieron los resultados del exudado hasta tres meses más tarde. Yo llamaba y llamaba, pero vete a saber por qué, el caso es que no aparecían los resultados, y mientras tanto pasé un verano entre picores y escozores, asumibles pero bastante incómodos.
En el fondo pensaba que lo que fuera se terminaría por pasar solo y, a veces parecía que remitía, pero en seguida volvía el malestar.
Cuando por fin me dieron los resultados me dijeron que tenía vaginosis y me mandaron unos antibióticos. Yo tan contenta, me fui a la farmacia a por ellos, pensando que finalmente iba a poder solucionar mi problema «chochil» que me llevaba acompañando ya tanto tiempo.
Pero para mi desesperación no fue así, no solo no se me curó sino que me parecía que la cosa estaba empeorando. Así que volví a mi médico, el pobre cuando me vio no sabía ya dónde meterse, y me pidió otro exudado. Esta vez sí, me dieron rápido los resultados.
Y cuál no sería mi sorpresa (y la vergüenza de mi médico) cuando descubrieron que me habían diagnosticado mal y que en realidad la otra vez no tenía vaginosis, sino candidiasis y que los antibióticos que me habían mandado no habían hecho sino agudizarla. Vamos, que habíamos hecho un pan como unas hostias.
Por fin, dieron con la tecla y empecé a encontrarme mejor.
Pero un día, al sacarme la copa menstrual vi como unas pielecillas y sí, amigas, es que además de todo el mejunje que me habían preparado resulta que tengo la piel atópica y que soy una loca de la higiene, así que me lavo el papo por lo menos dos veces al día (a pesar de que los médicos llevan años diciéndome que es un crimen contra mi piel, pero no puedo evitarlo).
Parece ser que al mezclar todos estos ingredientes el resultado ha sido que se me está desescamando el chichi por dentro. Sí, como lo os lo cuento.
Al menos ya no siento dolor ni malestar y poco a poco todo está volviendo a su ser, pero ahora viene la más gorda: todo esto ha coincidido con que he decidido abrirme una aplicación de citas. Mis amigas llevan años diciéndome que lo haga, pero no me termina de convencer el asunto, así que lo he ido posponiendo, pero llevo ya tanto tiempo en sequía que necesito regar el asunto como sea.
También es mala suerte, que para una vez que me animo a salir al mercado del ligoteo digital me pase todo esto. ¿Con qué cara y con qué humor me pongo yo a buscar sexo esporádico teniendo el tema como lo tengo?
Solo me queda esperar a que se termine de solucionar y recuperar el tiempo perdido. Por ahora tengo un ciclista morenazo a la espera al que no me queda otra que ponerle los dientes largos mientras esperamos…
