Está claro que no todo el mundo sabe aceptar una crítica. Y está claro que hay mucho pirado suelto. Resulta que hace años que tengo la costumbre de dejar reseñas en Google de los lugares que visito, tanto buenas como malas. Especialmente buenas, de hecho. Pero tuve una experiencia terrible en un restaurante.
Testimonios reales en whatsapp
Les pedí que me trajesen lo de siempre, era la cuarta vez que iba. Coincidía que a veces tenía que ir por trabajo a aquella zona y aprovechaba para tomar un par de tapas antes de seguir con la jornada. Era un sitio bastante bueno, se comía bien y aunque no era barato, la cantidad y calidad lo compensaba. De hecho, le puse una buena reseña recomendando el bar desde el primer día. Pero en aquella ocasión mi almuerzo no tuvo nada que ver. El mismo montadito que pedía siempre, que promocionaban como XL de hecho, ahora media la mitad. Pregunté y me dijeron que como a los clientes les solía sobrar, habían reducido el tamaño. Pero el precio seguía siendo el mismo, eso sí lo mantenían. Le dije al camarero que poner la mitad o menos por el mismo precio era un poco abusivo, y me contestó que «ahora es así y listo». Ya había pedido la segunda tapa, así que esperé a tomarla antes de irme de allí. Tardó casi una hora en llegar a mi mesa. La reclamé varias veces, pero no llegaba jamás. Me cansé y quise anular la tapa y pedir la cuenta, pero me dijeron que si no esperaba, me la iban a cobrar igual porque ya estaba comandada. Y todo esto con un trato terriblemente desagradable. Nada más salir, decidí que era hora de modificar mi reseña positiva. Educadamente, me límite a redactar mi opinión exponiendo lo ocurrido. Sin más.

Una semana después, me llegó el primer mensaje. Fue a través de Facebook. Decía que me iba a arrepentir de publicar calumnias en internet, que si me creía una experta culinaria. El nombre no era identificable, el usuario se llamaba «La justicia». Qué irónico. Parecía un perfil recién creado, sin fotos ni amigos. Decidí no contestarle. Pero al día siguiente volvió a escribir: «Quién te has creído que eres para opinar de negocios ajenos, zorra». Aquello empezaba a no gustarme un pelo. Lo comenté con mi mujer y me dijo que lo bloquease. Pero al día siguiente, recibí un mensaje desde otra cuenta, también con un nombre estúpido parecido. Insultos y burlas, además de amenazar con vengarse. Era evidente que era alguien cabreado por una de mis reseñas, eso estaba claro. Sospechaba que todo procedía de mi última publicación negativa, y se me ocurrió cómo comprobarlo.
Me fui a mis reseñas de Google. Como he dicho, pongo fundamentalmente reseñas positivas, por lo que me puse a mirar las negativas. Sólo había cinco. Y recientes de verdad solo una, la que le había puesto al bar aquel. Era evidente que quien fuera que me estuviera acosando por redes estaba relacionado con ese sitio. Y que, si no hacía algo, podía aparecer en mi trabajo, mi casa o cualquier otro lugar. No me fío de los locos y sus intenciones, precisamente porque yo estoy un poco loca también, me gusta decir.

Así que le conté a mi mujer mis pesquisas y tramamos un plan. Llamamos para hacer una reserva para ocho. Iríamos con nuestros amigos el sábado a almorzar. Y yo tenía preparada una sorpresa. Les prevení, por supuesto, de lo que iba a ocurrir. Todos, sin excepción, me dijeron que adelante después de contarles que me estaban amenazando.
Llegó el sábado y allí aparecimos todos. Nos sentamos con normalidad y pedimos la comida. Nuevamente, el servicio no fue precisamente el más agradable ni la comida demasiado buena, pero a mí eso ya me daba igual. Cuando terminamos de comer nos quedamos allí charlando, alargando el almuerzo todo lo que pudimos, hasta que nos dijeron que tenían que traernos la cuenta porque iban a cerrar. Y entonces les dije yo misma que no íbamos a pagar hasta que viniese el dueño o dueña de aquel sitio. El camarero nos increpó y nos dijo que iba a llamar a la policía. Entonces saqué los mensajes y le dije que no tenía problema en que viniese la policía, que de hecho quería comentarles que los dueños me estaban amenazando. El hombre se puso blanco y entró dentro. Entonces salió una mujer, de unos sesenta años, muy cabreada y preguntando qué ocurría, que ella era la dueña del bar y que nadie se iba a ir sin pagar. Le eché en cara que sabía que me estaba amenazando por privado y, confusa, me dijo que no sabía de qué hablaba. Yo me había tirado el farol, porque estaba bastante segura de que eran los dueños los responsables de los mensajes, pero me descolocó ver su cara de no saber por dónde le venía aquello. Y entonces me fijé: el camarero seguía blanco detrás de ella, el mismo que me había atendido la otra vez. La señora se volvió hacia él y, llamándolo por su nombre, le preguntó si tenía algo que ver con esto.

Lo siguiente que ocurrió fue una especie de bronca entre la señora y el camarero, que al parecer era su hijo, quien acabó confesando que él me había mandado los mensajes. Llevaba las redes sociales del bar y, al ver mi reseña, se había cabreado y me había buscado en Facebook. Se le ocurrió la brillante idea de hacerse un «perfil justiciero» y mandarme esos mensajes para asustarme.
Mi novia había grabado toda la situación y también algunos de mis amigos, que estaban alucinando con lo que estaban viviendo. Le dije que iba a denunciarlo y que nos trajeran el datáfono para pagar y poder irnos. Entonces se puso muy nervioso y empezó a disculparse balbuceando, mientras la madre se echaba a llorar de los nervios, gritándole al hijo que ya no podía más con él, que siempre le estaba dando problemas. Aquella situación era de comedia mala de sobremesa, lo juro. Desde luego, lo ultimo que parecía ese patán era amenazador o peligroso, solamente era un idiota que se había venido arriba en el anonimato de internet.
Al final no le denuncié, aquello no llegaría probablemente a ningún puerto y sin duda ese tipo no iba a hacerme nada, menos aún ahora que se sabía descubierto. Les dije que si volvía a saber de él o se ponía en contacto conmigo de algún modo, directamente llamaría a la policía. Su madre me dio las gracias mil veces y se disculpó otras mil. Quería no cobrarnos, pero obviamente nos negamos y pagamos la cuenta.
Al salir, mis amigos no daban crédito a lo ocurrido. Me han dicho que a partir de ahora se apuntan a cualquier idea loca que se me ocurra, porque aunque ya sabían cómo me las gastaba, aquello fue sublime y gracias a mí ya tienen la anécdota más increíble del mundo.
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