Mamá nos crió a todos con mucho amor. No amor del de ahora en el que tratamos que los niños no tengan el mínimo trauma por crianza, sino amor del de antes, del que si te tenía que dar un coscorrón te lo daba y si no parabas quieto en un lugar público, la mirada de “ya hablaremos en casa” te helaba la espalda.
Poco a poco nos fuimos saliendo del nido. Mi hermana vive en las afueras de la misma ciudad, mi hermano lleva 24 años en Alemania y yo sigo en el mismo barrio de toda la vida. Prácticamente todos los días iba por casa de mi madre a llevarle el pan, hacerle algún recado, comer con ella, pasarme a tomar un café por la tarde o salir a dar un paseo.
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Hace un tiempo, después de un mes seguido de lluvias, habíamos quedado para dar un paseo. Como siempre abrí el portal y al llegar a su puerta timbré (es de las que pasa el pestillo), pero no hubo respuesta alguna. “Estará en el baño”, pensé. Pasaban los minutos y no abría, estaba a punto de fundir el botón de tanto apretar. Aunque tiene el teléfono de adorno decidí llamarla y sonaba dentro de casa. Mamá nunca sale de casa sin mi. Llamé a mis hermanos por si habían hablado con ella o les había comentado su intención de salir de casa. Mi hermana no había hablado con ella esta semana y mi hermano ni recordaba la última vez que lo había hecho
No tenía otra opción, llamé al 112. Al principio no lo consideraron una emergencia, aunque supongo que mis nervios al asegurar que era imposible que saliese de casa sola, avivaron la situación. Consiguieron entrar y allí estaba mi madre. Un angelito sentado en el sillón, tratando de tejer lo que sería una prenda de ropa para alguno de sus nietos. Una prenda que jamás se logrará terminar, al menos no con el empeño y cariño con el que lo hacía. Mamá no tenía pulso.
El servicio de emergencias que había ido, trató de calmarme allí mismo. Estaba en shock, no sabía como actuar, que hacer, que decir. Mamá era muy previsora y siempre decía que estuviésemos tranquilos, “que tenía el entierro ya pagado”. Llamé a mi hermana para contarle lo sucedido, ya que viviendo en la misma ciudad, podría apoyarme a hacer los trámites. “Joder, ¿y ahora que hago con los niños? no puedo ir con ellos así”. Lo entendí. Llamé a mi hermano, para que pudiese coger un vuelo lo más pronto posible “Pff justo esta semana tengo un viaje de empresa, que la incineren y se hace más tarde, o bueno, haz lo que veas, a mamá no le parecería mal”. No me lo podía creer, estaba sola, con el cuerpo de mi madre aún caliente y sin el apoyo de las dos personas a las que les dio la vida.
Mi hermana se presentó al entierro, fue la última en llegar y la primera en irse. De mi hermano no hubo ni el más mísero mensaje.
Sí fueron los primeros en llegar al notario cuando nos citaron para abrir el testamento. Desconozco el momento en el que mi madre decidió ponerme como beneficiaria de su cuenta bancaria y su propiedad. Mis hermanos recibieron lo mínimo que permitía la ley, una finca cada uno perdidas de la mano de Dios. Desde entonces no nos hablamos, ellos creen que coaccioné a mamá para que así lo hiciese, pero todo ha sido su voluntad. Supongo que ser la única hija presente y que siempre estuvo con ella tuvo algo que ver. Ojalá mamá estuviese presente para ver lo que ha pasado, pero seguro que ya se lo esperaba.
anónimo
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