Llevo más de dos años sin “tener el chichi pa’ farolillos”, literal. Todo comenzó en mayo de 2023 con lo que parecía ser una candidiasis, la primera de mi vida, que no supe reconocer hasta que el picor fue insufrible, me hinché como un globo y ya casi ni podía caminar. De tanto que esperé para ir al médico, no fue suficiente con un tratamiento de crema y tuve que tomar pastillas.

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Podría ser por cualquier cosa, me dijeron, y le acabé echándole la culpa al estrés. Pero fue ahí cuando pensé seriamente: «tengo que cuidar mi pepita». Me compré un gel íntimo específico, prioricé las bragas feas pero de algodón, dejé los pantalones ajustados y pedí pruebas después de casi cinco años sin ir al ginecólogo.

«Pero tía, ¿cómo lo has dejado tanto tiempo?»
«Pide cita mañana mismo».

Mis amigas tenían razón y ya no me valía la excusa de haberme mudado de país, de no tener médico de familia durante mucho tiempo, de centrarme en el trabajo… Primero me hicieron una ecografía en la que todo salió bien. Aleluya. Relax. Pero por poco tiempo porque, a los dos meses de recuperarme de los hongos, empecé a tener flujo extraño, me sentía incómoda, tenía dolores y, al hacerme una prueba de flujo, salió positivo en Ureaplasma, una ITS.

Pensé: «¿Cómo es posible que tenga una enfermedad de transmisión sexual si utilizo preservativo absolutamente siempre? Si no ha entrado un pene a pelo ahí en la vida». Yo no tenía respuestas pero, cuando pregunté a diferentes médicos por las causas, tampoco supieron aclararlo. Que si es una bacteria desconocida, que es más común de lo que parece… Al final dejé de preguntar, de leer resultados en ChatGPT, me tragué mis dudas, las pastillas fuertes del tratamiento y pensé: «ojalá esto acabe aquí».

De eso nada. En la siguiente consulta el médico preguntó: «¿Cuándo fue la última vez que te hiciste la prueba del Virus del Papiloma Humano? Tienes 34 años y estás dentro del colectivo de la nueva campaña de rastreo de cáncer de útero». Ahí me entraron los sudores fríos porque, al responder «desde 2019», recordé que no quise ponerme en su momento las vacunas de prevención. Entonces me confié y ahora, ¿sería tarde?

A pesar de que ya sí elegí, cuanto antes, ponerme las tres dosis, de que recé, pedí y manifesté, el resultado llegó meses después: positivo. La médica me llamó para tranquilizarme porque no había células cancerígenas, pero yo me empecé a rayar. «¿Pero la candidiasis y la bacteria están relacionadas?», pregunté. «No, no, nada tiene que ver. Tranquila».

Pedí una cita para hablarlo en persona. No había hasta dentro de semanas y, todo ese tiempo, le di mil vueltas a la cabeza y me puse en el peor escenario. No sé si porque descubrí mi vena hipocondríaca o porque recordé que, desde que hace años pisé por primera vez la consulta de un ginecólogo, asocié VPH y cáncer de útero como un pack indivisible, como si no hubiera otra opción.

Me podía la ansiedad y lo compartí con algunas amigas.
«Tranqui, que yo lo tuve y al segundo año dio negativo».
Otra me dijo:
«¿Te acuerdas de Silvia, aquella compi del curro que tuvimos? Ella tuvo unas verrugas, la operaron y después todo bien».

Ahí sentí que podía hablarlo con normalidad y otras compañeras de trabajo me dijeron lo mismo: «En los últimos años lo he tenido dos veces, pero nada grave».

Cuando llegué a la consulta, la médica dijo que era muy común, que muchas mujeres lo tienen, que hay muchos tipos y no todos de la misma gravedad, que no tiene por qué derivar en cáncer y que el año que viene (este en el que escribo) me harían la prueba para descartar y ver si mi propio sistema inmunológico lo superaba solo.

Y aquí estoy, esperando los resultados de la segunda prueba, sin tanto miedo pero cruzando los dedos para que dé negativo. Prometiéndome a mí misma que no dejaré que sea un susto lo que me lleve a pedir pruebas que podrían ser preventivas. Que no esperaré al límite para cuidarme y espero que tú hagas lo mismo.