Quizá haya gente que piense, al leer el título, que fue una cosa puntual o algo que pasa en un calentón, pero os digo la verdad: acabé viviendo en la calle. En un parque, más concretamente, y eso me pasa por ser la más orgullosa del barrio. Todo empezó hace unos diez años, cuando yo tenía 20. Había tenido una adolescencia complicada y mis padres habían tenido que aguantar mis salidas de tiesto, mis rabietas y mis gamberradas. Siempre me había salido con la mía; por eso, no me preocupé demasiado cuando empezaron a decirme que, o estudiaba y trabajaba, o no me mantenían más.
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Yo me burlaba de ellos; creía que iban de farol porque ya me había pasado en otras ocasiones. Pero un día, todo explotó. Por aquel entonces salía con un chico al que mis padres detestaban. Era el típico delincuente de pacotilla, pero para mí era el tío más guay del mundo. Decidí escaparme con él un fin de semana a la playa sin decir nada a nadie ni coger el teléfono. Cuando volví a casa, se armó la marimorena. Mi padre tocó fondo y me dijo que, o colaboraba en casa, o ya podía buscarme otro sitio donde vivir. Así que yo, ni corta ni perezosa, me armé un petate y me fui.
Creía que mi novio me acogería, pero la realidad es que compartía un piso que era una pocilga; dormían con colchones tirados por el suelo y allí no habían limpiado en años. Tras tres días insostenibles, me fui a casa de una amiga, pero no podía quedarme de forma indefinida. Sin comerlo ni beberlo, me vi sola, con una mochila y en la mismísima calle. Podría haber recogido cable y pedir perdón, pero mi orgullo pesaba más, así que decidí que un banco en el parque sería mi casa.
Recuerdo pasar el día andando sin rumbo y robando algo de comida en supermercados para poder pasar el día. Pasé dos meses malviviendo, sin un lugar donde ducharme, mientras mi novio pasaba de mí. Al final, no me quedó más remedio que volver a casa con el rabo entre las piernas. Mi madre, al verme con aquellas pintas, se echó a llorar. Pero algo habían conseguido: aprendí la lección.
Les pedí perdón y busqué un trabajo de camarera mientras me sacaba el graduado escolar. Mi padre me exigía que le diese parte de mi sueldo como compensación por los años que viví a su costa, y no rechisté. Cuando terminé la ESO y quise estudiar peluquería, mi padre sacó todo el dinero que yo le había estado dando y me lo entregó para costear mis estudios.
Hoy tengo mi propio negocio y me gano bien la vida. A veces hace falta un choque de realidad para dar un giro de 180 grados. Aquella temporada en la calle me sirvió para espabilar, aunque, desde luego, no repetiría la experiencia.