No soy la guapa y durante años me lo tuve que currar para que me vieran. Ahora, con 30, estoy cansada de ser prueba de que el beauty privilege existe.
Desde pequeña supe que no era la guapa del grupo. Era la gorda, la fea, la del “si pierdes te quedas con ella”, la última en ser elegida en clase. Cuando eres niña solo quieres encajar, así que entendí rápido que, si quería gustar, tenía que esforzarme más. ¿El recurso fácil? Ser graciosa.
En la adolescencia, mientras mis amigas recibían mensajes de “a Fulanito le pareces guapa”, a mí me decían “eres divertidísima”. Y yo sonreía, como si eso fuera lo mismo. Empecé a sacar temas de conversación, inventar juegos, provocar risas… todo para que alguien me mirara un poco más. Pasé por mi fase pick me girl, esa en la que quieres destacar siendo “la diferente”: la que no se ofende, la que habla sin tabúes, la que finge no querer compromiso. Opiniones que ni siquiera eran mías, pero que servían para mantener la atención de los chicos.
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Aun así, siempre pasaba lo mismo: el que me gustaba terminaba eligiendo a una de mis amigas o me decían: “me gustas, pero solo como amiga”. Al final acababa liándome con chicos que ni me gustaban, solo por sentirme elegida, porque en mi cabeza eso ya era suficiente.
Pero no solo me pasaba con los chicos, también lo hacía con mis amigas. Me convertí en la que cuida, la responsable, la mamá del grupo. La que siempre tiene agua, ibuprofeno o un mechero. La que llama al taxi, la que se queda hasta el final, la que acompaña a una amiga a casa o a potar si hace falta. En el fondo, solo quería ser necesaria. Porque si te necesitan, se quedan. Si no, desaparecen.
Con los años, esa forma de comportarme me ha seguido hasta el trabajo. El esfuerzo se volvió mi apellido. Horas de más, tareas que no me tocan, no sé decir que no, no sé poner límites. Siento que si dejo de rendir, me dejarán de valorar. He pasado media vida intentando compensar algo que ni siquiera sé si hacía falta compensar.
Ahora, con treinta años, estoy enfadada. Enfadada con ese sistema invisible en el que la belleza funciona como un pase rápido: los chicos te prestan más atención, la gente te trata con más cariño, los planes se abren solos. Yo, en cambio, sigo aquí, empujando, currándome cada conversación, cada relación, cada sonrisa. Estoy cansada de que el valor de una mujer dependa de lo bien que encaje en unos estándares absurdos. De que si una guapa calla, sea misteriosa, y si yo lo hago, sea borde. De que si una guapa es distante, sea interesante, y si yo lo soy, pase a ser invisible.
Y lo peor de todo es que no sé quién soy sin todo ese esfuerzo. Me da miedo dejar de hacerlo y que mi entorno cambie, que dejen de necesitarme, de quererme, de invitarme. Llevo tanto tiempo siendo “la graciosa”, “la que cuida”, “la que organiza”, “la que se preocupa por todas” que no sé si soy así de verdad o si simplemente aprendí que ser necesaria era la única forma de sentirme querida.
A veces me pregunto si tengo personalidad propia o si solo soy una versión moldeada por las expectativas de los demás. Me siento perdida, como si debajo de toda esta armadura no quedara nada mío. O quizá sí, pero aún no sé cómo encontrarlo.
No tengo una receta secreta, ojalá. Sigo actuando igual muchas veces, porque cambiar algo que te ha protegido toda la vida da miedo. Pero hay días (pocos, pero los hay) en los que entiendo que no pasa nada si no hago reír. Que no soy menos si no tengo ganas de quedar. Que puedo ser válida incluso sin estar esforzándome constantemente.
Supongo que estoy en ese punto en el que empiezo a entender que puedo seguir siendo yo, incluso sin gustar a todo el mundo. Que no pasa nada si no destaco, si no entretengo, si no cuido. Que, aunque no sea la guapa, sigo siendo suficiente.
Y, sinceramente, estoy hasta el coño de tener que demostrarlo.
Ana Hernández González