Mi amiga Patri y yo somos dos intensas de la vida; es así, siempre ha sido así y así seguirá siendo por los siglos de los siglos. Cuando nos enamoramos, nos enamoramos fuerte, cuando nos reímos lo hacemos a carcajadas y cuando nos ponemos tristes se nos echa el mundo encima. Pues os podéis imaginar cuando dos personas así se enamoran del mismo hombre.
Fue el primer año de universidad, ambas nos habíamos matriculado en la misma carrera y estudiábamos en nuestra ciudad, por lo que íbamos a seguir siendo compis de clase como toda la vida. Acabábamos de coger sitio en el aula y estábamos cotilleando un poco. «Huy, a ese le conozco, huy, esa tiene pinta de no ser de aquí, parece maja», y en lo que yo me descuidé un momento para sacar mi estuche y mis cosas, Patri, mi amiga la más discreta, me clavó un codo en las costillas mientras decía ‘’¡tía, tía, TIAAA!’’ mirando hacia la puerta.
Entonces le vi, y sentí que Cupido me atravesaba el pecho con una de sus flechas: un chico altísimo y guapísimo, con el pelo y la barba negros y perfectamente recortados, con unos ojos castaños impresionantes y una sonrisa que irradiaba luz. Vamos, una de estas personas que necesitas mirar una y otra vez para cerciorarte de que es real.
Se sentó delante de nosotras y se presentó tanto a la que iba a ser su compañera de pupitre como a nosotras: ‘’Buenas, me llamo Pablo y estoy más perdido que una mula en un garaje, ¿ustedes cómo se llaman?’’. Claro, nosotras nos presentamos y les dijimos a él y a su compi que no se preocupasen, que podían acoplarse con nosotras y que les ayudaríamos en lo que hiciera falta. Así nos acabamos juntando Patri y yo con Pablo, que era andaluz, y su compi de pupitre, Fátima, que venía de Aragón, y cuatro o cinco personas más de las cuáles sólo una era de nuestra ciudad, por lo que parecía aquello el inicio de un chiste malo.
Solíamos quedarnos a tomar algo después de clase, íbamos juntos a la biblioteca, salíamos los fines de semana… y yo, a lo tonto a lo tonto, me fui enamorando de Pablo. Porque además de ser guapo a rabiar era una bellísima persona, inteligente a decir basta, ingenioso, se podía hablar con él de todo… Vamos, que no debería haberme sorprendido que Patri se enamorase también de él.
El día que se lo conté se quedó pálida y yo lo supe sin necesidad de que me dijese nada. Y es que ambas estábamos enamoradas de él, pero si él acababa saliendo con Patri, ¿cómo podría no alegrarme por mi mejor amiga?

Entonces, ella me dijo: ‘’Mira tía, yo estaré enamorada de Pablo, pero por encima de todo tú eres mi amiga, y pase lo que pase no quiero perderte, ¿vale?’’ Nos abrazamos y nos echamos a llorar como las dos buenas intensas que somos, dando por hecho en nuestras cabecitas que Pablo elegiría sí o sí a una o a la otra, sin contemplar todas las demás posibilidades que pudieran surgir.
Así, pasó cosa de un mes durante el que tratamos de mantener la normalidad, pero sufriendo en el momento en que veíamos (o creíamos ver) que Pablo se acercaba más a nuestra ‘’rival’’, y siendo las más felices del mundo si nos quedábamos a solas con él en la biblioteca o en la cafetería. Hasta que llegó su cumpleaños y quedamos todo el grupo con él para cenar y salir a celebrarlo, y Patri se sentó a su lado mientras que yo me senté en frente de mi amiga no sólo por hablar con ella, sino también para tener el panorama bien vigilado.
Total, que llegó el momento de los regalos. Casi todos habíamos puesto dinero y le habíamos comprado un set de su colonia favorita con gel de baño y demás, un par de frikadas de su serie favorita y una edición especial chulísima de su libro favorito. Tras abrirlo y darnos las gracias, la otra chica que estaba a su lado, Almudena, que no había puesto para el regalo común, le dio un sobre del que sacó dos entradas para ir a ver a su grupo favorito.
Pablo, al ver tremendo regalo, la abrazó y dijo: ‘’No iré al concierto si no me acompañas, mi vida’’, para acto seguido plantarle un pedazo de beso delante de todo el mundo. Giró y dijo: ‘’Bueno, supongo que ya lo sospechábamos, pero Almudena y yo llevamos unas semanas saliendo juntos’’.

Patri y yo por poco nos caemos de la silla, nos miramos atónitas y… nos echamos a reír como dos auténticas desquiciadas. A mí hasta se me saltaban las lágrimas, no sé si porque en el fondo estaba un poco disgustada, por la risa o por el peso que me acababa de quitar de encima. Cuando se nos pasó un poco el sofoco, nos dimos cuenta de que todos nos estaban mirando, pero Patri salvó la situación alzando su copa de vino y diciendo que proponía brindar por la pareja y que se alegraba muchísimo por ellos. Así que esa noche brindamos por el amor, pero también por la amistad.
Esa noche, durante la fiesta, Patri y yo lo dimos todo, bailamos juntas y con el resto del grupo, y aunque teníamos el corazón roto nos alegramos sinceramente por Pablo y por Almudena, porque ellos también eran nuestros amigos. Esa noche me di cuenta de que había elegido muy bien a las personas que formaban parte de mi vida, y a día de hoy, tanto Patri como la pareja (que ya es matrimonio) siguen en ella.
Por cierto, años después les contamos la historia y a día de hoy nos seguimos riendo con las mismas ganas.
Con1eme
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