Hasta que conocí a este tío nunca me había parado siquiera a pensar que hubiera nada malo en mis tetas. Todas las mujeres de mi familia por parte materna tenemos los pezones invertidos, es decir, hacia dentro completamente. En mi caso, solo se dignan a saludar un poquito cuando me excito muchísimo y algunas veces ni eso. Aun así, nunca he tenido problema ni complejo alguno con este tema, más allá de ser consciente de que no podré dar el pecho a mis hijos el día de mañana. Nada grave, vaya.
Por lo demás tengo un pecho bonito y bien puesto, no es por tirarme flores. Desde que empecé a tener relaciones, y mira que ha llovido, todos los chicos me decían que les encantaba mi pecho y nunca ninguno hizo siquiera un comentario sobre mis pezones. A no ser que fuera yo quien sacara el tema. Entonces me decían que me dejara de historias, porque no tenía nada de lo que avergonzarme. Y así iba yo por la vida, feliz con mis melones y su curiosa condición, hasta que llegó él.
Éramos del mismo barrio, así que nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y, aunque siempre hubo mucho tonteo entre ambos, nunca antes había pasado a mayores. Durante mucho tiempo nos limitamos a pavear cuando nos veíamos por ahí o vía redes sociales, donde no dejaba de decirme lo guapa que le parecía, las ganas que tenía de ver «ese cuerpazo desnudo»… Aun así, yo nunca daba el primer paso, no sé por qué, pero me ponía muy nerviosa, como una quinceañera. Nunca había sido una chica tímida para nada, pero le veía tan guapo que me parecía inalcanzable, alguien fuera de mi liga totalmente.
Hasta que un día coincidimos en las fiestas de mi ciudad, su grupo de colegas se juntó con el mío, nos tomamos algo, una cosa llevó a la otra y cuando quise darme cuenta ya nos estábamos liando. No me lo esperaba para nada, pero decidí dejar a un lado esa timidez que sentía cuando estaba a su lado y dejarme llevar, que pasara lo que tuviera que pasar. Y pasó. Cuando los besos empezaron a sabernos ya a poco y el cuerpo nos gritaba que necesitaba más, hicimos bomba de humo y nos escapamos a mi coche. Besitos en el cuello, manos por todas partes, él como un palote, vamos al asiento de atrás, le ayudo a quitarse la ropa, me pongo a horcajadas sobre él. Todo iba perfecto… hasta que me quitó el sujetador. Noté que me miró las tetas y puso una cara un poco rara, aunque cuando le pregunté qué pasaba me dijo que nada y siguió a lo suyo. Normalmente, cuando se las pongo en la cara, todos los tíos se lanzan sobre ellas como si fueran un manjar, pero él no. Era como si no pudiera dejar de mirarlas, pero no quisiera interactuar más con ellas.
Bueno, no tienen por qué gustarles a todo el mundo, no pasa ni media, pensé. Quise seguir como si no hubiera pasado nada, pero entonces me dijo, mientras lo hacíamos, «nunca había visto unos pezones como los tuyos, ¿qué les pasa?». Yo le quité importancia e intenté tomármelo con humor, le dije que estaban hacia dentro, que eran así, y que eran tan raras como yo. Cuando terminamos, di por hecho que la conversación sobre mis tetas se había terminado, pero nada que ver. Mientras nos vestíamos, él volvió a la carga. ¿Y no te importa tener los pezones así? ¿No se pueden sacar para que sean normales?, me preguntó.
Me sentí fea, pequeña. Nunca jamás me había ni siquiera parado a pensar en que mis tetas pudieran o debieran ser de otra forma. Le dije con un hilo de voz que nunca había tenido quejas de nadie y que se podía operar, pero que no veía necesario pasar por algo así por estética. Entonces se puso a decirme que me lo plantease, que serían más bonitas, que merecería la pena. Quise mandarle a la mierda, decirle que se bajase de mi coche y se fuera a operarse el pito, pero no me salió ni una sola palabra. Me quedé muda.
Lógicamente no he vuelto ni a dirigirle la palabra, pero desde entonces no veo mis tetas de la misma forma y no puedo evitar fijarme en ciertas partes en las que antes ni me paraba. Cuando estoy con un chico me adelanto y les digo lo que me pasa para que sepan con lo que se van a encontrar, no quiero que nadie me haga sentir mal con mi cuerpo otra vez.
