Hace cuatro meses mi marido se quedó sin trabajo. Jamás habíamos pensado que podríamos quedarnos sin empleo, ya que los dos éramos indefinidos, pero el cierre de su empresa nos abrió los ojos. Aguantamos dos meses solo con mi sueldo y sin tocar ahorros, pero decidimos que, hasta que encontrase otra cosa y llegando el buen tiempo, podríamos alquilar unos meses la habitación que nos «sobraba» para hacer frente a la hipoteca.
Pensábamos que sería más sencillo, pero, obvio, no teníamos licencia para que fuese «turístico» y así no estar atados a alquilarlo entre 1 y 5 años; solo queríamos pasar el bache. Intentamos poner anuncios dejando claro el tiempo máximo de estancia, pero éramos linchados o nos llamaban usureros.
Por si perder el trabajo no fuese suficiente para mi marido, a mi suegra le habían detectado unos meses antes cáncer. Nosotros vivimos cerca del hospital y en alguna ocasión se había quedado en nuestra casa para ir a las citas del especialista. Ella siempre ha vivido con su hija; de hecho, que la saquen de su zona de confort le altera muchísimo.
Cuando le indicaron que debía iniciar quimioterapia y, coincidiendo con nuestra búsqueda de compañero temporal de piso, propuso ser ella la que alquilase nuestra habitación. Sabía que estábamos buscando a alguien, así que sería la mejor forma de asegurarse una cama cerca del hospital para todas las citas que se le venían encima. Salió de ella pagar el coste completo de la hipoteca todos los meses que estuviese en nuestra casa.
Mi marido y yo lo hablamos muy detenidamente. Casado casa quiere, dice el dicho, pero tanto su madre como nosotros teníamos una necesidad y se suponía que esto tendría una fecha de fin. Sí que duraría más de lo que nosotros pensábamos alquilar, pero al fin y al cabo ella también lo necesitaba, por lo que así lo acordamos. En cuanto acabase la quimio y estuviese más recuperada, se volvería al pueblo con mi cuñada.
El primer susto vino con la mudanza. Mi marido le propuso ir a recogerla con el coche para traer lo que necesitase, que esperábamos que fuesen un par de maletas. Mi suegra contestó que no hacía falta, había contratado un camión de mudanzas para que se llevase todo.
En apenas una semana teníamos plantas nuevas, manteles nuevos, un organizador para las pinzas de la ropa, un recipiente específico para guardar ajos, otro para picarlos…
Lo peor es que no puedo quejarme porque es encantadora. Si aún fuese desagradable, tendría motivos para enfadarme, pero no es el caso. Es amable, cocina, limpia (cuando nadie se lo pide), pregunta si has comido, hace croquetas caseras suficientes y deja en el congelador para que, cuando se vaya, sigamos teniendo…
Aun así, la falta de intimidad cada día se nota más. Creo que, si me revisan, he vuelto a ser virgen. Que sí, que lo de «virgen» es una convención social, pero es que parece que tengo 16 años y tenemos que andar escondiéndonos de nuestros padres para solo poder meternos mano y poco más. A este paso vamos a acabar en el monte en un coche para echar un pinchito, porque tampoco podemos permitirnos otro plan mejor.
Hace un par de semanas mi marido volvió a conseguir trabajo. Quisimos salir a comer para celebrarlo. Aunque invitamos a mi suegra, prefirió quedarse en casa. Cuando volvimos, había aprovechado para reorganizar los armarios de la cocina y de nuestra habitación. «Es que ahora que vuelve a trabajar necesito tener yo todo más a mano, que me ocuparé de la casa».
Estas últimas semanas siento que hemos vuelto al cole. Tenemos la ropa planchada para ir a trabajar, el tupper listo y, cuando volvemos, la cama hecha y la cena preparada.
Mi suegra sigue insistiendo en pagarnos una parte para ayudarnos, aunque siento que ahora mismo tengo a una empleada doméstica que me paga para poder vivir con nosotros.
