He de decir que nunca he tenido una relación demasiado estrecha con mi abuelo materno. Me hubiera encantado recordarle como al típico anciano adorable, dulce y cariñoso aun con sus manías y sus cosas, como toda persona mayor. Pero mi abuelo no fue un viejecito enternecedor ni mucho menos, sino un hombre un tanto egoísta que siempre fue a lo suyo. Salvo los últimos años de su vida, supongo que alentado por la nostalgia, el arrepentimiento y el hecho de verse solo. Pero esto no siempre fue así; cuando mi abuela aún vivía la cosa era muy diferente.
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Se podría decir que mi abuela era la piedra angular de la familia, la persona más tierna y afectuosa que he tenido la suerte de conocer y la encargada de mantenernos a todos unidos. Siempre me he preguntado cómo aquella mujer, tan diametralmente opuesta a su marido, podía quererle tanto, pero sobre todo, cómo fueron capaces de convivir felizmente durante tantos años. Y es que, a pesar de que mi abuelo no fuera nunca la alegría de la huerta precisamente, quería a mi abuela con todo su corazón. Tanto, que cuando finalmente enviudó, ese carácter un tanto hosco que le había caracterizado siempre, terminó por agriarse y se convirtió en un hombre gris y antipático.
La muerte de mi abuela fue un palo muy duro para toda la familia, ya que le diagnosticaron una grave enfermedad siendo todavía muy joven. No fue fácil asumir que la vida se le escapaba sin que pudiéramos hacer nada, sólo sentarnos a esperar y contemplar cómo, poco a poco, aquella mujer tan vital y risueña se iba apagando. Llevábamos mucho tiempo tratando de hacernos a la idea y, aunque su fallecimiento no fue una sorpresa, uno nunca está preparada para decir adiós a un ser querido. Se marchó una mañana de Navidad y desde entonces nada volvió a ser lo mismo.
Recuerdo que cada domingo, salvo fuerza mayor, mis hermanos, mis padres y yo íbamos al cementerio a «visitar» a mi abuela. Mi madre limpiaba el nicho, le cambiábamos las flores cuando empezaban a ponerse feas y le decíamos lo mucho que la necesitábamos. Al principio mi abuelo nos acompañaba, aunque la mayoría de veces prefería ir solo y nosotros lo entendíamos. Sin embargo, con el paso del tiempo, esas visitas se fueron espaciando hasta que, finalmente, dejó de ir. Mi madre se molestó mucho, pero nosotras tratábamos de quitarle hierro al asunto esgrimiendo que cada uno pasaba el duelo como podía o como sabía.
A pesar de nuestros intentos por aplacar la incredulidad de mi madre, la apatía de mi abuelo algunas veces era sorprendente. No sólo dejó de visitar a mi abuela, sino que poco después de cumplir el año de viudo, se echó una nueva novia y empezó a viajar como si le fuera la vida en ello. Por supuesto, entendíamos que aquello era preferible a que estuviera depresivo, pero a todos nos parecía muy precipitado. Era como si para él su mujer nunca hubiera existido y, de golpe y porrazo, sus hijos y sus nietos tampoco. Así que nuestras vidas continuaron al margen de la de mi abuelo sin éxito.
Una mañana, varios años después, mi hermano y yo fuimos al cementerio a cambiar las flores de mi abuela, sin saber que nos íbamos a llevar una sorpresa que ni en un millón de años habríamos llegado a imaginar. En el lugar donde, durante años, había estado el nicho de nuestra abuela, había un hueco vacío. Estuvimos dando vueltas durante un rato, pensando que quizá nos habíamos equivocado de pasillo, pero no. Ya no estaba allí. Nos informaron de que el alquiler del nicho ya había expirado al llegar a los diez años y que al preguntar al familiar más cercano si quería renovar el alquiler, éste le había dicho que no.
Cuando preguntamos dónde estaban los restos de mi abuela, nos comunicó que el procedimiento habitual en esos casos era llevar las cenizas a una fosa común. Nos costó un tiempo entender lo que aquella mujer nos estaba diciendo. Mi abuelo no había querido saber nada de los restos de mi abuela y le había parecido estupendo que sus cenizas terminasen en el osario del cementerio, junto a otras personas totalmente desconocidas, sin ni siquiera consultarnos antes de tomar aquella decisión.
Como os podéis imaginar, desde entonces la relación de mi madre y mis tíos con mi abuelo fue prácticamente nula. Hasta muchos años después, no pudieron perdonarle que se deshiciera con tanta frialdad de los restos de mi abuela, como si nada, como si sus hijos no tuvieran nada que decir al respecto y, una vez más, como si nunca hubiera existido.