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Tengo un problemita. Una adicción. Y dicen que el primer paso para superar una adicción es confesarlo, aunque, en el fondo, no sé si quiero superarla. En fin, confieso: soy adicta a las películas de Navidad.

¿Sabéis esas películas chorras, romanticonas, sentimentalonas, en las que la prota es una ejecutiva que tiene que ir a un pueblito en plena temporada navideña y se queda atrapada allí por motivos varios, y conoce a un bello lugareño que le enseña a volver a disfrutar de la Navidad, y renuncia a todo y se queda con él? Pues esas.

Es mediar octubre y empezar a proliferar por todos los canales. Incluso en alguna plataforma de streaming hacen canales temporales de temática navideña. Y yo pierdo el sentido y la razón.

 

Que ya me dirás tú el súper trabajazo que hay detrás de todos los argumentos de estas pelis. Una complicación de guiones de comerse el coco. Que siempre es el mismo, parecen calcomanías las unas de las otras. Y qué decir de las increíbles actuaciones de los actores, que te convencen y te remueven por dentro… No, no son películas de Oscar pero, chica, que me llenan a mí el tanque de las endorfinas que da gusto. Y me provoca un estado de paz mental inmejorable. Durante el rato que dura, se me olvidan todo el estrés y los dolores de cabeza.  

Llega el viernes por la tarde a la hora de plegar y me voy directa a mi casa. Me pongo mi pijama pelele peluchoso. Me hago la cafetera más grande que tengo. Pillo mi súper manta navideña, me apalanco en el sofá y enciendo la tele, dispuesta disfrutar de mi placer inconfesable. He llegado a crear un ránking de pelis en las que las puntúo y ordeno según mi preferencia y gustos. Durante la semana, busco información sobre nuevas pelis que ver de esta temática. Para no tener que perder el tiempo buscando cuál debo ver. Y de vez en cuando me vuelvo a mirar alguna de mis preferidas.

Me ha pasado en más de una ocasión que no he tenido necesidad casi de levantarme del sofá en todo el fin de semana. Incluso me ha dado la hora de dormir y he seguido allí, disfrutando de mis días de fiesta. 

He de confesar que he llegado a cancelar planes, porque he decidido que me apetecía más estar en mi sofá viendo ese tipo de pelis que ir a socializar fuera de mi casa. ¿Ir al cuarenta cumpleaños de una prima lejana a la que sólo veo un par de veces al año? ¿A una reunión del cole de antiguos alumnos, que sólo montan para chafardear y criticarse los unos a los otros? ¿Al concierto de Navidad del coro de gospel en el que hace ver que canta el soso de tu cuñado? ¡Venga ya! Yo me quedo en casa con mis pelis y más feliz que una perdiz. ¿Quién necesita poner buena cara como mandan las normas de la sociedad si puedo estar solita y tranquila?

Para mí no es un problema grave. No hago daño a nadie, ni molesto.

Sí, puedo reconocer que tengo una adicción. Me encanta mirar pelis de Navidad pero creo que hay taras más vergonzosas que lo mía pululando por ahí, así que no creo deba sentirme excesivamente culpable. Además que, dicen las “malas lenguas” que somos unas cuantas adictas, ¿verdad?