Mi mejor amiga y yo tenemos una tradición: ella me invita todos los años a un viaje por mi cumpleaños, ella paga el billete y el alojamiento y yo pago la comida y los gastos que surjan en el viaje. Esta tradición comenzó hace 10 años, ella siempre ha sido una trotamundos y casi todos los fines de semana se va fuera de la ciudad, a Europa o a otras partes de España; además, cuando empezamos a hacerlo, ella tenía un buen trabajo, pero yo no, así que la única manera de que yo fuera a esos viajes era que me invitara. Con el paso de los años yo he conseguido un buen trabajo y una estabilidad, así que ya no es necesario que me invite, pero mantenemos la tradición, con la diferencia de que cuando llega su cumple yo puedo hacer lo mismo.
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El caso es que a ella le encanta planificar esos viajes y es bastante mandileta: a dónde vamos a ir, cuándo, cómo, qué vamos a ver, dónde vamos a dormir… Y además de todo eso resulta que es una rata. Tiene especial predilección por conseguir todo lo más barato posible. Y cuando digo todo es todo: en los aviones vamos separados porque no quiere pagar los 2€ que le cuesta que vayamos sentados juntos; si podemos comer un pincho y con eso estar todo el día mejor que mejor (aunque esa parte del viaje la pague yo); si tenemos que alquilar un coche siempre es el más roñoso; y, por supuesto, donde mejor demuestra su espíritu de rata es: ¡en los alojamientos!
No os vayáis a pensar que yo soy un sibarita, todo lo contrario, la verdad es que me adapto a lo que sea y me da lo mismo dormir en una suite del Ritz que en un banco del parque, pero también es verdad que ya no tenemos 18 años y mucho afán de aventuras ni somos pobres como las ratas como lo éramos antes. No os voy a decir que nos podamos permitir dormir 10 días seguidos en un hotel de lujo, pero un fin de semana en uno estándar sí que podemos y más que de sobra. Los dos tenemos, gracias a la vida, muy buenos trabajos y lo otro que tenemos son casi 40 años y dolores de espalda, rodillas, lumbago, una vida cansada, etc. Si después de todo un día de patearnos una ciudad desconocida podemos descansar por la noche en la cama de un lugar limpio y tranquilo, lo cierto es que lo agradezco mucho.
Pero ella no lo ve así. Encuentra mucho gusto en conseguir chollos, así que en cada viaje dormimos en uno de esos «chollos». Esto suele significar en un albergue en el que dormimos en literas enanas y compartimos habitación con otras 6 personas; por supuesto con un baño compartido para una planta entera en la que a lo mejor hay 20 huéspedes. Esto en el mejor de los casos, porque hemos dormido en cuevas, habitaciones en barracones, en bloques a medio construir…un show.
Lo que más me fastidia no es que nos alojemos en estos lugares, como he dicho antes yo me adapto a todo, y tampoco es que sean el infierno, se puede descansar con ciertas incomodidades que por dos días no me van a suponer un problema. Lo peor de todo es que en todos y cada uno de los viajes ella no para de quejarse de lo cutre del alojamiento, de que cómo es posible que la gente tarde tanto en ducharse, de que ha tenido que esperar más de media hora para entrar al baño, que la gente es una guarra, que no puede dormir por los ronquidos de los demás o porque se quedan hablando…
¿Pero qué esperabas? Le digo yo siempre, somos muchos en muy poco espacio, estás pagando un precio irrisorio, blanco y en botella. En su cabeza cree que va a pagar 10€ y a estar como una reina. En este último viaje, en el que fuimos a Bulgaria, no paró de quejarse todo el tiempo, yo ya no podía más, así que le dije que el próximo lo pagábamos a medias, pero que hiciera el favor de no ser tan cutre y por lo menos pagar una pensión con habitación y baño propio. Me dio la razón, pero no termino de tenerlas todas conmigo…ya os contaré en qué queda nuestra próxima aventura.