Durante mucho tiempo pensé que mi amiga era una de las personas más feministas que conocía.
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Compartía publicaciones sobre igualdad, criticaba los estándares de belleza imposibles y defendía constantemente que las mujeres no deberían ser juzgadas por su aspecto físico (entre otras mil cosas). Por eso me quedé completamente en shock el día que descubrí que tenía un Excel (no sé si material o mental) secreto donde puntuaba a las personas que conocía.
Y cuando digo puntuaba, hablo literalmente de poner notas: «Un 5, un 7, un 8,5»
Al principio pensé que era una broma. Pero no…no lo era.
Tenía clasificados a los compañeros de trabajo, conocidos, amigos e incluso personas que apenas había visto una vez. Lo más llamativo es que las mujeres ocupaban gran parte de sus comentarios. Analizaba el físico, la ropa, la forma de hablar, la simpatía y hasta el potencial que creía que tenían para resultar atractivas a los demás.
Al principio pensé que tenía hasta un excel, porque ella tenía las categorías tan definidas y tenía una capacidad de sacar notas media que daba hasta miedo. Con el tiempo me fui dando cuenta de que todo esto parecía estar en su cabeza, no sé, era todo un poco raro… Tener esa capacidad de puntuar a las personas y tener tan claro lo que vale cada mujer según sus propias exigencias…
Recuerdo escuchar frases como «Esta chica es un seis, pero gana puntos porque es muy divertida» o «Esta otra sería un nueve si se arreglara un poco más»
Pero la cosa iba todavía más lejos: A veces comparaba a las personas con marcas de coches.

Una chica especialmente atractiva era un Ferrari, otra podía ser un utilitario básico tipo «yaris»… En serio, un escándalo de moralidad la de esta persona.
Lo más inquietante no era el Excel en sí, sino la naturalidad con la que hablaba de ello. Había terminado reduciendo a las personas a una cifra, como si el valor humano pudiera resumirse en una nota o en una categoría.
Y ahí fue cuando empecé a cuestionarme algo: ¿No era precisamente eso lo que tantas veces criticábamos?
Porque el feminismo, al menos para mí, nunca ha consistido en que las mujeres puedan juzgar a otras mujeres igual que históricamente las juzgaron los hombres. Tampoco consiste en cambiar quién sostiene el marcador, la batuta o que ahora seamos nosotras las que nos destruímos.
La cuestión es dejar de puntuar a la gente.
Dejar de decidir cuánto vale una persona según su físico, su edad, su atractivo o su capacidad para encajar en determinados estándares.
Lo curioso es que mi amiga estaba convencida de que era una persona profundamente feminista. Y quizá lo era en muchos aspectos. Pero aquella obsesión por clasificar a los demás me hizo entender que repetir una idea no significa haberla interiorizado.
Porque da igual quién tenga el Excel.
Mientras sigamos convirtiendo a las personas en números, seguiremos viendo seres humanos donde algunos solo ven puntuaciones.