Cuando tuve un trabajo estable, empezó a picarme la curiosidad y aquello de tener más  independencia era algo que cada vez me llamaba más la atención. Era obvio que vivir  bajo el mismo techo que mis padres tenía sus ventajas y, aunque siempre he tenido muy  buena relación con ellos, sentía que aquellas cuatro paredes se me quedaban pequeñas.  Veía cómo mis amigas entraban y salían cuando querían, hacían sus pequeñas  fiestecillas, decoraban a su gusto, invitaban a quien les daba la gana…Decidí que ya tenía una edad y necesitaba salir ahí fuera y vivir mi vida lejos de las faldas de mi madre. 

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Como es lógico, no podía permitirme alquilar un piso para mí sola, así que no me quedó  más remedio que recurrir al alquiler de una habitación. Después de visitar auténticos zulos de pesadilla a precios desorbitados, encontré un piso no muy lejos de mi barrio de toda la  vida que no estaba nada mal. La única pega que le encontré es que el casero vivía en  aquel piso y era un chico algo mayor, pero cuando nos conocimos en persona, enseguida  me dio muy buen rollo. El resto de compañeras de piso eran otras dos chicas de mi edad  con las que hice piña desde el principio. A juzgar por las experiencias de mis amigas,  pensé que a mí me había tocado la lotería. 

Mis dos compañeras y yo nos llevábamos muy bien y casi nunca había problemas por la  limpieza, el ruido o el pago mensual. Además, nuestro casero era un tío muy enrollado y  casi nunca estaba en casa, así que teníamos cierta libertad que nosotras agradecíamos.  Los meses pasaron y no tenía ninguna queja, hasta que notamos que el casero, al que llamaremos Daniel, estaba muy raro. De no parar por casa, pasó a no salir de su  habitación, pero pensamos que tendría algún problema personal o que estaba enfermo.  No quisimos insistir demasiado porque de la noche a la mañana, aquel chaval tan majete  y despreocupado se había convertido en una persona con unos cambios de humor  alucinantes. 

Tan pronto nos gritaba sin razón o le molestaba cruzarse con nosotras en cualquier parte  de la casa, como ponía la música a todo trapo y se ponía a bailar en medio del salón. No  entendíamos nada hasta que lo entendimos todo. Resulta que Daniel era consumidor de  drogas duras. Supongo que se cansó de esconderse y un día empezó a consumir delante  

de nosotras: restos de cocaína en la mesa del comedor, papelinas tiradas por aquí y por  allá… No queríamos meternos, porque era su casa, pero aquello empezaba a ser muy  violento. Sin embargo, todo cambió el día en el que encontramos una jeringuilla junto a la  taza del váter. 

En aquel momento, mis compañeras y yo empezamos a buscar otras casas con la idea de largarnos cuanto antes. Lo malo no era que Daniel fuera consumidor, sino que su carácter afable se tornó violento e impredecible y empezamos a tenerle miedo. Supongo que  inducido por las drogas, nos gritaba cosas sin sentido, rompía todo cuando había en su  camino, nos amenazaba y la casa cada vez estaba peor. Cuando todas hubimos  encontrado nueva casa, le avisamos con el tiempo que correspondía que nos  marchábamos, esperando una reacción agresiva por su parte. Y no nos equivocamos. La  discusión llegó a un punto que los vecinos llamaron a la policía. 

La policía logró calmarle y poco después se marcharon, dejándonos con él, ya que  parecía estar muy tranquilo. No sabíamos la que se nos venía encima. Aquella  madrugada, mientras las tres dormíamos, Daniel prendió fuego a su colchón y lo sacó al  pasillo, frente a las puertas de nuestras habitaciones. Después, salió de casa y cerró con  llave. Cuando me despertaron los gritos de una de mis compañeras, salté de la cama y vi  cómo el humo entraba por la rendija de la puerta. Las llamas llegaban casi al techo y no  había forma de apagarlas. El humo ya empezaba a colarse por nuestras gargantas, que  no paraban de toser. Era imposible atravesar el pasillo. Cuando pudimos reaccionar,  muertas de miedo, saltamos por la ventana de mi habitación que daba a la terraza y de  ahí, al salón y a la puerta de la calle. No podíamos abrir, algo atascaba la cerradura.

Recuerdo que nos echamos a llorar como tres niñas, sin saber qué hacer. El fuego ya se  había extendido y el humo era asfixiante, así que corrimos a la terraza a pedir ayuda. Los  vecinos llamaron a los bomberos e intentaban tranquilizarnos, pero el pánico que  sentíamos era indescriptible: la llamas ya casi nos rozaban y respirar era cada vez más  difícil. Por suerte, a pesar del miedo, como pudimos, saltamos a la terraza del vecino de al lado, que en aquel momento no estaba en casa. En unos minutos que para nosotras  fueron eternos, llegaron los bomberos, que nos sacaron de allí con una grúa.  

La policía nos dijo que habían detenido a Daniel, le habían encontrado por los  alrededores de un hospital quemando unos cubos de basura. Cuando denunciamos los  hechos, nos dijeron que los cargos a los que se enfrentaba eran más serios de lo que  nosotras mismas creíamos. Finalmente, fue condenado a trece años de prisión por intento de homicidio con alevosía, resistencia a la autoridad, agresión contra un agente de policía y daños a la propiedad privada, entre otros.