Nunca solemos coger las vacaciones en verano, pero nos parecía una buena idea hacer una ruta en coche por el Norte para disfrutar del fresquito. Teníamos ya todo preparado: depósito lleno, coche cargado con tienda de campaña, sacos, provisiones… y nos acostamos pronto para el madrugón.
Sobre las tres de la mañana, nuestro gato comenzó a hacer unos ruidos de respiración muy raros. Nos despertó de madrugada incluso por encima de nuestros ronquidos. ¿Qué le pasa? Nunca se pone malo y tiene las vacunas al día. Probamos con aire fresco y con el aire acondicionado, pero nada funcionaba. Fuimos al veterinario de urgencia 24h y, sorpresa: cerrado por vacaciones.
A las 09:00 estábamos como un clavo en su veterinario habitual. Tras la exploración, nos dijeron que debía quedarse en observación. Pensamos que sería una tontería y que solo pospondríamos las vacaciones un día… ilusos. Antes del mediodía nos llamó el veterinario: había que operar. Una partícula extraña había entrado por la vía urinaria y le estaba afectando a los órganos. Obviamente, cancelamos todo; nuestro gordo peludo nos necesitaba.
La operación salió bien, pero tras 24 horas en casa aún no había orinado. Lo llevamos corriendo de nuevo. Al parecer, debido a la arena barata que usábamos (error que no volveremos a cometer), otra partícula había entrado por la vía urinaria. Había que volver a operar y, al ser tan seguidas ambas intervenciones, el veterinario nos dio la solución definitiva: tendríamos que despedirnos de su pene. La forma más segura de que no volviese a pasar era convertir su conducto en una vulva.
¿Habíais escuchado alguna vez que un gato es médicamente trans? Nosotros tampoco. Nos fuimos a casa con la mayor cara de incredulidad jamás vista.
Después de esta operación, y hasta ahora que ya han pasado cinco años, nuestro gato no ha vuelto a tener un susto. Ahora compramos la mejor arena del mercado porque escarmentamos por las malas. Muchas veces bromeamos con la situación y con su nombre, ya que pasó de ser Thor a ser Thortilla.