Fue en las Navidades pasadas. Después de mucho tiempo sin conseguir vacaciones en esas fechas, pude ir a casa a pasar unos días. Hacía casi cinco años que no iba a casa por Navidad y estaba muy ilusionada. Mis padres se habían ido a nuestra casa en el campo. Teniendo en cuenta que nos íbamos a juntar todos: mi hermana con su marido y sus dos niños, mi abuela, mi marido y yo, necesitábamos más espacio. Ellos llevaban allí un par de días, aprovechando para limpiar y preparar las cosas. Yo iba a ser la primera en llegar con ellos, así que mi madre me pidió que pasara por la casa donde vivían habitualmente para recoger algunas cosas.

Así lo hice. Fui a la casa donde me crié, recogí algunos regalos que habían dejado allí, cosas para cocinar y algunas bolsas con decoración navideña. Me encantaba aquel lugar. Más que una casa era una especie de cortijo, pero muy bien equipado. Tenía una gran chimenea en el salón, todo en estilo rústico y varias habitaciones. El salón era enorme y allí teníamos una gran mesa donde cabíamos todos y varios sofás para pasar el resto de la velada.

En el exterior había un terrenillo con árboles frutales, una zona de huerto que, para ser tan pequeña, daba bastantes alegrías y un gallinero. Cuando llegué y saludé a mis padres, me puse manos a la obra, siempre hay cosas que hacer allí. Solté las cosas que había recogido y las que yo llevaba de casa, y me fui a ayudar.

Unas horas más tarde, llegó mi hermana con su marido y sus hijos. Nos pusimos todos a preparar cosas para la cena y la comida del día siguiente. Mi madre, como era tradición, decoraba el árbol de Navidad con mis sobrinos mientras mi hermana y yo recogíamos la cocina. Era un momento maravilloso, idílico. No es que seamos la familia más unida del mundo, pero disfrutamos de estar juntos. Supongo que el hecho de vernos de higos a brevas también tiene algo que ver. Pero bueno, sea como sea, todo estaba saliendo de lujo.

Al día siguiente, ya en vísperas de la Nochebuena, mis padres habían invitado a unos vecinos del campo a comer. Los conocíamos de toda la vida, eran prácticamente familia. Preparamos la mesa, servimos los entrantes y cuando me fui a sentar a comer, frente a mí, el árbol de Navidad lucía espectacular, perfectamente decorado. Al fijarme bien, me dio la sensación de que una de las decoraciones me sonaba. Desde donde estaba, y como soy algo miope, no me di cuenta al principio. Seguí comiendo un poco mosqueada, pensando que, sin duda, la vista y el reflejo de la luz me habían gastado una mala pasada. Mi hermana, que se dio cuenta de que algo me perturbaba, me hizo un gesto para saber qué me pasaba. Le señalé disimuladamente el árbol con la mirada y cuando se dio cuenta de cuál era el motivo de mi inquietud, se sorprendió tanto que casi escupió la cucharada de sopa que se acababa de meter en la boca.

Todos en la mesa se alertaron con su reacción, pero ella solo dijo que le había dado un golpe de tos. Pero no era la tos la que le había hecho escupirme encima media sopa, eran mis bolas chinas que colgaban del árbol de Navidad justo enfrente de nuestras caras. Eran unas bolitas unidas por un hilo con brillitos de colores que mi hermana me había regalado por mi cumpleaños. La verdad es que las había dejado en la maleta y ni siquiera las había estrenado. Yo solía usar unas de silicona para fortalecer el suelo pélvico, pero esas las había dejado en casa. No tenía ni idea de cómo las había encontrado mi madre, ni mucho menos cómo se le había ocurrido colgarlas allí.

En ese momento, no dije nada. Mi hermana se lo contó a su marido, que se moría de la risa. Mi madre nos veía susurrar y se estaba empezando a mosquear, y obviamente, yo no iba a decirle delante de la gente que lo que había colgado en el lugar de honor del árbol de Navidad eran unas bolas chinas.

Pasados los primeros minutos de sorpresa y desconcierto, decidí esperar a que se fueran los vecinos para quitarlas del árbol y explicarle a mi madre que aquello no era decoración navideña. Todo se quedaría en una anécdota graciosa, nada más.

Lo que no me esperaba era que mi vecina, una mujer muy graciosa pero un poco entrometida, se levantara antes de que hubiéramos llegado al café, se acercara al árbol de Navidad y empezara a observar las bolas de cerca. En ese momento casi me dio un infarto. A mi hermana se le saltaron las lágrimas intentando contener las carcajadas.

Mi vecina cogió las bolas chinas mientras le preguntaba a mi madre de dónde había sacado aquello. Le dijo que nunca había visto unas bolas así. Mi madre le contestó que las había comprado yo, que serían «decoración de esa moderna» que les gustaba a las pijas como su hija. Yo no quise responder y la mujer empezó a preguntarme dónde había comprado aquellas bolas, cuánto valían y si habría en Amazon. Yo me hice la loca y le dije que no recordaba dónde las había comprado y que no sabía si las podría encontrar por internet.

En ese momento, la mujer pareció satisfecha con la información y volvió a sentarse. Yo respiré aliviada. Estaba deseando quitar esas bolas de ahí. Pero todavía no había terminado mi calvario. No habían pasado ni quince minutos cuando la buena señora se volvió con el móvil hacia mí. Había estado buscando las bolas en Amazon y me dijo que «ponía bolas con hilo para Navidad», pero que no las encontraba.

En realidad, en ese momento no sabía qué contestar, pero tampoco es que me diera tiempo. Mi abuela, que había estado comiendo sin decir nada casi toda la tarde, en ese momento miró a la vecina muy seria y, como quien no quiere la cosa, le soltó: «prueba a poner bolas para el chocho. Ya verás cómo así te salen». La cara de la vecina fue un poema. Yo estaba flipando. Miré a mi abuela, que había vuelto a lo suyo como si lo que hubiera soltado no hubiera tenido importancia, y mi hermana no aguantó más y empezó a reírse tan fuerte que casi se cayó de la silla.

Y así fue como mi madre descubrió que hay bolas que no son para colgarlas en el árbol de Navidad, aunque tengan brillitos, y como todos los demás comprendimos que mi abuela sabe más de lo que parece. Lección navideña: no siempre las cosas son lo que aparentan.

Lulú Gala