MI MADRE ME ENCUENTRA EL VIBRADOR

Soy una mujer relativamente joven, autónoma, empoderada, que, después de un desengaño amoroso, vive sola en su pisito de dos habitaciones. Con un presupuesto un poco achuchado, pero suficiente como para sentirme respetablemente libre y no depender de nadie. Y la verdad, es que estoy reencontrándome conmigo misma y aprendiendo a disfrutar de esta soledad que cada vez me gusta más.

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Trabajo, voy al gimnasio, quedo de vez en cuando con mis amigas y visito a mi familia. Y si algún día tengo una comezón física, tengo en el cajón de mi mesilla un “manolo” para aliviar el estrés, que me regalaron hace ya mis amigas, puesto que creo que aún no estoy preparada para volver a compartir mi intimidad con nadie.

Así que, por ahora, tengo una vida tranquila y completa que me satisface.

El domingo pasado fui a comer paella a casa de mis padres, con toda la familia. Está mal presumir pero mi madre hace la mejor paella que he probado nunca. Después nos plantó un pastel de queso casero y cuando ya estábamos por el café, nos cuentan que quieren pintar la casa, pero como están ya mayores, van a contratar a unos profesionales. 

Pues nos parece muy bien, porque ya tenéis una edad y para qué queréis ahorraros el dinero, lo que tenéis que hacer es gastároslo en vuestras necesidades.

Pues que el pintor con el que han hablado les ha dicho que, para cuadrar el encargo con su calendario, tendrían que hacerlo todo del tirón en tres días, pero que para eso es mejor que no haya nadie en la casa.

Pero que no saben dónde ir, porque el hotel más cerca que hay de su casa, no les gusta.

Uy, esto huele a pequeña encerrona.

Mi hermana enseguida les dice que ella estaría encantada de tenerlos en su casa, pero que con los niños y los perros, iban a estar muy agobiados todos juntos y no les quiere hacer pasar ese mal trago. Y entonces se giran a mirarme todos a mí, mi madre con los ojitos como el gato de Shrek.

Ya decía que yo, que hubiese mi tarta de queso favorita sin ser mi cumpleaños no era muy normal.

Y qué le voy a hacer, si son mis padres, me lo han dado todo y han estado para mí siempre.

Bueno, pues nada, veniros a mi piso. No queremos ser ninguna molestia. No, mujer, ya nos apañaremos, aunque tengamos que hacer turno para ir al baño.

Pues nada, a la semana siguiente se presentan mis padres con una maletita. Como ya son mayores, les cedo mi habitación, con dolor de mi corazón, y yo me voya al estudio, a dormir en el sofá cama que tengo para los invitados. No es muy cómodo, pero para tres días, digo yo que me servirá.

Respiro profundo, pensando en mi adorada soledad, y les ayudo a instalarse.

El primer día, cuando me levanto para ir a trabajar, me encuentro que mi madre está levantada y me ha preparado el café. Mujer, no hacía falta. Claro que sí, encima que nos dejas tu casa. He pensado que hoy te voy a limpiar la cocina. Mama, no es necesario, no venís a trabajar. Mujer, si no me cuesta nada y así te quito la suciedad de armarios y azulejos. Vaya, eso ha sonado a crítica velada. Bueno, mami, haz lo que quieras, pero no te canses. 

Cuando llego por la tarde de trabajar, la cocina reluce, sí, pero está casi todo cambiado de sitio. ¿Qué habéis hecho? Nada, mujer, es que lo tenías todo muy mal puesto. Ahora sí que tienes una cocina lógica. ¿Lógica? Sí, con las cosas en su sitio. Respiro profundo, cuento hasta diez y sonrío, pensando que ya sólo quedan dos días más y que después ya pondré las cosas en el sitio que a mí me gustan. Que al fin y al cabo son mis padres y ellos sólo quieren lo mejor para mí.

Esa noche duermo bastante mal. No paro de darle vueltas en mi cabeza a un tema del trabajo y, en consonancia, no paro de dar vueltas en el sofá cama, consiguiendo que se me claven todos y cada uno de los muelles. Me levanto medio cabreada y con todo el cuerpo dolorido. Mi madre vuelve a estar despierta y con el café pero en lugar de alegrarme sólo puedo pensar en qué se le ocurrirá cambiar en mi casa hoy. Intento disuadirla de la manera más “polite” que puedo pero creo que, mientras que dice que sí con la cabeza, no me está escuchando, que ya ha planeado lo que van a hacer hoy y nada ni nadie se lo va a impedir. Decido que es inútil luchar contra los elementos y me pego una ducha rápida y me largo al trabajo. Lo que tenga que ser, será, ya me lo encontraré cuando vuelva de trabajar.

A media mañana, estando en una reunión, entra una llamada en mi móvil. Por suerte está en modo vibración. Es mi madre. No lo cojo. A los cinco minutos, el móvil vibra de nuevo, es mi madre otra vez. Le cuelgo, a ver si pilla ahora la indirecta. Pero, a los dos minutos vuelve a llamar y me preocupo. A ver si les está pasando algo. Me disculpo y salgo de la sala de reuniones.

Mamá, qué pasa.

Es que estamos arreglando tu habitación. El papa se ha caído, os habéis hecho daño. Qué, no, por qué.

Si se ha roto algo, no pasa nada, ya lo arreglaremos. No, no, no se ha roto nada.

Entonces, qué pasa, mama, Porque estoy en medio de una reunión y me has llamado tres veces.

Es que… A ver cómo te lo digo… Diciéndolo. Pues que tenías la cama mal puesta. ¿Perdona? Pues que la cama tiene que estar en la otra pared, encarada a la ventana, para que circulen bien las energías y el sueño sea reparador. Mama, qué me estás contando. Nada, mujer, la cama ya está cambiada. Pero al mover la mesita, se ha salido un cajón y se ha caído todo por el suelo. Que me he puesto a recoger yo y el boli ese gordo que tienes se había ido rodando debajo de la cama. Y lo he sacado y no sé cómo limpiarlo, antes de volver a guardarlo en el cajón. Qué boli. Sí, uno muy grande y gordo. De color lila, mujer. Mi cerebro cansado y embotado hace clic.

  Ay, que ya sé qué “boli” gordo debe ser y me entran los sudores. Mama, déjalo en el cajón y ya. No, mujer, que yo te lo limpio, que se ha caído al suelo y ese boli debe tener que estar limpio para que escriba bien, ¿no? Digo yo, porque yo no he escrito nunca con ese tipo de bolis.

¡Mamá! Que lo dejes en el cajón, por el amor de Dios. Ya lo limpiaré yo esta tarde, que ahora mismo, como comprenderás, no tengo que escribir ninguna carta. Vale, hija, como tú digas, yo sólo lo decía por ayudar.

Cuelgo y me voy un momento al baño para desacalorarme antes de volver a la reunión.

Cuando llego por la tarde a casa, veo que mi madre ha cocinado mi plato favorito para cenar y también ha hecho pastel de queso. La habitación está completamente del revés. Evitamos mirarnos a los ojos, porque nos da apuro a las dos. A mi padre lo veo igual, creo que mi madre no le ha dicho nada.

Les digo que me voy a cambiar y cierro la puerta de la habitación. En el cajón de la mesita, envuelto en papel de wc y dentro de una bolsa del Mercadona, está mi pobre Manolo. O el boli gordo, según mi madre. En fin.

La tarde pasa rápido y cenamos de maravilla y nos vamos a dormir. Me consuelo sabiendo que mañana volveré a recuperar mi intimidad. Y puede que lo celebre lavando a Manolo y sacándolo a dar un paseo. ¿Y por qué no? Este estrés familiar hay que rebajarlo de algún modo.

 

Morticia Adams

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