Mi mejor amiga y yo nos conocemos desde que éramos unas crías con las rodillas peladas y cero conciencia de que el mundo iba a venir después a darnos una hostia con la mano abierta. Fuimos creciendo juntas y en plena adolescencia, nos tocaron dos boletos de la tómbola de los complejos que nadie quiere ganar.

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A mí me tocó engordar.

Engordar en modo personaje secundario de serie española al que todo el mundo define por su cuerpo antes de aprenderse su nombre.

Pasé de ser una niña normal a ser la gorda.

La gorda de clase.
La gorda simpática.
La gorda graciosa.
La gorda que caía bien.
La gorda que daba consejos amorosos a sus amigas mientras a ella no la miraba ni el apuntador.

Una maravilla todo. Muy edificante.

A mi mejor amiga le diagnosticaron alopecia areata.

Hablo de quedarse calva. A veces sin cejas, sin pestañas, sin patillas, sin un pelo en ningún sitio del cuerpo.

Las dos lo pasamos fatal. Cada una con lo suyo, cada una con su drama, cada una con su espejo convertido en enemigo público número uno.

Y aquí quiero dejar algo claro antes de que venga la brigada de “no compares sufrimientos” con el silbato en la boca: no estoy diciendo que una cosa sea peor que la otra. No estoy haciendo las Olimpiadas del complejo femenino. No hay medalla de oro para la que más ha llorado en un probador. Simplemente estoy contando algo que, con 35 años, me parece bastante revelador.

Porque sobre el papel las dos teníamos “algo” que la sociedad no considera atractivo en una mujer.

Una mujer gorda.

Una mujer calva.

Dos cosas que nadie quiere que le pasen. Dos cosas que te sacan de lo normativo. Dos cosas que, según el manual no escrito de la feminidad aceptable, te convierten automáticamente en menos deseable.

Pues bien.

Adivinad quién se comía los mocos con patatas deluxe y quién ligaba como si tuviera un cupón VIP para los hombres guapos.

Correcto.

Yo era el combo mocos + patatas.

Ella era Beyoncé con su peluca.

Cuando entramos en la universidad mi amiga empezó a usar pelucas. Y como ella ya era guapísima de base, porque lo era, aquello funcionaba. También digo una cosa: yo también era guapa. Lo digo porque parece que si una gorda cuenta algo sobre ligar tiene que empezar pidiendo perdón por existir y aclarando que no pretendía gustarle a Brad Pitt. Pues no. Yo era guapa. Soy guapa. Otra cosa es que el mundo tenga la profundidad emocional de una cucharilla de café.

Mi amiga empezó a salir con el guapo de clase.

Luego con el de la universidad que tenía grupo de música que arrasaba entre las nenas.

Y yo mientras tanto era la amiga majísima.

La que escuchaba.
La que hacía reír.
La que animaba.
La que estaba ahí.
La que todos adoraban pero ninguno quería besar en público.

Porque una cosa es que una gorda sea divertida y otra muy distinta es que tus colegas te vean con ella de la mano por el campus. No vayamos a romper el sistema, por favor. Que se nos descompensa el patriarcado.

Pasaron los años y yo pensé: “Bueno, ya madurarán”.

JAJAJAJAJAJAJAJA.

Perdón.

Me ha dado un ataque de ingenuidad retrospectiva.

No maduraron una mierda.

Mi amiga siguió ligando muchísimo. Siempre tuvo novios, rollos, pretendientes, dramas románticos y ese tipo de vida sentimental. Y ojo no me extraña. Es una tía maravillosa. Lista, divertida, guapa, carismática y con una energía brutal. Esto no va contra ella. Yo la adoro. Esto va sobre ellos.

Porque sus parejas sabían que ella tenía alopecia. Claro que lo sabían. En algún momento ella se quitaba la peluca. En algún momento dormían juntos. En algún momento se duchaba. En algún momento veían que no tenía pelo, que las cejas estaban pintadas o que las pestañas no eran suyas. Y aun así les daba igual. COMO DEBE SER.

Pero no porque fueran todos unos seres de luz deconstruidos con una relación sanísima con la belleza femenina. No nos vengamos arriba tampoco.

Les daba igual porque el resto del mundo no lo veía.

De puertas para afuera ellos iban con una mujer guapa, delgada, arreglada, con pelazo de anuncio aunque fuera comprado. A ojos de sus amigos, de sus compañeros, de la familia y del camarero del bar estaban con una tía espectacular. Era una novia trofeo.

Aunque en casa se quitara la peluca y dejara la cabeza sobre la almohada como una bola de billar preciosa.

Y ahí está la cosa que me ha costado años verbalizar sin sentirme mala persona.

A muchos hombres no les importa tanto lo que seas en la intimidad.

Les importa lo que pareces en público.

Les importa la foto.

Les importa que su novia confirme ante los demás que ellos han ganado algo. Que han conseguido a “una tía buena”.

Que su pareja funcione como una extensión de su propio estatus.

Y la gordura, amigas mías, no se cuelga en una percha al llegar a casa.

No te metes en la cama y dices: “Cariño, espera que me quite el disfraz de gorda y ahora ya sí soy socialmente aceptable”.

No puedes guardarla en el baño junto a la peluca, las lentillas y el sujetador incómodo.

La gordura va contigo al bar, a la playa, a la boda, a la cena con amigos, a la foto de Instagram y al grupo de WhatsApp donde alguno siempre va a hacer el comentario de mierda.

Una mujer calva con peluca puede pasar por normativa. Una mujer gorda no.

Y eso es durísimo de admitir porque suena feo. Suena cruel. Suena como algo que no deberíamos pensar. Pero yo lo he vivido demasiadas veces como para fingir que no existe.

He visto tíos sentirse atraídos por mí en privado y ponerse raros en público.

He visto hombres tontear conmigo cuando no había testigos y desaparecer cuando aquello podía convertirse en algo real.

He sido el secreto, la fantasía, la curiosidad, la noche tonta, la “eres increíble pero…”.

Pero novia oficial, no.

Novia de ir de la mano, de subir fotos, de presentar a los amigos, de ir a una boda juntos, de que te vean como pareja.

Eso ya costaba más.

Porque muchas veces el deseo masculino no va solo de deseo. Va de prestigio. De aprobación. De medallita. De “mirad lo que he conseguido”.

Y una mujer gorda, por muy guapa, inteligente, sexual, divertida o maravillosa que sea, sigue siendo para mucha gente una especie de fallo en el sistema.

Algo que hay que justificar.

“Pero es muy maja”.

“Pero tiene una cara preciosa”.

“Pero ha adelgazado mucho”.

“Pero se cuida”.

“Pero tiene algo”.

Siempre hay un “pero”. Siempre hay que compensar.

Como si nuestro cuerpo fuera una deuda y nuestra personalidad tuviera que pagar intereses.

Mientras tanto, mi amiga podía ser calva en privado y deseada en público. Podía tener su complejo, su dolor, su historia y aun así encajar visualmente en lo que ellos querían enseñar.

Yo no tenía esa opción.

Y repito: esto no significa que ella no sufriera. Sufrió muchísimo. La alopecia le rompió muchas cosas por dentro. Yo he estado con ella en momentos horribles y sé lo que ha llorado. Pero socialmente había una diferencia brutal.

Por eso cada vez que alguien dice “lo importante es la actitud” me dan ganas de lanzarle un croissant a la cabeza.

La actitud ayuda claro. La seguridad suma, por supuesto. Pero tampoco nos toméis por imbécilas. Hay cuerpos que reciben permiso para ser deseados y cuerpos que tienen que hacer una oposición completa con examen oral, psicotécnico y prueba física.

Y aun así, ojo, yo no cambio mi vida por la de nadie.

Ni quiero convertir esto en un drama eterno de “pobrecita yo”. He ligado. He gustado. He querido y me han querido. Tampoco he vivido metida en un convento haciendo macramé con mis traumas.

Pero sí me ha quedado esta reflexión atravesada.

Y al final la pregunta que me queda no es si ellos podían querer a una mujer fuera de la norma.

La pregunta es si podían soportar que los demás supieran que la querían.

Anónimo

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