Llevábamos toda la vida siendo amigos, Fer, Santi y yo. Habíamos nacido en el mismo pueblo con bastante poco tiempo de diferencia y nuestras madres empezaron a juntarse en el parque al que nos llevaban a jugar; además íbamos juntos al cole, y en su momento empezamos juntos el instituto.

Éramos inseparables, tres amigos que todas las tardes se juntaban para hacer los deberes, para comer pipas en un banco de la plaza, para contarnos nuestras cosas, incluyendo quién nos gustaba o quién nos dejaba de gustar.

Fer y yo éramos más abiertos y habladores, pero además éramos los que siempre andábamos tramando alguna nueva trastada, alguna aventura o alguna manera de buscar las vueltas a nuestros padres. Santi, por el contrario, era reservado y tímido y, por qué no decirlo, la voz de la razón que luchaba por echar el freno a las malísimas ideas que se nos ocurrían a Fer y a mí. 

A los 15 años o así, Fer y yo empezamos a ‘’salir’’, por llamarlo de alguna manera ya que realmente seguíamos siendo nosotros tres, siempre los tres, porque, ¿cómo íbamos a dejar de lado a  Santi? Y eso que al padre de Fer no parecía hacerle mucha gracia que nos juntáramos con él, porque Santi…bueno, era un chico particularmente sensible, no le gustaba jugar al fútbol ni pelearse, ni mucho menos tirar piedras a las palomas, y para colmo se había apuntado a clases de baile.

Suerte que su hijo ya había demostrado ser un hombre de verdad y más aún desde que había empezado a salir conmigo, a pesar de que yo fuera un poco ‘’marimacho’’ y sí que jugase al fútbol o me hubiera apuntado a judo; al fin y al cabo, ya se me pasaría.

Nuestra adolescencia transcurrió tranquila y apacible, perturbada únicamente por nuestras escapadas veraniegas a las fiestas de los pueblos vecinos o a las de la ciudad más cercana en Mayo y en Septiembre y por las consiguientes regañinas de nuestros padres, que si bien no eran particularmente estrictos, tampoco dejaban que sacáramos los pies fuera del tiesto.

Así llegó Bachillerato, y tras él, la universidad, y con la universidad llegó nuestra separación, pues íbamos a tomar caminos distintos: yo iba a estudiar Derecho en la facultad de la ciudad más próxima, mientras que Fer y Santi tendrían que irse a Madrid, el uno a estudiar Medicina y el otro a seguir su sueño de cursar Artes escénicas.

Y con la separación, poco a poco, fue llegando el distanciamiento entre nosotros, sobretodo entre Fer y yo.

Al principio hablábamos todos los días y nos veíamos siempre que podíamos; sin embargo, con el tiempo empezamos a cargarnos entre estudios y trabajo, a conocer a otras personas, a conocer lo que era la vida fuera de la monótona rutina del pueblo. Aun con eso, Fer y yo seguíamos juntos, o eso se suponía…hasta que un día me dejó en leído y no supe más de él.

No contestaba a mis llamadas ni a mis mensajes, como si se le hubiera tragado la tierra, y sólo supe que estaba bien cuando Santi, con quien vivía, me lo confirmó. Fue de hecho Santi quien me dijo que Fer estaba pasando por un momento delicado, que por favor le perdonase pero que de momento no se veía capaz de hablar conmigo del tema frente a frente y que por favor ni se me ocurriera decirles nada a sus padres, por lo que más quisiera.

Y yo, confusa y dolida como estaba pero queriéndole como le quería después de toda una vida juntos, no pude más que compartir con Santi mi dolor y prometerle que no tenía nada de lo que preocuparse, que estaría ahí cuando él lo necesitase.

Así pasó cerca de año y medio; yo me cruzaba con frecuencia con los padres de Fer por el pueblo y no parecían tener ni idea de nada, por lo que no me quedaba otra que componer la mejor de mis sonrisas y saludarles como siempre, respondiendo a sus preguntas tanto sobre mis estudios como sobre mi relación con su hijo.

A mis padres sí que se lo conté, porque sabía que no iban a decir nada a nadie, y su consejo fue que diera nuestra relación de pareja por terminada, que no dejase de vivir y de conocer a gente pero que estuviese ahí, porque conociéndole seguro que algo tenía que haber pasado para que tomase la repentina decisión de alejarse de mí de esa manera y que, al fin y al cabo, por encima de todo éramos amigos de toda la vida.

Hasta que una mañana al apagar la alarma del móvil me encontré con un mensaje suyo. Me pedía lo primero disculpas por todo el daño que pudiera haberme causado y me decía que quería hablar conmigo, pero que si yo no quería volver a saber nada de él lo entendería perfectamente. Durante un rato me quedé bloqueada con el móvil en las manos sin saber qué hacer, pero recordé que había decidido estar ahí cuando me necesitase, y ese momento había llegado.

Le contesté que por supuesto, que cuando le viniera bien le llamaría, pero me pidió quedar en persona cuando yo pudiera, así que le pregunté que cuándo tenía pensado acercarse al pueblo, porque hacía siglos que no coincidíamos por allí. Pero él me dijo que al pueblo iba lo mínimo y cada vez le costaba más ir, por lo que decidí que ese mismo sábado iría yo a verle a Madrid.

Cuando llegué, Santi y él me estaban esperando en la estación, y en ese momento los tres nos fundimos en un cálido abrazo. Debo admitir que se me salió alguna lagrimilla, tal vez por haber reprimido el dolor y la incertidumbre durante tanto tiempo, tal vez por verle de nuevo y comprobar que, efectivamente, seguía vivo y bien. Fuimos a por algo de comer más por sentarnos y hablar de todo lo que teníamos que hablar que porque tuviéramos hambre, porque yo al menos sentía un pellizco en el estómago, un nerviosismo que hacía que no echase de menos para nada el no haber desayunado esa mañana.

Fer y Santi se sentaron frente a mí, el uno cabizbajo mientras el otro le agarraba la mano y le animaba a contármelo todo. Y cuando empezó a hablar, desató un torrente inesperado.

Me contó que las dudas habían surgido al llegar a Madrid y conocer a más gente, sobretodo a otras parejas, pues ver cómo se comportaban entre ellos, cómo se buscaban, se deseaban y se anhelaban le había llevado a darse cuenta de que sí, que me quería muchísimo, que daría la vida por mí si hiciera falta…pero no estaba enamorado.

Había empezado a salir conmigo porque era lo que tocaba, lo que todo el mundo esperaba de nosotros, Nerea y Fer y Santi, el amigo gay. Aquí Santi no pudo evitar que se le escapase una carcajada, momento que aprovechó para contarme que había empezado a salir con una chica recientemente.

Y es que sí, Santi siempre había sido más sensible y tímido, siempre le habían gustado el arte y la naturaleza, pero también había tenido siempre muy claro que le gustaban las mujeres y sólo las mujeres.

Sin embargo, desde que Fer había llegado a Madrid no lo había tenido tan claro, y menos aún desde que un compañero suyo de clase se había ido a vivir con ellos, pues según me contó no había sabido realmente lo que era el deseo hasta que le había conocido a él.

Esto le había llevado a bloquearse por completo: su madre no, pero su padre siempre había denostado todo aquello que se saliera de los cánones más estrictos, criticaba a Santi constantemente por alejarse de la imagen de macho ibérico rudo y fuerte que tan idealizada tenía y Fer estaba seguro de que si llegaba a enterarse de que igual no era tan hetero como creía dejaría de hablarle, como mínimo.

Además de eso tenía miedo de perderme, pues tanto Santi como yo habíamos sido siempre sus mejores amigos, las personas en las que más había podido confiar siempre pero claro…era consciente del daño que podía hacerme y no había sabido manejarlo.

Fer rompió a llorar y me pidió perdón otra vez, y yo me eché a llorar también y le dije que no importaba nada, pues claro que había sido doloroso para mí, pero no podía ni imaginarme lo que debía de estar siendo para él darse cuenta de repente de que su orientación sexual no era la que él siempre había creído, además de enfrentarse al posible rechazo de sus padres ocultándoles todo para evitarlo.

A día de hoy volvemos a ser Fer, Santi y yo, y Lucas, el chico que le gusta a Fer y del que me puede hablar durante horas, y Natalia, la novia de Santi que es un verdadero encanto.

Sé que Fer ha salido del armario con su madre porque Santi y yo le animamos a hacerlo, y que todo ha ido bien pero que de momento no le han dicho nada a su padre, porque no saben cómo va  a reaccionar. Y yo…yo estoy bien al haber cerrado por fin esa etapa, al haber salido de dudas y al haber recuperado a mi mejor amigo, pues, sinceramente, creo que yo también empecé a salir con él más por costumbre y afinidad que por verdadero enamoramiento, algo que estoy descubriendo ahora al conocer a otras personas.

Anónimo