Hay conversaciones de pareja que uno sabe que llegarán algún día.
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Las grandes, las importantes: si queremos hijos, dónde queremos vivir, cómo gestionamos el dinero…
Y luego están verdaderamente difíciles: Como decirle a tu novio que se está quedando calvo.
El problema es que esta conversación, además, viene con antecedentes. Hace un par de años, en una charla muy solemne, casi filosófica, mi novio dijo algo que en ese momento me pareció admirable:
«Si algún día empiezo a quedarme calvo, dímelo. Prefiero saberlo y raparme. Llevarlo con dignidad»
Yo asentí con mucha seguridad, por supuesto. Claro. Qué fácil decirlo cuando tu novio rockero tiene una melena más densa que tú y le llega por la mitad de la espalda.
El caso es que ese día ha llegado: Y no ha llegado poco a poco, en plan transición suave. Ha llegado de repente, como esas fotos de Google Maps donde un bosque aparece frondoso y en la siguiente imagen ya es un parking.
Pequeños espacios estratégicos que parecen pensados para la captación de electricidad solar. Una especie de aeropuerto en expansión en la zona superior de su cabeza.
Lo veo cada mañana. Lo veo cuando se agacha. Lo veo especialmente cuando hay luz cenital, que es básicamente el peor enemigo de cualquier calvo incipiente.

Pero decirlo… no puedo chicas, no puedo. Siempre ha llevado el pelo largo, es parte de su identidad pero claro, al llevarlo algo es aún más obvio.
Él sigue viviendo en una realidad paralela capilar donde todo está perfectamente bajo control.
El otro día incluso dijo: «Creo que últimamente tengo más pelo»
¿Más? ¿PELO? Yo en ese momento tuve que ficticiamente asesinar por lo menos a 4 gatitos para no orinarme de la risa.
El problema es que ahora estoy atrapada entre dos opciones igual de malas.
Opción A: Cumplir mi promesa y decirle la verdad. Algo como: “Cariño, ha llegado el momento. Tu coronilla ya tiene código postal propio.”
Opción B: No decir nada y esperar a que la naturaleza complete su trabajo mientras yo observo el proceso como una documentalista de National Geographic.
Además está el problema del momento. Porque estas cosas no se pueden soltar así, en medio de cualquier conversación.
No puedes estar cenando guisantes y decir: «Por cierto, se te está viendo el cerebro desde arriba» ¿Sabes?
Requiere estrategia. Preparación psicológica. Quizá una presentación en PowerPoint.
Así que aquí estoy, posponiendo la conversación día tras día, esperando el momento adecuado. Aunque sospecho que ese momento ideal no existe.
Y mientras tanto, cada vez que pasa por debajo de una lámpara… yo solo puedo pensar lo mismo: Raparse ya sería, sinceramente, una decisión bastante digna.