El otro día estaba pasando vídeos en el «Para ti» de TikTok sin prestar demasiada atención cuando me salió uno de esos perfiles donde alguien cuenta historias con una máscara puesta. Iba a seguir deslizando, pero algo me hizo parar. El vídeo era de un hombre con una máscara contando anécdotas familiares. A los pocos segundos se me heló el cuerpo. Podía reconocer a mi padre perfectamente. Era su voz, su ropa, su cuerpo, joder, si es que hasta era el salón de su casa.

Más testimonios en whatsapp, es privado!!

Al principio pensé que estaba exagerando. Me acerqué más a la pantalla y vi el florero que lleva veinte años sin moverse, la lámpara del rincón y hasta una mancha en la pared que nunca quiso pintar porque decía que no merecía la pena. No había ninguna duda: mi padre se había abierto una cuenta en TikTok y estaba hablando de nosotros delante de miles de desconocidos.

Entré en el perfil esperando encontrar un único vídeo, alguna tontería que hubiera grabado una tarde aburrido. Pero nada que ver, había decenas. Todos con la misma dinámica. Se ponía la máscara, cambiaba un poco la voz para hacerse el misterioso y empezaba a contar historias de nuestra familia como si estuviese narrando una serie.

Lo peor era que no inventaba nada. Contaba cosas reales. Cuando suspendí 8 veces el carnet de conducir, la separación de mis padres, discusiones de casa… cosas que jamás pensé que acabarían convertidas en contenido para gente que comentaba con fotos de palomitas y emojis riéndose. Cuanto más bajaba, más cabreada estaba. Había vídeos con cientos de miles de visualizaciones. Gente opinando sobre nuestras vidas sin tener ni idea de quiénes éramos. Algunos incluso intentaban adivinar quiénes éramos investigando detalles que él mismo dejaba caer. Mi padre respondía a esos comentarios encantado porque cuanto más movimiento tenía la cuenta, más se difundían los vídeos.

Lo que más me fastidió fue descubrir que llevaba meses haciéndolo. Mientras nosotros seguíamos viéndolo los domingos, comiendo con él, hablando de cualquier cosa, él estaba recopilando material para publicarlo después. Empecé a recordar conversaciones familiares y de repente muchas cosas cobraron sentido. Preguntas que parecían inocentes, interés por detalles absurdos, insistencia en temas que ya estaban cerrados. Cosas que hace un año jamás preguntaría y menos tan insistentemente. El tío estaba buscando historias para viralizarse.

Cuando por fin me atreví a revisar los vídeos más recientes encontré uno dedicado prácticamente entero a mí. No mencionaba mi nombre, pero cualquiera que me conociera lo habría identificado en dos minutos. Hablaba de errores que cometí hace poco, de problemas personales que ni siquiera había contado a mucha gente y de situaciones que seguían afectándome. Todo en un tono de humor para que resultara entretenido. Y podría serlo para alguien ajeno, pero para mí era doloroso ver mi vida así de expuesta.

No recuerdo haberme enfadado tanto en mucho tiempo. No era solo una cuestión de privacidad, sino la sensación de haber sido utilizada por mi propio padre. ¿Cómo podía alguien de tu propia familia considerar que cualquier cosa que te pase puede convertirse en contenido si consigue suficientes visitas? Desde entonces sigo viendo aparecer sus vídeos porque el algoritmo insiste en enseñármelos. Cada vez que me salen siento rabia y sobre todo vergüenza. Lo más surrealista es leer a miles de personas diciendo que el hombre de la máscara parece muy simpático, cercano… Si supieran que detrás de esa máscara hay un padre contando los trapos sucios de sus propios hijos desde el salón de casa, seguramente la historia les parecería bastante menos entrañable.

Me siento tan afectada, que todavía no sé cómo enfrentarlo. De momento, este domingo no he ido a comer con él… y le sirvió como contenido para un nuevo vídeo.