Trabajo como autónoma desde hace algunos años, y por etapas he tenido bastante volumen de trabajo. En una ellas en la que mi pareja no tenía trabajo fijo, decidimos hacer de este nuestro proyecto profesional común. Empezó a dar dos salarios cortitos o uno contundente, según se mire. Así que estuvimos trabajando para intentar acaparar más y llegar a los dos salarios decentes, con los dos dados de alta en RETA.

No pasó. Hace alrededor de un año, por diferentes motivos, la actividad comenzó a venirse abajo. Mi chico se cansó de esperar y decidió buscarse un trabajo por cuenta ajena. De atención al cliente, que fue lo que le salió. No es un trabajo de su sector ni le pidieron ningún mérito académico o profesional, pero es una persona resiliente que valora la estabilidad, así que se adaptó bien. Yo continué teletrabajando desde casa con mi proyecto, como autónoma.

Nuestras circunstancias cambiaron radicalmente. De tener plena flexibilidad horaria y geográfica, pasamos a no poder ir de visita a nuestra ciudad de origen tanto como nos gustaba, porque él estaba atado a un horario y a una única ubicación.

Hace un par de meses fui sola para estar una semana en casa de mis padres. Habían acontecido algunas historias familiares y pensé que era buen momento para ir. Cada vez que me encontraba con algún amigo o conocido, la pregunta: “¿Y Pepe?”. Así que me tocaba ponerme a explicar que no había podido venir por trabajo. No hay problema, es normal que me pregunte por él la gente que le tiene aprecio.

Sin embargo, en algunos casos me sentía juzgada. Yo me había quedado trabajando en casa tranquilamente, con la misma flexibilidad horaria y geográfica que hasta entonces, y aprovechando las ventajas aunque eso implicara dejarlo a él solo y, encima, con un trabajo de mierda.

No es que sean imaginaciones mías o que yo sobrepiense las cosas (que lo hago), eran comentarios del tipo, “Oh, el pobre” o “Ay, qué lástima. Yo no haría eso ni aunque tuviera que comer piedras”. Matizo que el puesto es atención al cliente vía telefónica y va por objetivos, pero no se trata de venta. Y bueno, aunque lo fuera.

La más elocuente fue una de mis amigas más sincericidas:

—Ay, no me digas. Pues yo no lo veo en ese trabajo, ¿eh? ¿Tú lo harías?

—No.

—¿Y lo tiene que hacer él? Tía, ¡eres mala persona! [medio en broma, medio en serio].

Mi amiga había supuesto que 1) mi novio estaba mal en su trabajo y lo hacía por necesidad extrema o porque yo lo había obligado y 2) no servía para lo que estaba haciendo.

He de decir que, en los días previos a aquel viaje, y durante el mismo, yo experimenté por primera vez la ansiedad. Una vez volví, no me ha vuelto a dar. No sé si era apego, o culpa, o falta de adaptación a todos los cambios con los que estábamos lidiando. Conversaciones como aquella, desde luego, no me ayudaron a sentirme mejor.

Mentorías no solicitadas

Luego están los mensajes que, sin ser tan directos, también minan poco a poco el autoestima. Su madre, por ejemplo, pregunta continuamente que por qué no trabaja de lo suyo, que para algo estudió una carrera. Y, si no, que se prepare unas oposiciones. Pues no trabaja en su sector porque no salen ofertas, y no estudia porque no quiere.

Mi novio tomó una decisión sensata. Yo soy la autónoma, la que se formó para ejercer la actividad que hago, la que contacta clientes nuevos y la que mantiene la comunicación con ellos. Algunos saben que mi pareja me ayudaba, otros ni eso. No lo obligué a dedicarse a esto, aunque me beneficiara del hecho de que los dos teníamos flexibilidad. Tampoco lo he obligado a que se busque otra cosa. Me incomoda tener que justificarme porque todo el mundo asume que soy yo quien pone y dispone, y yo quien actúa justa o injustamente.

Me enfadan las preguntas y miradas inquisidoras, y también los intentos de mentoría y guía que otras personas, como su madre, pretenden hacer sin que lo pidamos. Me hacen conectar con la sensación de fracaso, lo reconozco. Con 30 y largos, cuando todo nuestro entorno parece ya asentado profesionalmente, nosotros no hemos terminado de despegar. Sencillamente, porque hemos ido priorizando otras cosas o no hemos tomado las mejores decisiones.

Pese a ello, somos adultos funcionales e independientes, felices y que se levantan cada día con la ilusión de cumplir sus retos, con la esperanza de mejorar y sintiendo que nuestro momento llegará tarde o temprano. ¿Tendremos entonces paz? ¿O nos seguirán juzgando y haciendo preguntas incómodas?