Al fin, tras varios años sin concederme la prueba y un año de espera desde que me l solicitaron, este verano me hicieron mi primera colonoscopia. Dados mis antecedentes familiares y la situación clínica de mi aparato digestivo, no será la última.
Sabiendo desde el primer momento que sería el inicio de una nueva etapa para mí, los nervios por todo el proceso me jugaron una muy mala pasada.
Por lo que ya he dicho, tengo en mi entorno cercano a muchas personas que han pasado por esta prueba y que pasan de forma periódica cada poco tiempo por ella. Las experiencias son de todo tipo pero, en general, son tranquilizadoras. Así que, al día siguiente de la fiesta de cumpleaños de mi hija, comencé la dieta.
Todo el mundo dice que en realidad lo peor de este proceso es la preparación. Claramente es engorroso y desagradable, pues las restricciones desde varios días antes son muchas.

Me habían asustado tanto con el proceso anterior que empecé muy agobiada con pasar hambre, con el frío que todos describen que sentían al empezar con los sobres… Y, la verdad, que lo llevé muy bien.
Yo, que soy quejica por naturaleza, pasé el primer día con ganas de comer cualquier cosa menos lo que me tocaba comer. Pero realmente no es un drama.
El día de la dieta líquida bebí tanto que no sentí hambre en ningún momento. El calor que hacía me ayudó mucho. Entonces llegó el momento “sobres”. Varias me contaron que son tan asquerosos que vomitaban y eso complicaba la prueba. Con la de ascos que cogí yo durante los embarazos, estaba realmente asustada de no poder con el proceso.
Me tocó madrugar para tomar el primero. Yo, que paso la vida con miedo a que una indigestión me joda los planes (como pasa con frecuencia), tenía que madrugar para beber un líquido que al mezclarlo se calienta solo, que sabe mal y tiene una textura bastante asquerosa y que tiene como efecto una enorme diarrea. Me sentía tan extraña que empecé a temblar creí que no sería capaz.

Pero no fue tan malo. ¡De verdad! Estaba bastante asqueroso, efectivamente, pero fue tolerable. Y esos miles del viaje al baño, al estar en mi casa, con mi propio váter, acceso casi ilimitado a papel higiénico y agua corriente y no venir acompañado de retortijones, cólicos e irritación, para mí fue un paseo en comparación con un día cualquiera de brote.
Sentía que lo peor había pasado, pero entonces se acercó la hora de ir al hospital. El miedo me paralizó. Miedo a la sedación, a que me siente mal, a que no me haga efecto suficiente, a no controlar mi cabeza… El pánico al dolor, a la situación desagradable, a enterarme de todo y que mi ansiedad estropee la prueba…

Entré en el hospital muerta de miedo. Me llamaron pronto, me sedaron enseguida tras unas preguntas y… No recuerdo mucho más. Sé que fui consciente unos segundos y que dije algo de una molestia. Lo sé porque me lo contaron, pero realmente no lo recuerdo. Llevaba meses con problemas de sueño y, de pronto, sentí que había dormido de verdad, que había descansado, que mi cabeza me había dado el día libre.

Me fui a mi casa tranquila, colocada, si, pero con una sensación agradable. El miedo a las primeras digestiones de después no llegó a aparecer porque el efecto de lo que me habían puesto no me dejaba estar mal a gusto y, por suerte, no tuve eso que cuentan muchos de cólicos y molestias.
Ahora al fin me confirman que entraré en el programa de alto riesgo, como llevo años pidiendo y que seguirán buscando el origen de mi situación intestinal, que no se dejó ver durante la prueba.
Así que si, mi experiencia fue positiva. No tengo cáncer de colon, la enfermedad que me fastidia la vida puede no ser grave, y al fin se encargarán de que no corra la misma suerte que muchos en mi árbol familiar. Y, de paso, me llevé un buen viaje controlado por médicos. ¡Qué más puedo pedir!
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]