Cuando conocí a mi suegra, creía que no podía existir una mujer así, tan predispuesta a ser siempre el centro de atención y, sobre todo, tan reina del drama. Y no porque mi chico no me hubiera puesto en antecedentes mucho antes de conocerla. Supongo que era su forma de avisarme de dónde me estaba metiendo, pero lo cierto es que siempre pensé que bromeaba, que todas las historias locas que me contaba sobre ella no eran más que anécdotas sacadas de contexto o exageradas. Pero, evidentemente, me equivoqué.

Más testimonios en whatsapp, es privado!!

Miguel y yo llevábamos juntos unos meses cuando decidió que quería presentarme a sus padres oficialmente. La primera toma de contacto con mis suegros fue realmente bien, hasta el punto de que llegué a decirle a mi chico, una vez nos quedamos solos, que era un exagerado y que su madre era un encanto. Ahora que conozco a mi suegra y sé cómo es realmente, puedo decir que aquel día me la coló hasta el fondo. Aquella primera impresión no fue más que un teatrillo en el que se vendió como una mujer atenta, interesada por mí y por lo que tenía que decir, dejándome hablar, sin interrumpirme o sin querer quedar por encima una y otra vez.

Con el paso del tiempo, tuve que darle la razón a mi chico y admitir que sus advertencias se habían quedado cortas. Siempre tenía que destacar por encima del resto, independientemente del contexto y de la situación, daba igual cómo. Todo valía con tal de ser el centro de atención. Interrumpía constantemente a todo el mundo, todo lo que ella pensaba, tenía o había tenido era mucho mejor, se ponía a cantar (en ocasiones, micrófono en mano) al más puro estilo folclórica en las celebraciones familiares cuando veía que nadie le hacía caso o se ponía a llorar como una magdalena alegando que se acordaba de este o de aquel fallecido.

Sin embargo, soy una persona con una paciencia infinita y quiero demasiado a mi chico, así que durante mucho tiempo traté de quitarle hierro al asunto tomándomelo con humor. Pero todo tiene un límite y ella decidió traspasarlo el día de mi boda, aunque sus aires de protagonista comenzaron mucho antes. Y es que mi suegra se empeñó en que quería ir a la boda vestida de blanco y, por mucho que intentamos hacerle entender que ese color estaba reservado para la novia, ella no lo entendía. Por suerte, mi cuñada consiguió quitarle la idea de la cabeza antes de que a mí me diera un parraque.

Yo era muy consciente de que tendría que soportar algún numerito por parte de mi suegra durante o tras la ceremonia, pero nunca llegué a imaginarme que llegaría a tales extremos. Para empezar, se presentó con un modelito que ni la boda de Lady Di: no era blanco, pero llevaba una cola casi más larga que la de mi vestido de novia y una pamela con órbita gravitacional propia. A pesar de todo, yo estaba tan feliz en aquel momento que no me paré a pensarlo demasiado, que cada cual se vistiera como le diera la gana. Y en ese pensamiento zen estaba inmersa hasta que irrumpió en nuestra sesión de fotos, en unos jardines preciosos de la finca en la que celebrábamos el banquete, para pedirle —sin éxito— al fotógrafo que le hiciera unas cuantas a ella también.

Me armé de paciencia y me dije a mí misma que no debía dejar que las tonterías de mi suegra estropearan aquel día tan especial. Y lo cierto es que llegué a pensar que todo había terminado ahí, que habíamos conseguido que aquella mujer se comportase, pero nada más lejos de la realidad. Cuando el DJ se disponía a anunciar nuestro primer baile como marido y mujer, pidiendo a los invitados que se acercaran a la pista, mi suegra le quitó el micrófono y se arrancó con un sentido discurso para terminar dedicándonos una canción. El pobre DJ no sabía dónde meterse y, aunque nuestra canción había empezado a sonar, tuvo que quitarla cuando ella empezó a dar gorgoritos. De repente, mi suegra se convirtió en Rocío Jurado y se puso a «cantar».

A día de hoy sigo sin saber qué fue lo que sentí exactamente en ese momento, pero me decanto más por la vergüenza ajena que por la rabia. Después de atentar contra la integridad de nuestros oídos, se limpió las lágrimas —sí, lloró mientras cantaba «Esta noche se casa mi niña»— y se marcó un Aramís Fuster: fingió el desmayo más sobreactuado de la historia. El más sobreactuado y el más breve, porque, a los cinco minutos de que Miguel y yo termináramos de bailar, muertos de risa por lo surrealista de la situación, mi suegra quiso poner la guinda al pastel. Cuando todo el mundo se disponía a seguir la fiesta, el DJ paró la música y anunció que la madrina (es decir, mi suegra) iba a bailar unas sevillanas para todos. Y ahí estaba ella, con su sobrino (otro que tal baila, y nunca mejor dicho) en medio de la pista.

Me recordó a las tardes en las que obligaba a mis padres a que se sentaran en el salón y me inventaba coreografías con la música de las Spice Girls. Bailes absurdos, sin ton ni son, que nadie ha pedido. Después de su «minuto de gloria parte II», por fin se dio por satisfecha y pudimos continuar la noche sin mayores sobresaltos. Como se suele decir, la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.