En el momento en que conocí a mi familia política supe que nuestra relación iba a ser más cordial que otra cosa y que nunca íbamos a tener un vínculo súper estrecho. La verdad es que, aunque son muy buena gente, no tenemos absolutamente nada en común y nuestros puntos de vista sobre ciertas cosas, algunas verdaderamente importantes, son totalmente  opuestas. Pero si hay alguien de esa familia que se lleva la palma en cuanto a opiniones  casposas es mi suegro, que parece haberse quedado anclado en el medievo. 

En primer lugar, quiero dejar bien claro que no digo que mis opiniones o mi manera de ver la vida estén por encima de las demás o que sólo yo esté en posesión de la verdad  absoluta, pero sí creo que, cuando alguien no hace daño a nadie con su comportamiento,  con su identidad o con su forma de vida, hay que respetar aunque no se comprenda y  ponerse un puntito en la boca.

Esto, entre otras cosas, fue lo que, muy a mi pesar, tuve  que soltarle a mi suegro cuando comenzó a despotricar contra su sobrina María cuando  ésta empezó a salir con otra chica del pueblo. ¿El problema? No, no era que María saliera con una persona de su mismo sexo, sino que María había nacido siendo un hombre,  había transicionado a mujer y ahora «era una desviada que no sabía ni lo que le gustaba».

Como os decía, siempre he sido consciente de que mi suegro nunca iba a aceptar algo  así, pero lo que no me esperaba era que no sólo renegara de su sobrina, sino que hubiera insultos y bromitas transfobas y homófobas tan crueles de por medio.

Cuando María se  operó el pecho y comenzó su proceso de feminización facial, supe que los comentarios  maliciosos iban a ser constantes y más viviendo en un pueblo pequeño. Y no me  equivoqué. Sin embargo, el tiempo fue pasando y parece ser que la gente fue  acostumbrándose a esa nueva apariencia y terminaron por naturalizarlo y aceptarlo,  incluido mi suegro, aunque a día de hoy todavía se escuche algún comentario de  neandertal. Lo importante era que ella estaba feliz y sus padres también.

Cuando salía el tema en casa de mis suegros, se veía a kilómetros de distancia que al  padre de mi chico no le parecía normal del todo, pero al final terminaba quitándole hierro  al asunto. Sin embargo, esa naturalidad impostada cambió radicalmente cuando María  empezó a salir con una chica de otro pueblo. ¿Cómo? ¿Con una mujer? Pero, si ella  quería ser una mujer, ¿por qué sale con otras mujeres? ¿No le gustaban los hombres? ¿Por qué se «hizo mujer» si le gustaban las tías? Eso es vicio y ya está.

Estas fueron  algunas de las perlitas soltadas por la boca de mi suegro, que no entendía cómo un  hombre homosexual podía transicionar a mujer y enamorarse después de una sin ser un  pervertido o un vicioso redomado. La cosa llegó a un punto en que dejó de saludar a  María por la calle porque se avergonzaba de ella.

Al principio, me callaba porque sabía de sobra que no iba a querer entender ni estaría por  la labor ni siquiera de escuchar, pero cuando la cosa llegó al punto de dejar de saludar a  María por la calle porque decía sentirse avergonzado de ella, tuve que dar un golpe en la  mesa. Menuda la que se armó. Por poco le explota la cabeza cuando le dije que la  identidad de género y la orientación sexual son dos cosas totalmente distintas.

Se quedó  como si le hubiese descubierto que vivíamos en Matrix, desde donde yo estaba podía  escuchar los engranajes de su cabeza intentando comprender lo que le había dicho. Que  la identidad de género es la percepción que tiene uno de sí mismo como hombre o mujer,  más allá del sexo con el que se haya nacido. Y que las mujeres trans, en este caso, no  asumen esa identidad femenina con el fin de poder estar con hombres, (ya que eso bien  podrían hacerlo como hombres homosexuales) sino porque sencillamente se sienten  mujeres independientemente del sexo que les atraiga sexual o emocionalmente.

Fue una conversación bastante complicada, en la que mi suegro se mofaba de mi postura constantemente basando sus argumentos en que todos éramos unos modernos y que  aquello eran «tonterías que nos habíamos inventado ahora los jóvenes». La cosa se fue  calentando y decidí que no merecía la pena discutir más con alguien que consideraba una enfermedad el hecho de ser transexual.

Eso sí, no dejé pasar la oportunidad de pedirle  que me explicara en qué le afectaba a él o a nadie más el hecho de que su sobrina se  acostara con hombres o con mujeres. No sé si porque mis palabras hicieron mella en él o  porque se dijo a sí mismo que era mejor callarse en mi presencia, pero lo cierto es que  después de aquello empecé a notar un leve cambio en mi suegro. Poco después, la  relación con su sobrina fue mejorando aunque la verdad es que todavía se nota en el  ambiente cierta tensión heterobásica.

Aquella acalorada discusión sirvió para que comenzara a respetar a su sobrina y a su  pareja o, al menos, para que no abriera su bocaza retrógrada delante de mí.

 

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.