No cabe duda de que ver cómo nuestros mayores enferman, se deterioran y entran en una espiral que sabemos que no tiene vuelta atrás, es una de las partes más dolorosas de la vida. Obviamente hay muchas maneras de sobrellevarlo. Hay quien se vuelca y deja todo por cuidar a sus padres como estos lo cuidaron a él para devolverles tanto cariño, hay quien busca ayuda y los visita con frecuencia… Y hay quien desaparece porque su vida es mucho más interesante que ver a un señor que no la reconoce. Nadie debe juzgar la reacción de nadie sin saber la historia al completo, hay que tener en cuenta cómo era esa relación antes y muchas otras cosas que es difícil analizar, pero debo reconocer que cuando me contaron esta historia me costó no posicionarme.

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Chelo era una chica con una personalidad muy intensa, de esas personas sincericidas, que dicen lo que piensan sin filtros, aunque haga daño y sea prescindible hacerlo. Su excusa siempre era que “Es que yo soy así”.  Esto le llevó a tener problemas desde siempre con la familia, era rara la navidad que alguna de sus primas o tías no se disculpaban con sus padres por no ir a cenar para no tener que soportar a Chelo. Su padre siempre salía en su defensa; decía que si trataban así a su hija no eran bienvenidas. Era muy noble por su parte, pero realmente tenían motivos para ello.

Ella siempre encontró consuelo en su padre, incluso cuando toda la familia le dio de lado a la vez durante años, él siempre se puso a su favor. Algo pasó, no se sabe muy bien qué, pero algo relacionado con el marido de una prima que no se sabe si es rumor o si realmente pasó algo, el caso que hasta su madre le retiró la palabra un tiempo, pero su padre estuvo ahí, al pie del cañón por su niña.

Hace unos años, su padre empezó a tener problemas de salud. Primero un cáncer. Fue un proceso duro, muy duro, con tres operaciones, largas sesiones de quimio y un año de colostomía antes de poder volver a su vida. En ese tiempo, sus sobrinas y sus hermanas lo cuidaban haciendo turnos con su mujer y su hijo, pues estaba muy débil y no debía quedarse solo. Chelo decía que trabajaba mucho y no podía ir en su día libre, pues necesitaba recuperarse para trabajar el resto de la semana y vivía tan lejos… Pero también mandaba fotos en la playa, en el bar de su mejor amigo… Ya nadie se molestaba en decirle nada, nadie se enfadaba, pues no esperaban nada bueno de ella, y su padre siempre decía que trabajaba mucho, a lo que su otro hijo respondía “Claro, no como los demás…”.

Cuando su padre terminó su tratamiento quiso hacer una fiesta y ella, adueñándose del protagonismo de aquel día, apareció con un enorme ramo de globos, vestida como para una boda, entrando en el restaurante con música y todo. Un espectáculo bastante lamentable para una persona que apenas llamaba cada dos semanas para saber qué tal.

Durante la sobremesa, Chelo se sentó al lado de su padre y, sujetándole la cara (que no era ni la sombra de la que era hacía dos años) se echó a llorar por lo mal que lo había pasado (ELLA) por él, lo que le costaba verlo así y cómo había evitado verlo por no hacerlo sufrir más. Su tía mayor no pudo evitar echarle un buen responso por cómo había desatendido a su padre y a su familia este tiempo mientras sus primas salían del lugar indignadas.

Unos meses después, su madre fallecería de un infarto fulminante, dejando a su padre roto de dolor, solo y con una enorme depresión. Ella, la que más lloraba en el cementerio, pasó los siguientes meses hablando de todas las cosas malas que su madre había hecho por la familia y el mal rollo que creaba. La culpó de muchos de los problemas que ella había tenido con el resto de la familia y dijo que “muerto el perro…”. A su padre le dolía muchísimo que hablase así de su madre, pero nunca había sabido corregirla, le daba mucha pena lo sola que había estado siempre.

El caso es que, para rematar las desgracias familiares, su padre empezó un proceso de demencia, potenciado por la depresión por la pérdida de su mujer y acelerado por los cambios vitales bruscos que estaba viviendo.

Entonces Chelo desapareció. Totalmente. Sin dejar rastro.

Mandó una carta un día diciendo que le dolía demasiado ver a su padre así y que no podía soportarlo, que prefería seguir su vida negando ese sufrimiento y que sabía que lo pagaría más adelante, pero que prefería mantenerse lejos y recordar a su padre como fue y no cómo sería desde entonces.

Una amiga de la familia la encontró en redes sociales. Les habló de su viaje a Tailandia, de las fotos en París y de el pedazo de verano que se había pegado en Ibiza, pues tenía una cuenta con pseudónimo donde contaba todas sus aventuras.

Su hermano la llamó para reprocharle la vidorra que se estaba pegando mientras su padre dejaba de reconocer sus propios pies. Ella le dijo que cuidarlo no era una obligación para ellos, que si él no quería o no podía, que contratasen a alguien con el dinero que había dejado su madre.

Fue duro para la familia ver a aquel hombre tan querido y respetado empezando a usar pañales, dejando de reconocerlos uno a uno, hablando como si fuera un niño y, finalmente, dejando de hablar.

La siguiente vez que Chelo se dignó a aparecer fue porque a su padre lo habían ingresado por una infección respiratoria y, dado su estado, podría morir. Chelo apareció cual plañidera, llorando a gritos en el hospital hasta que su tía mayor, de nuevo, la frenó y le dijo que si no se comportaba debía irse de allí. Con su padre presente, lleno de tubos que intentaban ayudarlo a recuperare mínimamente, le preguntó a su hermano si tenía pensado quedarse a vivir en la casa de sus padres o si pensaba vender su parte. ¡Su parte! Su padre aún estaba allí, peleando por vivir una vida que ya hacía mucho que no tenía sentido para él , y ella ya estaba organizando con qué parte de su herencia se quedaría.

Lo que no sabía era que su madre, antes de morir, había modificado sus testamentos (el de ella y el de su marido) y, viendo cómo había sido todo durante el cáncer de su marido, dejarían el mínimo obligatorio a su hija y a su hijo, y todo lo demás (el piso en la playa, la casa, las acciones y todo el dinero del banco) debían repartirlo entre las personas que hubiesen cuidado de ellos cuando estuvieran enfermos. 

Era extraño que el hijo de su amigo, que era abogado, llevase un registro de quien cuidaba al viejo cuando estaba en el hospital y en casa. Pero tenía una finalidad, demostrar que su hija no había pasado por allí y dejarla totalmente fuera de la herencia con cuatro duros que le correspondían por Ley.

Esta historia me la cuenta su prima, que renunció a la parte que sus tíos le dejaron por cuidarlos como si fueran sus padres en favor del hermano de Chelo, como hicieron todas las demás de la familia para que él, que en vida ayudó tanto a sus padres, enfermos los cuidó y siempre había vivido a la sombra de su hermana. Como era de esperar ella llamó a un gran abogado, pero poco había que hacer, había decenas de papeles que le impedían tocar un duro de aquello de lo que su hermano disfrutaría ahora tan merecidamente.