Meter una escena erótica en una película —o novela— siempre es complicado. Porque se trata de secuencias controvertidas que se supone han de aportar algo a la trama, no solo son para que el actor o actriz de turno enseñen piel; se supone que, sin ellas, la trama no funcionaría, no deben ser gratuitas. Y si realmente solo son una secuencia en la que alguien dice “y follaron felices para siempre”, no ha de ser larga ni especialmente explícita porque, vamos a ser justos, son incómodas y aburridas.

Creo que no hay nada peor que estar viendo una película o serie, que estés pensando en quién puede ser el asesino, y que justo en ese momento los protagonistas decidan enrollarse y te endiñen siete minutos de jadeos que, todos lo sabemos, será justo el momento en que a tu madre se le ocurra entrar en la habitación a preguntarte algo, o que tu hija pequeña se levante a pedir agua y le vea todo el mandado al primer actor. Seh. Por eso hoy, vamos a enumerar esas cositas que me molestan sobremanera en escenas que, bien tratadas, pueden ser memorables, pero mal tratadas están tan fuera de lugar como ir a un búrguer y pedir lentejas.

Todo el mundo está excitado y listo al instante: ¿Preliminares? ¿Y eso qué es? Naaah, quitarte el vestido es más que suficiente para que estés hecha una fiera. A ver, yo sé que si es la primera vez que te lías con alguien, eso de la novedad puede hacer que la excitación suba varios grados, pero vamos a reconocer que es un poco repetitivo eso del polvazo salvaje de dos besos superabiertos y al turrón. Un poquito de juego previo no estaría mal.

El falocentrismo: Todo gira en torno al pene, la penetración y nada más. Eso de acariciar, no digamos bajarse al pilón, NO EXISTE (curiosamente sí existe la felación), salvo que hablemos de argumentos “para mujeres” estilo Sexxxx en Nueva York, pero si hablamos de guiones mayoritarios, nop. Entonces solo existe el misionero y chimpún.

Corolario: todo el mundo tiene su orgasmo con la penetración. Nadie necesita que le toquen aquí o allí. Nadie es clitoriano y todo el mundo alcanza el primer orgasmo nada más que le penetren. Primer empujón y “¡oooooooh!”, ojos en blanco. A ver, señores (o señoros), sí, la penetración es agradable, y sí, muchas mujeres alcanzamos el orgasmo con ella, pero no solo con ella. Y hay muchas, muchísimas más mujeres que precisan de bastante más que de un martillo pilón para llegar a su placer. Estaría bien pensar un poquito en ellas.

La ropa rota: a ver… no. NO. Por mucha pasión que pongas, eso de romper la ropa o las bragas, no solo no excita nada, sino que baja bastante el cachondómetro. Es de muy mala educación romperle la ropa a nadie y menos aún a tu pareja. Más todavía si os habéis enrollado de rebote y al día siguiente ella va a tener que salir de tu casa sin bragas porque al burro de su compañero le dio por romperlas. No sé quién inventó ese tópico, pero desde luego, se lució. No.

Hacerlo en la ducha: Queda muy guay, pero es horrible. El agua se lleva toda la lubricación del asunto, así que es de todo menos agradable. Los resbalones existen, y si las paredes de la ducha son de cristal, podemos pasar de Pasión sin barreras a Destino final en menos que canta un gallo.

Peor aún: no ducharse al día siguiente. Ya vamos a reconocer que llegar al catre después de doce horas fuera de casa, sudando, tocándolo todo, y venga al turrón sin darse ni un agüita, pues un poco de asquito sí que da, pero en fin, es la magia del cine, nos ponemos en situación del arrebato pasional y pase. Pero que llegue la mañana siguiente y salgan corriendo de casa, después de chuscar, SIN DUCHARSE… Mi vida, eso no. ESO NO. El pestazo a sudor  no hay inmersión cinematográfica que lo salve.

El extraordinario caso de la sábana en L: o sea, que llega hasta la cintura en el caso de él, y hasta los sobacos en el caso de ella. Debe haber un apartado especial en los grandes almacenes llamado “sábanas postcoitales”, donde las venden, porque yo no las he visto nunca, pero sabemos que existen. Tienen que existir. Si no, a ver qué razón hay para que después de estar haciendo sentadillas sobre la entrepierna de un tío, luego te tapes pudorosamente el tetamen, oigh, oigh.

Hay muchos tópicos más que detesto, qué duda cabe. Pero tampoco vamos a abusar, creo que por hoy ya son suficientes, y todos se reducen a uno solo: los guionistas, en demasiados casos, no parece que vean el ñacañaca como algo real hecho por gente real.

Delice.