He tardado 46 años en poder decirlo: soy una gorda feliz. Sí, feliz, en bolas en mi piscina, desafiando las miradas de los que creen que el mundo necesita medir mi cuerpo con un metro invisible. Han sido décadas de aprender que mis curvas no son un crimen, que mis estrías son medallas y que mi culo a lo Kardashian, pero natural, tiene derecho a protagonismo propio.
Mi infancia fue gordita pero feliz, con algún tirón de orejas familiar: “cuidado con lo que comes” o “¿otra vez ese postre?”. Claro, aún no existía el movimiento curvy que hoy te salva del síndrome de la báscula, pero entre risas, juegos y algún empujón de amor, fui entendiendo que la alegría no pesa en kilos.
Vente a nuestro canal de tallas grandes de whats, pincha aquí
Hoy, mis hijos me abrazan, juegan con mis brazos y mi barriga, y recuerdo que mi hija adolescente, cuando era pequeña, siempre decía que tenía un bosque dentro de mi barriga. Muy poético, muy imaginativo, y sobre todo, muy cierto: mi cuerpo ha sido hogar, refugio y diversión para ellos.
La adolescencia fue un campo de batalla con tacones. Miradas que podían romper huesos y comentarios como “cállate gorda” o “no te pongas eso, te hace más ancha”. Yo siempre he tenido mucho carácter, así que además de la “gorda antipática”, era la gorda que se defendía y que no se dejaba pisar. Ahora, muchos de esos mismos chicos, con barriga y medio calvos, me dicen: “¡vaya, has mejorado como el buen vino!”. Justo, dulce, gloriosa justicia.
Descubrir mi sexualidad fue otra montaña rusa. Aprendí a amar mi cuerpo a través de miradas y caricias hacia mí misma. Cada estría es una medalla de supervivencia —y en algún lugar leí el concepto mujer tigre y me enamoré de él—, cada pliegue un recordatorio de que he vivido, reído, amado y recibido placer. Bailar desnuda frente al espejo, tocarme con cariño, experimentar mi sensualidad: ahí encontré libertad. Y sí, amenazo con montar a mi caballo desnuda, solo para que mis tetas colganderas, autorebautizadas como lenguados, se muevan con total libertad y se rían de la gravedad.
Hoy puedo nadar en mi piscina desnuda, y sentirme ligera aunque mi cuerpo sea todo lo contrario. Ahora necesito un taburete para subirme a mi caballo, pero con él practico doma clásica y siento mis músculos fuertes, trabajando al compás del animal, y eso me llena el alma. Somos un binomio perfecto. Aprender a reírme de mis curvas, de mis pliegues, de mi culo natural, y de la barriga que un día albergó un bosque según mi hija, ha sido un regalo tardío pero enorme.
Mis hijos, que me aman tal cual soy, me dan masajes la barriga mientras dicen: “masa de pan, masa de pan”. Y yo río, porque ellos ven lo que importa: que soy divertida, cariñosa, valiente y feliz, y que mi cuerpo no define mi capacidad de amar ni de reír.
Ser una gorda feliz es mucho más que aceptar las curvas. Es romper décadas de prejuicios, reírse de los estándares imposibles y abrazar cada imperfección con humor y orgullo. Es vestirte con combinaciones extrañas y sentirte espectacular. Es mirarte al espejo y pensar: “sí, soy yo, y soy maravillosa”. Como Rubens con sus Tres Gracias, un cuerpo hermoso no tiene que ser flaco ni perfecto: las curvas también son arte, y yo soy mi propio cuadro viviente. Y lo mejor: mi sensualidad ya no está pensada para el placer de los hombres ni para cumplir con el constructo heteropatriarcal que dicta qué es “atractivo”. Es mía, para mí y para quien yo quiera.
46 años me han enseñado que la felicidad corporal no es un objetivo, sino un acto diario de amor propio, risas y desafío a los estándares absurdos: risas, autoabrazo, orgullo, comentarios irónicos de antiguos compañeros y la certeza de que puedo hacer lo que quiera sin pedir permiso. Los días malos existen, pero pesan menos que los días de disfrute y aceptación. Y sí, ahora además necesito gafas para leer y escribir porque todo está un poco borroso, lo cual solo le da un toque divertido a la madurez, porque obviamente mis gafas no son discretas.
Si me hubieran dicho a los 15 años que acabaría nadando desnuda, bailando en ropa interior, riéndome de cada pliegue con la misma facilidad con la que río de mis hijos, recibiendo elogios de “como el buen vino” de los mismos que me miraban mal, y con mi hija diciendo que había un bosque dentro de mi barriga, habría pensado que estaban locos. Hoy es mi realidad: soy una gorda feliz, y nadie tiene derecho a decirme lo contrario.
Y que nadie se preocupe por mi colesterol o mi azúcar: están de maravilla, gracias.
Parvaty
