Cuando cumplí doce años repetí lo que ya parecía un mantra: quiero un perro. Mis padres llevaban pasando de mí varios años seguidos. No sé qué me hacía ser tan insistente. Pero yo no aceptaba la derrota. Ojalá tener la misma determinación para todo, sinceramente. Con esa mentalidad me habría sacado ya una oposición, o dos, y tendría la vida resulta. Una vida fácil, que fue exactamente lo que no tuvo mi perro. Porque sí, ese año se obró el milagro y conseguí que me regalasen a V.

 

Primer problema de su vida: el dueño de la madre de V nos había asegurado que todos los cachorros de esa camada ya comían solos. Así que le pusimos pienso. Pues menos de veinticuatro horas después de su llegada a nuestra casa, estábamos agradeciéndole a la divina providencia que teníamos un veterinario a medio minuto andando, porque el perro no habría sobrevivido ni dos minutos más. Inanición. Vale, así aprendimos que había que enseñarle a comer porque nos habían dicho una mentira. 

Pero lo que no era mentira es que mi perro era guapo. Objetivamente guapo. Y eso le causó varios problemas más en su vida. 

El segundo fue que, por guapo, un señor me lo intentó robar. Lo sacó de entre los barrotes de la reja que rodea mi casa. Mis padres escucharon un ladrido de dolor que, seguramente, profirió al ser pellizcado por el cuello para sacarlo, y corrieron a ver qué le había pasado. ¿Os acordáis del veterinario? Pues él salió de la clínica por casualidad y vio la siguiente escena: mis padres buscando al perro en el jardín y un señor aproximándose a él con V entre los brazos. Tras un momento tenso, mi nuevo mejor amigo, el veterinario, consiguió quitarle el animal al desaprensivo que quería llevárselo y nos lo devolvió sano y salvo. 

Lo siguiente fue un viaje que duró un año y pico. Resulta que llevamos al perro a casa de un familiar, donde nos íbamos a reunir toda la familia para comer. Por aquel entonces, había un bebé recién llegado a nuestro mundo, con lo que eso conlleva de ganas de verlo y hacerle monerías. En esas, nadie cayó en cerrar la puerta de la calle tras la llegada del recién nacido. Así que mi perro aprovechó la coyuntura para darse un paseíto. Lejos de casa como estábamos, no supo volver. Y no tuvimos noticias de él hasta que, un año más tarde, se les escapó a la familia que lo había recogido de la calle y lo había adoptado (sin comprobar si tenía chip y sin llevarlo al veterinario para nada en todo ese tiempo) y nos lo devolvió la perrera que, al comprobar el chip, supo que era nuestro. No nos lo podíamos creer. V había vuelto. Cojeando de una pata y con la nueva manía de arrancarte el trozo de comida de la mano, cuando antes se esperaba a que soltases lo que le estabas ofreciendo. Pero lo importante era que estaba de nuevo con nosotros. 

Sin embargo, no pasó mucho tiempo cuando nos lo volvieron a robar. Suponemos que, otra vez, por lo guapísimo que era. Seguramente lo querían para que tuviese cachorros. Pero, al darse cuenta de que era un perro viejo, en vez de devolverlo a nuestra casa, o dejarlo cerca, o en algún veterinario, decidieron soltarlo, de noche, en el mes más frío del año, en el barrio más marginal de mi ciudad. Cuando, a través de un grupo de Facebook de mascotas perdidas, supimos que estaba allí, no me tembló el pulso a la hora de ir a por él. Y lo traje de vuelta. Estuvo durmiendo casi veinticuatro horas seguidas, el pobre. Demasiada aventura para un ancianito. 

Pero lo importante es que siempre supo que su familia estaba ahí para él. Y, cuando llegó su hora, lo acompañé en su último suspiro sin importarme que, media hora más tarde, yo tuviera una entrevista de trabajo. No conseguí el curro, pero hice algo más importante: acompañar a mi amigo en su último aliento.

Descansa en paz, V, te quiero.