Ajustes, tiempo de uso. Esa es la ruta, por si alguien la desconocía. 

 

3 horas (e incluso un poco más) marca mi gráfica como media diaria de uso mi teléfono móvil. ¿Será que alguien me lo coge por las noches sin que yo lo sepa? Porque de verdad me estalla la cabeza cuando pienso que paso todo ese tiempo conectada a una pantalla. Y esto no pasa solo en agosto, esto viene siendo ya mi normalidad. De hecho, pienso lo mismo que cuando me llega el recibo de la tarjeta de crédito a final de mes, que siempre creo que ha habido algún error. Luego me pongo a hacer memoria y números y todo cuadra.

Voy a ser rigurosa. Un día estándar como hoy (cabe decir que no estoy trabajando, pero vamos, que esto me pasaba también los días de oficio). 1h y 26 minutos de whatsapp. Ojo, que vas sumando minutos de contestar a uno y otro, algún audio de los largos y tal, y flipas. Instagram 1h y 35 minutos, que claro, los trayectos en tranvía los paso cotilleando las historias de gente que hace años que no veo pero me interesa a mi saber qué se han hecho de comer un martes, desde luego. Unos minutos del correo electrónico, que a veces aprovecho a contestar un asunto laboral. Otros, de navegadores porque búsquedas importantes cómo saber la esperanza de vida de una mantis religiosa, surgen a diario. Unos minutos de las apps de compras para revisar si mi carrito tiene una cifra que puedo asumir o la vuelvo a cerrar, otros de la app del banco para reconfirmar que no me llega, la llamada diaria a mis progenitores, que a vece se puede alarga…

La de la música, que cuenta menos porque esa te la pones de fondo mientras estás en redes, un repasito a la galería de fotos porque te has puesto tierna y a mi, que me queda un rato de volver al móvil en mi almohada hasta que me entra el sueño, jugando a cualquier juego repleto de anuncios o volviendo a entrar en las historias, esta vez, de famososo e influencers que me deseen las buenas noches. En fin, que si en el colegio nos enseñaron a sumar bien, lo que os decía, las cuentas salen. 

¿4 horas? Una sexta parte del día con los ojos puestos en el aparatito. Estoy, cuanto menos, escandalizada. Porque luego vengo diciendo que claro, hay días que no saco media hora para hacer ejercicio. No, no tengo tiempo. Entre el trabajo, la casa, el niño y tal, no tengo tiempo. Otras veces que se me acumula la plancha, porque de verdad, no tengo tiempo. O las semanas que puedo postergar ir a la peluquería, porque es que claro, en el día a día no tengo tiempo. 

 

Me he propuesto mil veces despegarme el móvil de la mano, salir de casa sin él, cargarlo en el salón para no meterlo en el dormitorio, y nada. Creo que he normalizado una dependencia al teléfono que en frío, no me parece normal, o al menos, no me parece deseable. Así que hoy vengo a confesarme, a dejarlo por escrito, a hacerlo visible, factible e innegable; Hola, soy C. y soy adicta.