La temida época del año se acerca otra vez y yo sólo puedo pensar en sacar mis tetas de paseo.
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El verano, la playa y la piscina: esos escenarios que muchas de nosotras nos han traumatizado. El verano parece que es ese momento en el que las mujeres, de manera completamente inexplicable, parecemos entrar en una especie de casting internacional donde de repente todo el mundo opina sobre nuestros cuerpos.
Nunca lo he llegado a entender…es como si alguien hubiera convocado a los inspectores oficiales de muslos, barrigas y celulitis por el Ministerio del Sol y el Bikini.
Y os juro que durante muchísimos años yo viví esta época con ansiedad, con vergüenza y con miedo.
Me daba ansiedad pensar en quitarme la ropa, en ponerme un bañador, en caminar por la playa sintiendo que mi cuerpo llegaba cinco segundos antes que yo. Porque claro, una crece viendo que el verano parece reservado para ciertos cuerpos concretos: los pequeños, los firmes, los bronceados homogéneamente, los que no rozan, los que no sudan, los que desayunan burbujas de aire.
Muchas de nosotras hemos vivido negociando con nuestro cuerpo como si fuera un enemigo público.
Que si «este año me voy a poner en serio», que si «a ver si bajo un poco antes de agosto», que si «yo a la playa hasta que no me quite esto no voy».
¿Esto qué es exactamente? Porque yo he tenido complejos por absolutamente todo. Por las tetas grandes. Por la barriga. Por el culo. Por las piernas. Si te digo la verdad, casi casi por ser un ser tridimensional…básicamente.
Pero no sé si es la edad, que he sido madre, el cansancio o que ya me sopla soberanamente el papo la opinión ajena.

Llevo unos cuantos años viviendo el verano como la época más liberadora del año. Porque ahora, sinceramente os digo, no puedo esperar a sacar mis tetas de paseo.
Y lo digo con orgullo, además. Este verano si no quieres ver tetas de copa D flotando en el mar, existiendo y siendo felices, no vengas a mis playas.
Porque llega un momento en la vida de una mujer, en el que entiende que su cuerpo no ha venido al mundo para ser observado, aprobado y puntuado por desconocidos mientras ella intenta comerse una bolsa de patatas tranquila mirando al mar.
Mi cuerpo está aquí para vivir. Para bañarse. Para sudar. Para bailar. Para flotar en el agua como una croqueta acuática. Para tomar el sol. Para beber vino blanco frío con las piernas llenas de arena y pensar «Joder, qué gusto estar viva»
Y sí, tengo tetas grandes. Tengo barriga. Y tengo dos muslos que se rozan tanto en verano que podrían iniciar un incendio forestal.
¿Y qué? También tengo derecho a ocupar espacio, a disfrutar del mar, de la piscina, del monte, de las terrazas y de los helados exactamente igual que cualquier otra persona.
Y por propia extensión lógica mis tetas no van a ser las tetas que se quedan en patio sin jugar, porque sólo las tetas pequeñas pueden quitarse el bikini.
Tengo dos hijas y quiero que vean y vivan un cuerpo como el mío: libre en la naturaleza, en el verano, en el mar y en general, en la vida.
Porque el verano ya no es esa época en la que escondo mi cuerpo. Ahora es justo lo contrario.
Es la época en la que salgo ahí fuera y le digo al mundo: “Mira, esta soy yo, este es mi cuerpo, estas son mis tetas y pienso disfrutar igual que tú»
Y sinceramente, qué paz y calma tan grande siento desde que he dejado de esconderme.