A ver, antes de que nadie me cancele, quiero dejar claro que tengo corazón, empatía y que lloro con los anuncios de Lotería de Navidad. Pero si me llevas a un tanatorio… Houston, tenemos un problema.

No sé qué me pasa.  ¿Qué hace la gente normal? Llora, consuela, saluda en bajito. ¿Qué hago yo? Me empieza un picorcito de risa nerviosa en el pecho, me pongo roja como un tomate y en cuanto alguien me dice: “Qué pena, verdad?”… yo pienso en cualquier gilipollez y me tengo que morder la lengua para no soltar una carcajada.

Y no, no es que me haga gracia la muerte. No soy un monstruo. Pero me metes en una sala con gente llorando en silencio, con ese olor a flor mustia y café de máquina… y mi sistema nervioso decide que lo más lógico es que me entre la risa tonta.

Todo empieza con las frases de rigor. Esas que se dicen en bucle y que, no sé por qué, me parecen sacadas de un sketch de Los Morancos:

  • “No somos nadie.”

  • “Estaba como una rosa.”

  • “Se ha ido dormidita.”

  • “Lo importante es que no ha sufrido.”

Y es que no es risa de burla, es risa de me estoy poniendo tan nerviosa que mi cuerpo no sabe si llorar, vomitar o tirarme por la ventana.

Yo no quiero ser así. De verdad que no quiero. Quiero ser esa persona solemne, que reparte consuelo con la mirada y se va sin hacer ruido. Pero no. Dios me dio este tic nervioso que me convierte en una marioneta poseída por Chiquito de la Calzada en cuanto hay una tragedia.

Conclusión: no me llevéis a tanatorios. Yo os honro desde casa. Os llevo flores al cementerio, os hago una lista de Spotify para el recuerdo, os encargo una estrella con vuestro nombre. Pero si me metes en una sala con silencio incómodo, frases cliché y olor a gladiolo… yo reviento por algún lado.