Es cierto que la estructura de mi familia es diferente a la estructura clásica a la que muchas personas están acostumbradas. El padre de mis hijos mayores y yo estamos separados desde hace unos años. Cuando mi pequeño todavía era un bebé, la convivencia entre nosotros se volvió insoportable y nos unía el amor por los niños y el cariño por los años juntos, pero no éramos felices ni por asomo. Así que decidimos separarnos y, con mucho esfuerzo por ambas partes, conseguimos tener un trato más que cordial.

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Otra opción no tenía sentido para nosotros ya que ambos compartíamos prioridades y, en el fondo, sabíamos que el otro era buena persona. Si nuestros problemas venían de la convivencia y el día a día, al eliminar esos factores de la ecuación, él vuelve a ser para mi esa persona trabajadore, honesta y divertida con la que me rio y por la que me preocupo de forma sincera. Puedo decir orgullosa que, aunque a veces lo mataría (en tono amistoso, porque es un desastre en algunas cosas), lo quiero muchísimo y sé que es recíproco.


Poco después de la separación comencé a salir con uno de mis mejores amigos de toda la vida y hoy en día estamos casados y hemos tenido una bebé preciosa. Así que tengo tres hijos de padres distintos, los mayores pasan algunos días a la semana con su padre, por lo que mi hija pequeña lleva vida de hija única algunos días y es la pequeña de tres el resto del tiempo. Mi marido trabaja muchas horas y yo, por ahora, tengo mi trabajo no remunerado en casa. Cuento con el apoyo del padre de mis hijos para poder organizar agendas de citas, etc, ya que mi marido tiene un horario fijo, pero él no. Y así, si la pequeña tiene algún problema de sslud, los mayores pueden ir con su padre para que yo pueda centrarme en ella. Si es uno de los mayores el que se pone malo, él puede hacerme los recados para que yo no tenga que salir… Es decir, que cuento con su colaboración ya que, qué mínimo, son sus hijos y quiere lo mejor para ellos y, además, tiene mucho aprecio a mi pequeña.

La bebé se tomó con calma el tema de soltarse a andar y fue en una de las visitas de mi ex que decidió echarse a caminar hacia él. Mucha gente creyó que sería un drama, que sería motivo de celos por parte de mi marido, pero… En fin, el papá de la niña se puso muy contento al ver que su hija seguía avanzando en su desarrollo y se lo tomó igual que mi ex cuando a mi hijo mayor le cayó su primer diente estando con mi marido y no con él. Son cosas que pasan y que no deben tener la más mínima importancia.
Pues resulta que, a pesar de todo esto, he tenido que escuchar más de una vez por parte de otras madres cómo describen, en tono condescendiente, a mi familia como “desestructurada”. Madres que no soportan a sus parejas y se aguantan por los niños, que se faltan al respeto, que utilizan a los niños como correveidile en su relación de pareja totalmente tóxica y donde es imposible respirar otra cosa que no sea cortisol, que se emana por el aire de sus casas. Mira, mi estructura no es la tuya, efectivamente, pero sí tiene forma, es esa exactamente que he explicado. No es clásica, pero desde luego es mucho más funcional para nosotros que muchas de las parejas clásicas de nuestro entorno que, estando juntos, se turnan a sus hijos a lo largo del día como esos estorbos incómodos y discuten todo el tiempo por las tareas y cuidados relativos a sus criaturas. ¿Y soy yo la que recibe preguntas sobre cómo les afecta emocionalmente a mis hijos nuestro esquema familiar? Mis hijos viven rodeados de amor en mi casa, reciben más aún en casa de su padre. Mi hija conoce a un señor que, cuando viene a buscar a sus hermanos, le da mimitos y que se preocupa por ella mucho más que algún familiar directo… No hay faltas de respeto, no hay reproches y las discusiones que, obviamente, existen en alguna ocasión no son nunca en presencia de los peques. Y aún así, teniendo en todo momento los apoyos necesarios para que los niños y la niña sean lo más felices posible, tengo que defender cada poco que no, no somos “una familia disfuncional”, eso significa que no funciona de forma adecuada. No señores, señoras, lo que no es adecuado es que las infancias crezcan rodeadas de malos rollos en los que se vean involucradas por el egoísmo de sus familias. No son conscientes del daño emocional que se les hace, que sus cerebros todavía inmaduros no comprenden esas situaciones y, en muchas ocasiones, se sienten culpables; cuando no directamente se les culpa a ellos por eso de que la llegada de un bebé a un hogar aumenta el estrés considerablemente. Hay que recordar que ellos no pidieron venir y si crees que ha sido una mala idea, culpa a quien la pensó, no al pobre e inocente bebé.


Tener que decir esto hoy en día parece increíble pero, al parecer, todavía es necesario. No pasa nada por separarse, no es un fracaso, el fracaso es hacer infeliz a tu entorno por soportar una situación insostenible. Y por último, amiga, cuando dejes de insultar a tu marido y de gritar a tu hijo como si fuese el culpable de todos los males, podrás venir a decirme algo de mi familia que no es perfecta pero… ¡Casi!