De mi familia he aprendido muchas cosas y, entre ellas, que no hay una edad determinada para vivir ciertas experiencias, aunque socialmente se asocien a la juventud.

En mi caso, tengo 35 años. Y desde 2022 tengo la cabeza en el quidditch (bueno, ahora se llama quadball por derechos de autor, por si alguien no lo sabía). Antes, dentro del cuerpo técnico de un equipo. Ahora, con proyecto propio.

Más testimonios reales en whatsapp, vente

Quidditch en mi treintena. Como si fuese una niña que aún cree en la magia. Pues… ¿sabéis qué? Sí, es posible que aún crea en ella. Y quizá sea gracias a la madurez que dan los años.

Si has crecido con Harry Potter y has disfrutado de la saga, seguro que de peque te hubiera flipado presenciar unos Mundiales de Quidditch. Pero ¿quién, a tan tierna edad, puede aportar algo más que ponerse a jugar? Ver un deporte —porque sí, aunque venga de un mundo de fantasía, es un deporte— y sacarle todo el partido es misión imposible en la infancia.

Sinceramente, en mi adolescencia no me hubiera metido en esos “fregaos” ni harta de vino. ¿Con los complejos que tenía yo en esa época? ¿Con lo que me importaba lo que pensaran de mí? Quita, quita…

Así que, por esa regla de tres, ¿qué edad es la ideal? La edad adulta, no cabe discusión.

Cuando llegas a adulta ocurre algo maravilloso: te empieza a importar todo un pimiento. Empiezas a hacer lo que te da la realísima gana y lo haces porque sí. Dejas atrás los tiempos de pedir perdón y permiso para vivir tu propia vida. Proyectos como los que he empezado solo nacen cuando lo que tú deseas se antepone a lo que nadie pueda decir de ti.

Además, desde la generación millennial, lo de exponerse es la cosa más normalizada del mundo. Ya no nos da miedo mostrar a la gente qué hacemos. El hate es el pan nuestro de cada día y, aunque nuestra salud mental no es inmune al ataque, parece que cada vez se nos da mejor esquivar esas balas o, incluso, exponer a quien nos falta al respeto.

¿Cómo no aprovechar semejante coyuntura? ¿Iba yo a privar a mi niña interior, que creció soñando fuerte, de lanzarnos a la piscina? ¿Por qué ibas tú a negarle a tu “yo” del pasado probar cosas nuevas aunque haya gente que no lo entienda? Nadie factura por agradar a la vecina. La validación externa no da de comer.

La edad adulta existe para que aprendas y apliques tu propia validación. Para que, entre obligaciones y responsabilidades, te permitas el lujo de hacer lo que más te plazca. Que no es nada fácil sacar tiempo, pero si esos minutos para ti misma llegan en un golpe de suerte, ¿no los aprovechas? ¿Te frenarías por sentir que ya es demasiado tarde? ¿Por creer que ya estás demasiado mayor?

No somos demasiado mayores, estamos demasiado vivas.
Y mientras estemos en el mundo, cumplir sueños debería ser una prioridad. Da igual que solo tú lo entiendas. Al fin y al cabo, cuando llegue el día que no puedas luchar por cumplirlos, quien lo va a lamentar eres tú.

A mi edad, que me llamen friki, como tú comprenderás, casi me lo tomo como un halago. Me da por pensar que quien me dice ese tipo de cosas es porque no se ha atrevido a hacer lo suyo y lo canaliza etiquetándome a mí. Y desde luego no me frena. Lo que quieran decir de mí no debería ser obstáculo. Total, si no me dicen eso, me dirán cualquier otra cosa…

De mi familia he aprendido que no estoy mayor para los sueños de mi infancia. Sueños que, paradójicamente, gran parte de mi familia no entiende. Pero estamos de acuerdo en que entenderlo no es la cuestión. Es dejar hacer y ver qué pasa. Y en eso sé que tengo todo su apoyo.

Marta Ramón Galindo