Hay cosas maravillosas en la maternidad: cuando tu hijo te dice mamá por primera vez, su carita de inocencia al abrir los regalos de navidad, o cuando te dice “te quiero”. Pero ser madre también conlleva una serie de obligaciones, y si hay una que odio, con todo mi alma, es llevar a mi hijo a las clases extraescolares.
Los niños tienen que hacer algún deporte. No pueden pasar las tarde metidos en casa. La mayoría de los padres apuntamos a nuestros hijos a alguna clase deportiva con una sola finalidad: que se cansen. Y si con los años descubren que se les da bien ese deporte en concreto, pues eso que se llevan.
Hay padres muy listos, que apuntan a sus hijos a las actividades que hacen en el propio colegio y los dejan allí una hora más. Pero nosotros no fuimos tan avispados. Mi marido y yo pensamos que era una idea genial que el niño hiciera natación y como en el cole no hay piscina, pues nos toca llevarlo dos veces por semana al polideportivo a que nade tres cuartos de hora.

Lo odio, me resulta aburridísimo, tedioso. Tengo que recoger a mi hijo del colegio, llevarme la merienda porque no nos da tiempo a volver a casa, que me meriende en el coche y llevarlo a la piscina. Mientras él se lo pasa en grande nadando, yo tengo que esperar fuera a que él de su clase. No me da tiempo a volver a casa, no me da tiempo a hacer nada en esos 45 minutos, así que lo que hago es meterme en el coche a mirar el móvil.
Si me quedo en la puerta del polideportivo o tomando un café en el bar de al lado, seguro me encuentro con algún padre de otro niño y me va a tocar hablar con él. Y yo es que lo de socializar con otros padres los llevo regular.
Y claro, con natación dos día a la semana no es suficiente, el niño tiene que hacer mínimo dos extraescolares, porque al parecer si no, eres la peor madre del mundo.
En un arranque de optimismo, lo apuntamos a futbol pensando en que se convertiría en el próximo Cristiano Ronaldo. Pero la realidad es que cuando vamos a verlo, tiene suerte si toca el balón un par de veces en todo el partido. Entrenan los jueves y el fin de semana toca partido.
Total, que al final tiene lunes y miércoles natación, jueves futbol y partido algún que otro fin de semana. Al final tu vida social se tiene que adaptar a las actividades del niño. Cómo tengo partido un sábado por la mañana, olvídate de escaparte ese fin de semana a ningún sitio.
Y luego está la presión social que ejercen sobre ti las mamás que llevan a su hijo a seis actividades. Además de la natación y el futbol, como el tuyo, su hijo hace baile moderno los viernes, inglés los martes, judo los lunes y miércoles después de la natación, y este año le van a apuntar a un club de ajedrez, que no se cuando va a ir porque no le quedan horas libres en la semana. Que digo yo, ese niño acabará rendidito al final del día.

Son las típicas madres que, con una sonrisa y tono ligeramente condescendiente, te preguntan: “¿Sólo hace natación y fútbol? ¡Deberías apuntarlo a inglés también! Los martes no tiene nada, ¿verdad? El mío se aburre en clase porque no ninguno de sus amigos. ¡Apunta al tuyo!”
Encima las clases de inglés a las que esta mamá lleva a su hijo cuestan una fortuna. Resulta que es una escuela con profesores nativos, y su hijo lleva allí matriculado desde que tenía un año, cuando apenas podía hablar. Según ella, es genial que les hablen en otro idioma desde pequeños, aunque me pregunto si el niño no preferiría estar en casa jugando con sus juguetes en lugar de estar recibiendo clases a esa edad.
Total, si sumamos el coste económico, las actividades extraescolares se convierten en una ruina. Y es que tener a los niños entretenidos por las tardes cuesta un riñón.

Cada actividad es un gasto más: la cuota mensual de la clase, la equipación necesaria (que siempre se pierde o se rompe en el peor momento), las inscripciones a torneos o campeonatos… A veces me pregunto si no estaría mejor simplemente llevándolo al parque todas las tardes. Es verdad que ir al parque con mis hijos es otra de esas cosas que detesto, pero al menos es gratis.
Es curioso, porque al principio, cuando decides apuntar a tu hijo a una actividad extraescolar, piensas que será algo positivo, que le ayudará a desarrollar habilidades, a socializar, a aprender algo nuevo. Pero ¿quién me iba a decir que la verdadera actividad caería sobre nosotros, los padres? Llevarlo, recogerlo, organizar la agenda, asegurarse de que tiene todo lo que necesita… Y mientras ellos se divierten, tú estás atrapada en ese ciclo interminable de rutinas y esperas. Si alguien me hubiera advertido que ser madre implicaba convertirme en la secretaria personal de un niño, quizás lo habría pensado dos veces antes de apuntarlo a ciertas actividades extraescolares.