Cuando conocí a Luisa en Tinder, para rato me esperaba que acabara de salir de un convento de Soria, donde había pasado casi cuatro años de monja. Hizo bien en no decírmelo antes de quedar, porque igual me habría echado para atrás. Yo había tenido suficientes experiencias con tías que no habían salido del armario y ya estaba harta de hacer de psicóloga. Pero claro, estando cara a cara, decidí darle una oportunidad y seguir quedando con ella, aunque siempre con ese miedo de fondo.

Y así fue, empezamos a quedar, y para cuando me di cuenta yo ya estaba bastante pillada de ella. Me costaba creer que hubiera estado tantos años casi encerrada en un convento porque vamos, la tía sabía de todo, porque claro, tiempo para leer había tenido todo el del mundo. Era muy interesante hablar con ella. Pero conforme yo iba enganchándome más a ella, también notaba que ella iba haciendo su vida más a su aire, no sé, lo típico: tardaba en responder a mis whatsapps, quedaba con otras personas y no me invitaba, y luego no contaba nada… No sé, las típicas señales de cuando alguien está poniendo espacio de por medio. En cuanto yo empecé a hablar de irnos a vivir juntas, ella dejó claro que no estaba preparada para dar el paso y aprovechó para decirme que de hecho quería proponerme una cosa, y que yo tenía toda la libertad para decir que no, que solo lo tenía que hacer si me apetecía y me sentía bien haciéndolo… Yo tenía clarísimo que me iba a proponer un trío, y así fue. Con una amiga suya. A mí no me apetecía nada, pero accedí porque tuve la sensación de que si le decía que no, eso nos separaría del todo. O empezaba a seguirle un poco el rollo “salvaje”, o la que se iba a aburrir era ella. 

Cuando quedamos con su amiga para follar, resultó que a su amiga yo también la conocía, porque, como dice ella, “si el mundo es un pañuelo, el mundo gay es el moco”. Con Ana (la otra) yo había hablado por tinder unas cuantas veces, y aunque nunca habíamos tenido nada siempre me había gustado, así que la experiencia no fue mala (era mi primer trío, y una primera vez siempre te da cierta satisfacción), pero vamos, tampoco me dieron ganas de seguir haciéndolo todos los findes. Eso a mí, porque a Luisa sí. Finde tras finde venía con planes de ese rollo: tríos, más que tríos, orgías, swingers, cualquier plan que incluyera follar con mucha gente. Yo me dejé llevar las primeras veces, pero me cansé pronto, y le dije de hablar, y ella me dijo que ella también quería hablar, me imaginé que del mismo tema. 

Una vez más, estaba equivocada; después de darle un discurso sobre cómo lo importante en la vida son las emociones, y que el sexo y el placer, así, a lo loco, también mola, pero que yo quería compartir más momentos de lo otro, y que si ella no entendía eso sería mejor que lo dejáramos por un tiempo, yo ahí súper intensa, ella se quedó callada un rato, y más rato, y al final le dije que a ver qué pensaba de todo esto, y que a ver de qué quería hablar ella. Y coge y después de un rato pensándolo, me suelta: tengo clamidia. Se me quedó una cara que vamos. Lo raro es que en las quedadas en las que había estado yo, algo que me pareció muy guay es que había muchísima protección sin que nadie tuviera que decir nada, así que me extrañó.

Y ahí es donde confesó: que entre finde y finde, había estado dándole fuego al Tinder, y se había puesto fina de follar a pelo con medio país, la monjita. Entonces supe que no tenía yo nada más que hacer ahí y le dije que hasta nunca. Por suerte mis análisis salieron perfectos, así que colorín colorado, a esa monja la regalo.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de una lectora