A medida que fuimos cumpliendo años, nuestros problemas y nuestras vidas en general también fueron subiendo de nivel. Antes de que nos diéramos cuenta, estábamos más cerca de los cuarenta que de los veinte y los problemas de chicos se transformaron en problemas con la hipoteca, el trabajo o los hijos. En realidad, la maternidad aún no había llamado a mi puerta, aunque llevaba años intentándolo con mi chico. Era el sueño de mi vida, pero por desgracia, el camino no estaba siendo de rosas, precisamente.

Carlota, sin embargo, fue madre en cuanto se lo propuso y yo me alegré muchísimo. Pero desde que se convirtió en madre, mi amiga cambió radicalmente conmigo. Vaya por delante que yo era plenamente consciente de que un bebé te cambia la vida por completo y que, sobre todo al principio, mi amiga dedicaría todo su tiempo y atención a su hija. Todo eso es lógico. Lo que no podía entender era que tuviese tiempo para contarme sus problemas de maternidad o cualquier otra cosa, pero nunca lo tuviera para escuchar mis movidas.

Cada vez que yo le contaba mis preocupaciones, ella me contestaba con una frasecita de rigor del tipo «jo, tía, qué mal» y pasaba a contarme sus problemas. No quería discutir con ella ni crear malos rollos, así que nunca le dije nada y seguí estando ahí para ella. La cosa cambió cuando empecé mi primer ciclo de fecundación in vitro. Mi chico y yo estábamos muertos de miedo pero con mucha ilusión, sabiendo que iba a ser un proceso muy duro y exigente. Mi amiga sabía que habíamos empezado con la estimulación ovárica y que la medicación no me estaba sentando demasiado bien. Con todo, no me preguntó ni una sola vez cómo me encontraba.

El resto de mis amigas estaban muy implicadas y pendientes de mí, mientras que ella solo me escribía para contarme sus historias y quejarse de gilipolleces sobre su familia. Ni siquiera se preocupó cuando me hicieron la punción ovárica, a pesar de que hiperestimulé y estuve unos cuantos días ingresada en el hospital. Durante aquellos días, recibí mensajes suyos. Ninguno para preguntarme por mi estado de salud o de ánimo. Me pareció muy triste que algunas personas a las que había conocido hacía apenas un año, como compañeras de trabajo, se interesaran más por mí que ella.

Decidí que no volvería a contarle nada sobre mi vida, porque saltaba a la vista que no le importaba. Lejos de extrañarse de que no tuviera noticias sobre el proceso, no volvió a preguntarme sobre el tema. No entendía cómo podía olvidarse de algo que para mí era tan importante. Cuando supe que, después de todo, no me había quedado embarazada, se lo conté. ¿Su respuesta? «Vaya, cuánto lo siento». Yo estaba destrozada y ella, a las pocas horas, ya me estaba mandando memes como si nada y, por supuesto, no volvió a preguntar.

Estaba tan dolida con ella y me sentí tan estúpida que no quise saber nada más de ella. No corté todo contacto, pero no le escribía nunca primero ni le contestaba los mensajes y, si lo hacía, lo hacía como ella me contestaba a mí cuando yo tenía un problema: seca, sin mostrar interés real. Después de meses sin apenas recibir respuesta por mi parte, me dijo que no sabía qué me pasaba con ella, pero que me notaba muy distante, que le parecía de ser muy cría y muy mala amiga el hecho de haber desaparecido de aquella manera. Al final le expliqué lo que realmente me pasaba y, lejos de disculparse, me culpó a mí.

Y es que, según sus palabras, me había obsesionado con «eso de ser madre» y no quería hablar conmigo del tema porque eran todo penas. Después de aquella discusión, me dije a mí misma que tenía que poner fin a aquella amistad, que ya no lo era, por otra parte. Y aunque fue duro despedirme de alguien que había formado parte de mi vida durante tantos años, fue la mejor decisión que pude tomar.