Nunca jamás en la vida me ha gustado practicar deporte, me inclino (bueno, no, que cansa) a ser bastante perezosa, pero creo que tampoco ha ayudado mi tendencia a golpearme contra cualquier lado. Siempre he tenido el cuerpo plagado de hematomas porque creo que no tengo inteligencia espacial: creo que no soy capaz de distinguir que si me pongo un poco más a la izquierda, quizás pase por el marco de la puerta sin accidentes. Mis tobillos flojean y ha habido gente caminando a mi lado que simplemente ha pensado que he desaparecido de repente, cuando realmente estaba chupando suelo. 

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Y a modo anecdótico os cuento que nunca me he roto nada a causa de mi impericia, o al menos de no solo la mía, porque una vez me rompieron la punta del meñique con una puerta, pero tampoco sé por qué decidí dejar mi mano en el espacio de las bisagras; y os diría que toco madera para no fracturarme nada más, pero lo hago a diario en cualquier superficie: tocarla, golpearla, chocarla… pero creo que si no me he roto nada aún es porque tengo mucha experiencia en el arte de pegarme un hostión, y para lo gordos que son, poco daño me hago… Así que mi conclusión es que he aprendido a minimizar daños y tengo incluso posturas inconscientes para caer mejor (como las personas que hacen parkour).

Y además de caer, hay otras cosas que se me dan bien: por ejemplo, los deportes relacionados con el agua: No me digáis por qué, pero se me da mejor ser sirena que humana, pero trabajo en ello lo mismo que el zapatero de estos seres: nada. Y también me gustan los deportes de raqueta, que tampoco practico, y bailar. Amo bailar; pero bailar no se me da bien. Soy como un ánade presincopado, o dicho de otra forma: como un pato mareado. Pero yo siempre quiero bailar.

El caso es que han abierto un gimnasio superbarato en mi zona, pero superbarato… tan barato que me han dado ganas de ir. Creí que era un impulso efímero, pero me llevé tremenda decepción al saber que no tiene ni clases de zumba ni piscina. Y de repente quería algo que no necesitaba hacía dos días: busqué precios, hice match con un amigo que tampoco quería ir solo y allá voy, a la aventura.

Y aquí viene mi indignación (tremendo plot twist que no esperábais): cuando lo comenté con seres queridos, solo recibí felicitaciones del tipo «es que tu cuerpo te lo pedía ya»; «estabas llegando a un límite»; «es normal que quieras adelgazar»; «a tu edad (32) tienes que empezar a cuidarte»… Yo solo quiero bailar y ser una sirena. Pues cuando muestro mi negativa a esos comentarios de mierda, me contestan: «No hace falta que mientas»; «Está muy bien que quieras bailar, pero así no vas a bajar peso»; «Es vital que generes hábitos, aunque empieces por lo fácil»…

O sea que estoy gorda y solo tenéis los huevos/ovarios a decírmelo cuando creéis que tomo medidas. Pues podríais habéroslo callado, no sé, para siempre. A ver si pensáis que no tengo espejos en casa; siempre he tenido una «complexión fuerte» (porque dar voz, etiqueta o nombre a un miedo puede aumentar el temor hacia la cosa nombrada y deben tener pesadillas con que yo sea gorda) y reconozco que hubo un tiempo en el que no me gustaba mi cuerpo, pero hace mucho que me reconcilié con él, y yo solo quiero bailar… y ser una sirena.

Agradezco el apoyo, porque lo hago, pero no es lo que buscaba; yo lo contaba anecdóticamente, más como una crítica a la necesidad que me generó una oferta lógica (porque un gimnasio sin baile y sin sirenas y tritones no mola) que decidí no tomar. Y ahora me iré al gimnasio a bajar la sarta de prejuicios que me comí al apuntarme, que me interesa más que contar calorías.