Igual que el deseo sexual, el contenido erótico existe en todos los tipos, formas, colores y sabores. Tal vez porque los estímulos visuales son más directos, la pornografía ha sido siempre la predominante. Pero creo que es momento de pasar página.
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Si bien fue el contenido erótico que más consumí en mi juventud, con el tiempo he visto más claro el daño que hace —tanto a su público como a sus “productos”—. Como consumidor, demasiado joven e hiperexcitable para entender de qué iba aquello, me generó expectativas irreales y conductas tóxicas.
A nivel social, está más que estudiado el aumento de prácticas como violaciones grupales o sumisión química desde que la pornografía está al alcance de cualquier smartphone. Cada vez más actrices han denunciado las coacciones, abusos y explotación que forman parte del día a día de esa industria. Muchas chicas jóvenes caen en la tentación del “dinero fácil” sin imaginar las repercusiones futuras ni quién realmente se lucra de su explotación.
La pornografía cosifica a las mujeres casi de forma sistemática, recreando y alimentando fantasías peligrosas. No sé si los violadores y misóginos nacen o se hacen, pero la pornografía es un caldo de cultivo para ambos.
En mi pubertad llegué a asociar masturbación y pornografía como si fueran una misma cosa, cuando no tienen nada que ver. Conocer tu cuerpo y darte placer es parte de tu vida sexual; buscar gratificación mediante vídeos de explotación es cruzar otra línea roja para mí.
Por eso defiendo materiales eróticos menos perjudiciales. Desde que renuncié a la pornografía, me basta con la imaginación y el deseo hacia mi pareja, pero también hay otros medios igual de estimulantes.
La literatura erótica ofrece un abanico enorme de fantasías sexuales en un formato mucho más respetuoso. Desde romances prohibidos hasta orgías fantásticas, cubre placeres y paladares para todos. Es difícil no disfrutar.
También existen apoyos externos para acompañar la lectura picantona o tus propias fantasías. Los juguetes sexuales son un plus a la hora de divertirte. Algunos incluso pueden conectarse al móvil o a la música para sincronizar el ritmo con tu canción favorita o con la voz sexy de un audiolibro erótico.
Muchos hombres ridiculizan las novelas eróticas y los juguetes. Yo creo que es pura envidia. Acostumbrados al bombardeo de estímulos degradantes y fantasías de dominación, es un golpe para la frágil masculinidad asumir que un poco de imaginación y un vibrador pueden reemplazarles durante un buen rato.
Podemos decir que en el placer no hay nada escrito, salvo en la literatura erótica. El disfrute es individual —o compartido—, mientras sea consentido.
Tío Vivo.
